José Juan Cervera
Cuando se hace referencia a los géneros literarios, pocas veces son reconocidos aquellos que no encajan por completo en sus clasificaciones más generales. El aforismo, esa poco atendida floración del pensamiento y de la sensibilidad, sobrevive a la vera de los géneros considerados mayores, a pesar de ligarse a una herencia letrada tan respetable como la de todos los demás. Sus valores son a tal grado legítimos que perduran por encima de modas y de preferencias circunstanciales, a la vez que encierran una disciplina intelectual lograda en el trato frecuente con acontecimientos mundanos.
Javier Perucho, uno de los más agudos estudiosos de este género lo define así: “Expresión de sabiduría que condensa los saberes de una vida”, idea que sitúa el aforismo en un campo que sólo la madurez consigue transitar sin rendirse ante tropiezos, hasta tributar los frutos que un puñado de expresiones ofrece a quien abreva de ellas para descubrir algo de sí y de todos, sin importar el tiempo en que fueron acuñadas.
Perucho ha seguido la huella de los autores mexicanos de aforismos en diversas épocas, y así llegó a su conocimiento el libro Breves notas tomadas en la escuela de la vida, de Francisco Sosa, que se publicó en 1910 y que marca un punto importante en el conjunto de obras escritas en nuestro país con esas características. Sosa hizo aforismos como el siguiente: “El que revela los favores de una mujer, confiesa así que es indigno de obtenerlos”; con obras de este tipo, el yucateco nacido en Campeche deja ver que, además de biógrafo y poeta, su cercanía con los pensamientos de concentración profunda define otra de sus facetas literarias.
Las publicaciones periódicas guardan ingentes vetas en que el juicio y la experiencia se conjugan para plasmarse en líneas breves. Así lo muestra la columna “Arenas de mi desierto”, que Carlos Duarte Moreno dio a conocer en el Diario del Sureste en los años sesenta del siglo pasado, con aforismos que se suman al marco creativo en que se desenvolvió el poeta, dramaturgo y novelista que se hizo recordar combinando su talento con el de Pepe Domínguez para firmar canciones como “Manos de armiño” y “Aires del Mayab”. Una de las frases recogidas en su columna periodística dice: “La vejez que no tiene un poco de picardía ya no es vejez, sino derrumbe”.
Los aforismos de escritores yucatecos llegan al público también por otros caminos, como los volúmenes que compilan textos originarios de varias fuentes, en misceláneo afán integrador. Es el caso de Paremiología, de Juan Aragón Osorio, quien editó esta obra en la capital del país en 1975; fue colaborador de Felipe Carrillo Puerto e hizo amistad con intelectuales de vocaciones afines. Como indica el título, su contenido también acopia refranes, proverbios, máximas, dichos, sentencias e incluso versificaciones populares anónimas y de autor conocido. En el libro pueden hallarse aforismos de Ricardo López Méndez, Santiago Burgos Brito, Oswaldo Baqueiro Anduze y Delio Moreno Cantón, nombres significativos en el panorama de la literatura regional, aunque sus creaciones escritas sean poco revisitadas.
Más cercano a los días actuales es Roger Campos Munguía, escritor volcado al ejercicio reflexivo y al estudio intenso; en su libro Lapidación del ser y en revistas que circularon localmente en la década de 1980 expone sus producciones en este género. Él mismo da cuenta, con puntual erudición, de otro autor yucateco de aforismos del que poco se conoce: Ferdinand Cantón, quien en 1969 publicó una muestra de ellos con el título Disparos sin blanco, de notable factura, según opina el distinguido informante.
Para algunos tal vez sea sorpresa la vena aforística de Agustín Monsreal –hombre de letras que deslumbran al influjo de su calidez humana–, pero su incursión en estos terrenos la documentan tanto materiales impresos como medios electrónicos. El cuento y la poesía no constituyen marcos que limiten las reverberaciones de su espíritu creador, entregado a fluir con vigor hacia generosas desembocaduras.
En lo que toca al uso de la lengua materna como elemento de integración comunitaria, es de apreciarse que algunos autores recurran a esta forma expresiva para destacar los rasgos que distinguen a los pueblos originarios, como Félix Amílcar Escalante Cen plasma en textos bilingües, del modo en que se observa en las siguientes líneas: Lek’iin ku chíinpolta’al bix u kuxtal wínike’, mix bik’iin u kíimil miatsil p’ata’anto’on (“Cuando los valores humanos se respetan nunca mueren las herencias culturales”).
En los presentes apuntes se registran unos cuantos ejemplos de escritores que destilan su pensamiento en hálitos de plenitud con enunciados intensos y sugestivos. En ellos palpita la verdad escurridiza que la vida construye en su devenir y que merece compartirse con la misma pasión que la dialéctica del arte escrito imprime en sus pasajes. Tanto por su aspecto práctico como por su componente conceptual, el aforismo ilumina las penumbras éticas del ser humano.

