El cambio climático es uno de los mayores desafíos para la viticultura mundial. Un dato resume la gravedad del escenario: si la temperatura media global aumenta cuatro grados centígrados, hasta el 85% de las áreas actualmente aptas para el cultivo de uva para vino podrían perderse. La cifra, publicada en un estudio de la revista científica PNAS, plantea un punto de inflexión para una actividad estrechamente ligada al equilibrio ambiental.

La vid depende de condiciones muy precisas de temperatura, agua y estacionalidad que, si se alteran, enfrentan un impacto en la cantidad y la calidad de la uva. Durante 2024, la Organización Internacional de la Viña y el Vino reportó una reducción cercana al 10% en la producción mundial, atribuida a sequías, heladas, granizo y olas de calor que afectaron a regiones clave de Europa, América y Oceanía. En varios países, las pérdidas oscilaron entre el 10% y el 30%, llevando el volumen global a su nivel más bajo desde 1961.

Italia ilustra con claridad esta presión climática. El sur del país enfrentó sequías prolongadas y agotamiento del suelo, mientras que el norte padeció lluvias persistentes e inundaciones. En 2023, la vendimia fue 12% menor que la del año anterior, con caídas de hasta 30% en regiones meridionales. Aunque en 2024 se observó una recuperación cercana al 7%, los niveles siguen por debajo de los promedios históricos. Sicilia y Calabria continúan entre las zonas más afectadas por la escasez hídrica.

El aumento de casi dos grados centígrados en tres décadas ha obligado a replantear prácticas tradicionales. En el sur italiano, viñedos se están trasladando a zonas más altas, entre 700 y 1,000 metros sobre el nivel del mar, en busca de temperaturas más moderadas. En el norte, los inviernos más suaves dificultan el reposo vegetativo de la vid, mientras que las lluvias constantes complican el acceso a los campos y retrasan las labores agrícolas.

El estudio advierte que incluso con un aumento de dos grados centígrados podría perderse hasta el 56% de las áreas actuales de cultivo. La diversificación de variedades aparece como una de las principales estrategias de adaptación: cepas más resistentes al calor y a la sequía en el sur, y vides capaces de soportar estrés hídrico en el norte. No obstante, estos cambios pueden modificar el perfil sensorial de los vinos y afectar su aceptación comercial.

El sector vitivinícola se encuentra, así, ante una transformación forzada para evitar que ese 85% pase de ser una advertencia a una pérdida irreversible para la cultura del vino.

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