BUENOS AIRES.- La acumulación de basura espacial se ha convertido en un desafío crítico para el futuro de las comunicaciones y la exploración. Desde mediados del siglo pasado, miles de satélites, sondas y estaciones quedaron fuera de servicio y orbitan alrededor de la Tierra como desechos. Se estima que solo entre 7,000 y 13,000 objetos siguen operativos, mientras que cerca del 94 % son fragmentos inactivos, restos de cohetes o satélites sin control.
La especialista Cecilia Valenti, integrante de la empresa argentina de telecomunicaciones ARSAT, explicó que la basura espacial se clasifica por tamaño: desde fragmentos menores de 10 centímetros hasta grandes estructuras como estaciones espaciales. En las órbitas bajas (LEO), entre 200 y 2,000 km de altitud, la congestión es mayor, ya que allí se encuentran satélites de observación terrestre y la Estación Espacial Internacional. En cambio, en la órbita geoestacionaria, a 35,786 km, los satélites pueden permanecer siglos en la misma posición, aunque al finalizar su vida útil se trasladan a una “órbita cementerio”.
El riesgo para las misiones espaciales es creciente, ya que incluso fragmentos pequeños, imposibles de rastrear individualmente, pueden dañar naves y trajes espaciales. Por ello, los sistemas de monitoreo global calculan trayectorias y maniobras para evitar colisiones, mientras se desarrollan blindajes y tecnologías de rastreo con inteligencia artificial.
Valenti advirtió que, si no se controla la proliferación de desechos, podría producirse el “Síndrome de Kessler”: una cascada de colisiones que inutilizaría zonas enteras del espacio, afectando servicios esenciales como GPS, internet satelital y pronósticos meteorológicos. La regulación internacional aún depende de intereses geopolíticos, pero su urgencia es cada vez más evidente. (Con Información de Infobae)

