Harold Amábilis
CAMPECHE.- El silbido de aquella locomotora, lejano en el tiempo, todavía resuena en la memoria histórica de la región. Un 29 de mayo de 1950, bajo el mandato de Miguel Alemán Valdés, quedó sellada oficialmente la ruta del Ferrocarril del Sureste, una obra que logró lo que ni el Imperio ni el porfiriato habían conseguido: tejer con rieles la distancia entre el Golfo de México y el interior de la Península de Yucatán.
Al cumplirse 76 años de la inauguración de este ferrocarril, el significado de aquella empresa continúa vigente como un parteaguas en la infraestructura de comunicación nacional. La vía, que partía desde Coatzacoalcos, Veracruz, y se internaba en la selva hasta llegar a San Francisco de Campeche, representó la culminación de un anhelo gestado durante la belle époque, truncado por la Revolución Mexicana y rescatado décadas después bajo una visión de integración nacional promovida por el Cardenismo.
Los trabajos, que se extendieron formalmente entre 1934 y 1950, exigieron el esfuerzo descomunal de cientos de trabajadores. Cuadrillas de más de mil quinientos obreros avanzaron palmo a palmo sobre una geografía salvaje que caracterizó el interior de la entidad a mediados del siglo XX. La selva, los ríos Candelaria y Usumacinta, los pantanos y la fauna ponzoñosa fueron adversarios constantes en aquella epopeya. Para sostenerse en el terreno, los ingenieros desplegaron campamentos móviles y establecieron sistemas de desmonte mecánico, al mismo tiempo que los trabajadores foráneos y locales sorteaban brotes epidémicos.
La necesidad de esta conexión había sido apremiante durante décadas. A finales del siglo XIX, Campeche sostenía una fructífera relación comercial con Yucatán a través del llamado Ferrocarril Peninsular (inaugurado en 1898), pero la comunicación con el resto del país se encontraba limitada. Los productos que llegaban por barco desde Veracruz resultaban costosos y lentos en un período donde la península vivía de espaldas al centro de México.
No fue hasta la administración de Lázaro Cárdenas (1934-1940) cuando el proyecto ferrocarrilero que conectaría la Península con el resto del país dejó el escritorio para volverse realidad. Los primeros pasos concretos se dieron en diciembre de 1934, cuando los empleados de Ferrocarriles Nacionales de México realizaron reconocimientos aéreos y estudios preliminares para definir el trazo de la ruta. El 10 de noviembre de 1935, las labores de construcción arrancaron formalmente en territorio campechano, con la presencia del gobernador Eduardo Mena Córdova, y para 1937, ya se habían concluido 87 kilómetros de vía. Un año después, en 1938, se habilitó el servicio provisional de pasajeros hasta la hacienda San Dimas, en el municipio de Champotón, siendo la primera ruta formal abierta de este ferrocarril.
En octubre de 1939, en terrenos pertenecientes a la “Quinta Dolores” del suburbio de Cuatro Caminos, se colocó la primera piedra de la Estación Central del Ferrocarril. El proyecto, aprobado por la Dirección General de Ferrocarriles, contemplaba un frente de 78 metros con restaurante, telégrafo, correo y espacios para equipaje.
La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) trajo consigo una pausa obligada. Los materiales, especialmente los rieles de acero, escasearon por el conflicto internacional. Sin embargo, el terreno nunca se abandonó del todo. Las terracerías continuaron avanzando a un ritmo menor, mientras las locomotoras de vapor cedían paso paulatinamente a equipos de diésel que empezaban a llegar desde Estados Unidos.
Finalmente, el 18 de junio de 1949 los dos frentes de obra —el que partía desde Coatzacoalcos y el que ascendía desde Campeche— se encontraron en el kilómetro 325, cerca de Palenque, Chiapas. Once meses después, el presidente Alemán Valdés inauguró una línea de mil 476 kilómetros que había demandado una inversión de 254 millones de pesos. La ruta atravesaba Veracruz, Tabasco, Chiapas y Campeche, y mediante un entronque con la vía angosta a Mérida, terminaba por incorporar a Yucatán al sistema nacional ferroviario.
A 76 años de distancia, el Ferrocarril del Sureste conserva un lugar central en la memoria de la conectividad peninsular. Sus durmientes y rieles, aunque desgastados por el tiempo, representan un capítulo fundacional en la historia de los transportes regionales. Aquella epopeya de ingeniería y selva sigue siendo el punto de partida para entender cómo el sureste mexicano dejó atrás su aislamiento y pasó a ser una región de impacto para diversos sectores económicos.



