Desde su local, ubicado en la SM 510, comparte con El Despertador la lucha diaria por mantener vivo su oficio, en un mundo dominado por la producción industrial
YAMILET BAUTISTA
La panadería es un oficio que se transmite de generación en generación, moldeado por la paciencia, el esfuerzo y la constancia. Aunque en tiempos recientes ha sido desplazado por la producción industrial, aún hay quienes mantienen viva la tradición del pan artesanal.
Uno de ellos es el señor Juan Pablo, panadero con más de tres décadas de experiencia, quien ha dedicado su vida a este noble trabajo desde que llegó a Cancún.
En entrevista con El Despertador de Quintana Roo comparte su historia, sus desafíos y lo que significa ser panadero en un mundo que privilegia la inmediatez sobre lo hecho con esmero. Con profundo respeto por su oficio, Juan Pablo —cuyo negocio se ubica en la región 510 de Cancún— recuerda que el pan no es solo alimento, sino también símbolo de comunidad, memoria y dignidad laboral.
Se trata de un oficio silencioso pero esencial que sigue vigente gracias a la pasión y dedicación de quienes lo ejercen con amor. La historia de Juan Pablo refleja cómo el trabajo artesanal continúa luchando por mantenerse vivo en una era que busca lo inmediato, pero que al mismo tiempo reconoce el valor de lo auténtico.
El pan, asegura, sigue siendo un símbolo de esfuerzo y tradición que marca la diferencia en cada bocado.
—¿Cómo comenzó en la panadería y qué le hizo quedarse?
—Prácticamente aquí empecé, poco a poco. Vemos que tenemos que buscar una fuente de empleo; yo no tengo estudios, entonces es cuando uno se da cuenta de que aquí en Cancún con 100 pesos no alcanza. Eso es lo que te motiva y te hace pensar: “¿Qué es lo que más puedo hacer?”. Ya tenía el oficio y así es como empecé.
—¿Cómo era el oficio cuando empezó y cómo ha cambiado con los años?
—El oficio, cuando empecé, estaba bien: se vendía, había entradas, lo que hicieras la gente lo compraba. Pero poco a poco entraron las grandes cadenas comerciales y nos fueron opacando. Ahora no tenemos mucho flujo de ventas; sí se vende, pero ya es muy poco.
—¿Ha sentido que el valor del trabajo artesanal ha sido olvidado?
—Se ha ido olvidando. Aunque seas hijo de un panadero, hay quienes ya no se dedican a eso. Es bonito ser panadero y hacer el trabajo, pero es muy laborioso. A muchos no les gusta porque aquí, desde que empiezas, es para siempre: terminas hasta que digas “ya terminé”. Por eso mucha gente piensa que no les gusta este trabajo, porque es laborioso y de estar parado todo el día.
—¿Ha tenido que cambiar sus métodos, productos o precios para seguir vigente?
—En todo eso, la única forma de estar vigente es saber manejar tu calidad, el tamaño de tu pan y, más que nada, cómo tratar a los clientes.
—¿Qué significa para usted ser panadero hoy en día?
—Se puede decir “yo soy panadero”, pero no solo es decirlo. Hay que ver y demostrar que realmente eres panadero, porque todos lo podemos decir y podemos tener un título y lo que enseñan en la escuela, pero ¿qué nos falta? Lo que falta es tener el conocimiento en lo que vayas a hacer.
—¿Cómo se ha logrado mantener a flote entre tanta competencia?
—Trabajando prácticamente solo, porque no hay mucha venta. Tengo que ver cómo hacerlo yo mismo para que tenga mi sueldo en lugar de irme a trabajar a otro lado. Mantenerme lo mejor que se pueda en la posición en que estoy. Otra cosa es tratar bien a los clientes, como ya dije: darles la mejor atención y la calidad del producto.
—¿Quién lo introdujo al mundo de la panadería y cuántos años lleva?
—Yo solo. Hace como 30 o 35 años empecé siendo ventero: agarraba el pan y lo iba a vender. Así me di cuenta de que la panadería tenía más flujo de efectivo. Llegué a Cancún hace 32 o 35 años y esos mismos años llevo trabajando; todo ha sido en panadería.
—¿Qué representa para usted el hacer pan?
—Hacer pan significa para mí como un deporte, porque aquí te relajas. Es como que suba un poco la presión cuando estás en el extremo de “necesito esto o lo otro”, y eso es lo que significa.









