2 mayo, 2026

Mandatos de conciencia – Introspecciones y avistamientos

José Juan Cervera

Cualquier avance o retroceso en la experiencia que registre la humanidad en su conjunto deriva de procesos de organización, reforzados o inhibidos al calor de una constante competencia de poderes que logran legitimarse mediante recursos simbólicos que se hacen presentes en medios de información, publicidad y propaganda, porque adoptan formas diversas para llegar a las masas y arraigar en su conciencia, incluso hasta pasar inadvertidos en ella como si la propia naturaleza los hubiese situado ahí. La esencia de la cultura responde a este modelo de expansión de actitudes y contenidos cuya familiaridad prefigurada impide con frecuencia reflexionar a propósito de sus efectos a largo plazo.

Las tendencias políticas tradicionales en pugna, a pesar de diluirse en expresiones pragmáticas que pueden marcar coincidencias en determinados aspectos que la realidad global condiciona y moldea, alojan signos distintivos que no se borran del todo, por más que sus matices parezcan desmentirlo. Hay nociones que la memoria histórica de la modernidad configuró y que siguen teniendo vigencia porque contribuyen a explicar el sentido de muchos procesos, y la obra de numerosos pensadores a lo largo de los siglos es una suma que, por lo menos, conviene tener en cuenta a la hora de preguntarse cuál es el papel de cada individuo en su sociedad y en el planeta.

La gravedad de los problemas que azotan al mundo tiene origen en la base económica de las sociedades, por dominar en ellas el sistema de mercado, que no nació como una flor en el campo o como un ave en su nido, sino como resultado de la lucha de fuerzas contrarias y del afán de acumular para imponerse sobre el bien ajeno. En días actuales, su complejidad se imbrica con un crecimiento exponencial de dispositivos tecnológicos que, si de algún modo facilitan variadas acciones cotidianas, en general inciden de diversas maneras en las conductas colectivas, no todas ella favorables al entendimiento mutuo y al desarrollo social, sino que producen inmensos beneficios a empresas trasnacionales que, en cambio, consumen en profusa medida recursos no renovables y, en consecuencia, dañan irreversiblemente el medio ambiente. Las corporaciones de ese ramo anteponen sus intereses a los de las mayorías, y es por ese motivo que hacen mancuerna con gobiernos para los cuales la destrucción sistemática de la vida es un propósito aceptable si propicia el dominio sobre las demás naciones: el más conspicuo es el que representa la administración del republicano Donald Trump en el vecino país del norte, y es así porque su falso discurso en defensa de la libertad no logra encubrir su fondo totalitario.

Las corrientes políticas de extrema derecha, representadas por la administración estadunidense con sus agencias y aliados en los distintos continentes, en especial el americano, que en esta nota se enfoca con particular interés porque México está integrado en su vasto territorio. Recuérdese que al inicio de marzo del presente año, los mandatarios de varios países latinoamericanos se reunieron para subordinarse sin reservas ni recato a los dictados de Trump, como pudo observarse al constituirse el llamado Escudo de las Américas que, con el pretexto de fortalecer la seguridad internacional y combatir el terrorismo y el narcotráfico, impulsa una línea dura en contra de gobiernos soberanos y movimientos de resistencia popular que son etiquetados arbitrariamente con esos epítetos.

En tal escenario, la realización de la Cumbre por la Democracia, de la que fue anfitrión el jefe del gobierno español y que concluyó el fin de la tercera semana de abril, significó un contrate notable con el encuentro convocado por Trump, tanto en lo que se refiere al programa que aspira a delinear como a los pronunciamientos resultantes de ella, que giraron en torno de aspectos tan preocupantes como la soberanía de los países acosados por las agresiones del gobierno de Estados Unidos, el calentamiento global, el genocidio, los conflictos bélicos, el desplazamiento de poblaciones diezmadas en su territorio de origen y el uso arbitrario de la fuerza que sustituye a la razón y a la ética como guías de política externa, puntos que describen la tónica de las acciones de la contraparte de los líderes progresistas reunidos en Barcelona.

Del otro lado, como se indica líneas arriba, el programa político establece como directrices y prioridades la devastación global, el racismo y la persecución de inmigrantes, el expolio ilimitado, el desprecio a los grupos marginados, la patraña como parte medular de la expresión diaria, la extraterritorialidad, el atropello a los derechos civiles, las guerras creadas con móviles ficticios y el repudio de las normas legales junto con todo aquello que promueva el desequilibrio y las tendencias destructivas. Las caracterizaciones apuntadas de ningún modo se reducen a un planteamiento maniqueo, sino que describen hechos recurrentes y perfiles distintivos de figuras públicas que, por lo demás, son arropadas por un aparato propagandístico que desborda los canales mediáticos.

El daño a las sociedades y a las especies naturales ha llegado a un punto sin retorno, al grado que las medidas que puedan aplicarse para hacerle frente alcanzan apenas la categoría de paliativos. Los efectos lesivos de la embestida capitalista son ocultados en favor de los poderes que constituyen su causa directa. Son muchas las personas que dilapidan su energía en la indiferencia inducida y en la enajenación anodina. El gran capital es el sepulturero de un proceso civilizatorio cuyo aliento decadente sucumbe al embate de los antivalores promovidos por las élites deshumanizadas.

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