Con una producción regional valuada en 1,300 millones de pesos y una tradición milenaria en juego, sequías, deforestación, agrotóxicos y precios internacionales insostenibles configuran un colapso que amenaza no solo a los apicultores, sino a la polinización de más de la mitad de los cultivos alimentarios de la península
EDUARDO MAY
El cultivo de abejas y la cosecha de miel es una de las actividades más antiguas en Yucatán; los registros históricos documentan prácticas de los grupos mayas que, desde la época prehispánica, desarrollaron la apicultura.
Esta actividad productiva era una de las más relevantes después del cultivo de la milpa. La convivencia entre las abejas y los pueblos originarios fue armónica; los ancestros peninsulares conocieron las bondades que estos insectos aportan a su entorno.
Los mayas, como otras grandes culturas —griegos, egipcios, chinos e incluso los vikingos—, lograron conocer los alcances, saberes y beneficios de la apicultura desde hace miles de años. Los anales documentan también los valores religiosos que las antiguas culturas otorgaban a las abejas en rituales y ceremonias, en agradecimiento por sus aportaciones alimenticias y nutritivas.
Conocemos a las abejas como productoras de miel, sin considerar que el mayor beneficio de su existencia radica en su papel como polinizadoras de una gran cantidad de cultivos. Aunque existen otros agentes polinizadores, como el murciélago, el colibrí o la mariposa, la abeja, por su estructura, agilidad y población, es el principal polinizador de diversos alimentos que se producen en el campo.
Estudiosos han documentado que, de los más de 453 cultivos indispensables que se desarrollan en la naturaleza, 237 dependen directamente de la polinización de las abejas para su continuidad, además de múltiples variedades de flora silvestre.
Entomólogos han identificado alrededor de 20,000 especies de abejas; más del 85 por ciento vive en solitario y no en colmenas. Son insectos altamente organizados que, cuando forman colonias, se estructuran en una jerarquía de tres castas: reina, zánganos y obreras.
Los especialistas han documentado que habitan en todos los continentes, excepto en la Antártida, y se trata de uno de los insectos más antiguos conocidos, presentes en el planeta desde hace millones de años. Existen miles de subespecies divididas en siete familias reconocidas. Viven en promedio cinco años y no superan 1.5 centímetros de longitud.
Se encuentran en todos los hábitats donde hay plantas con flores (angiospermas). Están adaptadas para alimentarse de polen y néctar: el primero es fundamental para las larvas y el segundo funciona como fuente de energía.
Los mayas aprendieron de las abejas y desarrollaron procesos para elaborar alimentos, endulzar productos y aprovechar derivados como el polen y la jalea real, altamente nutritivos. Utilizaban la miel en bebidas rituales, así como en prácticas medicinales, incluyendo el uso de picaduras como remedio naturista para ciertos padecimientos.
Sin embargo, esta relación histórica y productiva enfrenta hoy un escenario de alta vulnerabilidad. En la península de Yucatán, la actividad apícola y las poblaciones de abejas atraviesan un proceso de deterioro progresivo, asociado a factores ambientales, económicos y sociales que han modificado de manera sustancial sus condiciones de supervivencia.
El cambio climático, la deforestación, el uso intensivo de agroquímicos, la expansión urbana y la competencia en los mercados internacionales han configurado un entorno adverso que impacta tanto en la salud de las colmenas como en la viabilidad económica de los productores. Este conjunto de presiones no solo compromete la producción de miel, sino también la función ecológica de las abejas como polinizadoras, con implicaciones directas en la biodiversidad y en la producción de alimentos en la región.
Las abejas y su mundo
La especie más conocida es la abeja doméstica, Apis mellifera, un insecto social que vive en enjambres formados por reina, obreras y zánganos. Sin embargo, la mayoría de las especies de abejas son solitarias. También existen especies semisociales, como los abejorros, capaces de formar colonias, aunque estas no alcanzan el tamaño ni la duración de las de la abeja doméstica.

Las abejas, cuyo nombre etimológico proviene de Anthophila —del griego anthos (flor) y philos (amor)—, pertenecen al orden de los himenópteros, dentro de la superfamilia Apoidea. Se trata de un linaje monofilético con más de 20,000 especies conocidas. Al igual que las hormigas, evolucionaron a partir de himenópteros primitivos.
Los zoólogos explican que sus antepasados estaban relacionados con la familia Crabronidae y eran depredadores de insectos. Se considera que las primeras abejas se alimentaban del polen presente en sus presas y, gradualmente, comenzaron a utilizarlo para alimentar a sus crías.
Los científicos ubican su origen hace 120 millones de años en el supercontinente Gondwana occidental, que posteriormente dio lugar a América del Sur y África.
Las abejas no solo recolectan néctar y polen para alimentar a sus crías —actividad conocida como pecoreo—, sino que también son indicadores climáticos.
El zumbido en la colmena permite anticipar condiciones del tiempo, según los apicultores: si es apagado y sordo, se espera frío y viento; si es agudo y constante, se prevé un día soleado.
En una colmena pueden habitar hasta 80,000 individuos.
¿Dónde viven las abejas?
Se trata de insectos sociales que viven en colonias organizadas en enjambres, con una jerarquía bien definida entre reina, zánganos y obreras. Están distribuidas en todos los continentes, excepto en la Antártida.


Las abejas, al igual que otros polinizadores, enfrentan crecientes amenazas derivadas de la actividad humana. Por ello, resulta fundamental generar conciencia sobre su papel en el desarrollo sostenible, evitando la degradación de sus hábitats y las prácticas intensivas de la agricultura industrial.
La polinización es vital para la alimentación y la biodiversidad. Más del 75 por ciento de los cultivos alimentarios del mundo depende, en cierta medida, de este proceso. En él, las abejas desempeñan un papel central, junto con otros polinizadores como mariposas, aves y escarabajos.
Las primeras flores que visitan en el año suelen ser las del romero, lo que refuerza su papel como polinizadoras esenciales de las plantas con flores.
Asimismo, poseen una carga electrostática que permite que el polen se adhiera a su cuerpo. Generalmente, visitan flores de una misma especie durante un periodo determinado antes de cambiar a otra.
La comunicación entre las abejas es compleja. Los especialistas han documentado que la emisión de sonidos puede funcionar como señal de alerta dentro de la colonia.
Otra particularidad es que no todas poseen aguijón: las reinas lo tienen atrofiado, los zánganos carecen de él y las obreras, tras picar, generalmente mueren debido a la pérdida de este órgano vital.
La cría de abejas nativas fue fundamental en la región; una de las especies más aprovechadas fue Melipona beecheii Bennett, conocida como xunan kab en lengua maya.
A pesar de este conocimiento ancestral, a principios del siglo XIX los españoles introdujeron en la península la especie Apis mellifera, denominada por los mayas como “americana”.
A partir de las abejas que viven en colmenas se consolidó una actividad agropecuaria orientada a su crianza, que hoy constituye una industria relevante en Yucatán. Las características del suelo, el agua, la humedad y la flora endémica contribuyen a que la miel producida en la región tenga cualidades superiores frente a otros mercados.
Las abejas y el cambio climático
Las abejas son famosas por cinco cosas que hacen muy bien: polinizar las flores, producir miel, zumbar, picar y combatir el cambio climático. Incluso se podría decir que son héroes climáticos anónimos, especialmente por el papel que desempeñan en la preservación de la salud de los ecosistemas y de los pastizales amenazados, como las Grandes Planicies del Norte, detalla la revista especializada del WWF (Fondo Mundial para la Naturaleza, por sus siglas en inglés).



Las abejas ayudan a mantener saludables los pastizales y son socios esenciales para sostener un clima estable. Generan semillas que favorecen la diversidad y desempeñan un papel decisivo en la reproducción de miles de especies de plantas con flores que crecen en bosques, praderas, humedales y otros hábitats.
Los científicos estiman que las abejas fueron un factor determinante para que la flora se diversificara de manera significativa desde hace millones de años, lo que ha permitido la creación de hábitats distintos y diversos en los cinco continentes.
Otro factor relevante es que las abejas contribuyen a la salud de los suelos, ya que su impacto debajo de la superficie no se limita al confinamiento de carbono. Más del 90 por ciento de las especies de abejas del mundo son solitarias y muchas de ellas anidan en el suelo, incluso en regiones áridas.
Los nidos de estos insectos pueden alcanzar varios metros de profundidad, lo que favorece la aireación del suelo y la retención de agua. Sin embargo, su contribución más importante se da a través de las plantas que ayudan a producir.
El calor es más adverso para las abejas que el frío. Durante el invierno, se agrupan, permanecen en sus colmenas, reducen su actividad y consumen pocos recursos; en verano ocurre lo contrario: la población alcanza su máximo nivel, la actividad se intensifica y el consumo de alimento aumenta.
Jennie L. Durant, científica y especialista en la materia, señaló en una publicación que los cambios bruscos en el medio ambiente están presionando la condición de las abejas, y describe situaciones como el clima extremo que afectó a gran parte de Estados Unidos en 2022. Las olas de calor, los incendios forestales, las sequías y las tormentas representan amenazas para múltiples especies silvestres, especialmente para las abejas.
Tras una década de estudios, concluyó que las abejas melíferas están modificando su comportamiento frente a estos fenómenos, ya que las sequías y las lluvias extremas afectan la salud de sus colonias y enjambres.
En algunos casos, la falta de agua en 2021 agotó las reservas de alimento para las abejas: el néctar floral y el polen necesarios para producir miel y mantenerse sanas. A su vez, las lluvias torrenciales limitaron las horas de vuelo para la recolección de alimento.
En ambos escenarios, colonias y colmenas murieron por falta de alimento, lo que obligó a los apicultores a suministrar suplementos de agua azucarada y polen en mayores cantidades para mantenerlas con vida.
El deterioro ambiental, así como el crecimiento urbano y poblacional, está provocando la pérdida de espacios y fuentes de alimento para las abejas. A esto se suma la contaminación del subsuelo por el vertido de agua contaminada, así como el incremento en el uso de pesticidas y productos químicos en hojas, flores, raíces y cuerpos de agua, lo que contribuye a la mortandad de estos insectos.
En la península de Yucatán se ha reportado en los últimos meses la clausura de 16 fraccionamientos sin licencia de construcción que realizaban deforestación sin permisos, afectando de manera indirecta a apiarios en producción al eliminar árboles y arbustos con flores y frutos de los que las abejas obtienen alimento.
Entre las afectaciones directas registradas actualmente destaca la disminución de abejas meliponas en su hábitat natural, derivada de la deforestación para el desarrollo de espacios habitacionales e inmobiliarios.
Otro factor es la pérdida de espacios de flora y fauna que contribuyen a mantener el equilibrio en microrregiones, donde desaparecen especies que permiten los ciclos de reproducción y el desarrollo de especies endémicas. Con ello, se propicia la introducción de plantas y especies animales de otras regiones que modifican la calidad de los entornos para la obtención de alimento y humedad para las abejas nativas.
¿Cómo viven las abejas en sus colonias?
Dentro de una colmena, organizada bajo una estricta división del trabajo, los componentes principales, en orden jerárquico, son la reina, las obreras y los zánganos. Se distribuyen en panales hexagonales de cera, donde crían larvas y almacenan miel y polen. Su vida se basa en la cooperación y en funciones específicas que varían según la edad.

La reina: cada colonia tiene una reina, que es la única abeja fértil y la encargada de poner los huevos que darán origen a nuevas generaciones.
Físicamente, se diferencia del resto por su abdomen más alargado. Carece de cestillos para el polen, buche de miel y glándulas de secreción de cera; además, su lengua es más corta, por lo que debe ser alimentada por las obreras.
Aunque el huevo es el mismo que el de una obrera, se convertirá en reina si las obreras alimentan a la larva exclusivamente con jalea real durante todo el periodo larvario. La celda donde se desarrolla —realera— es más grande, vertical y con forma de cacahuate. Tras 16 días de la puesta, emerge la abeja reina.
Días después, la reina realiza uno o varios vuelos nupciales, en los que es fecundada por varios machos —entre 15 y 20 en la región peninsular— que mueren tras la cópula. Los espermatozoides quedan almacenados en la espermateca, desde donde fecundarán los huevos a lo largo de su vida.
Además de poner huevos, la reina mantiene la cohesión de la colmena mediante la emisión de feromonas. Las obreras, al entrar en contacto con ella, se impregnan de estas sustancias y las distribuyen por toda la colmena mediante trofalaxia —transferencia de alimento de boca en boca—, regulando el comportamiento colectivo y la actividad de la cera.
Obreras: las abejas obreras son hembras que no se reproducen. En la colonia conviven distintas generaciones que trabajan de manera coordinada y, según su edad y las necesidades del grupo, realizan diversas tareas.
Al emerger del opérculo, durante los primeros 12 días se dedican a la limpieza de celdas y al cuidado de la cría. Gracias al desarrollo de sus glándulas hipofaríngeas, producen jalea real para alimentar a las larvas.
Posteriormente, estas glándulas se atrofian y se desarrollan las glándulas cereras, por lo que durante aproximadamente una semana se dedican a la construcción y mantenimiento de los panales. Más adelante, pasan a vigilar la entrada de la colmena y realizan vuelos de reconocimiento del entorno.
En la etapa final de su vida —entre dos y tres semanas— recolectan néctar, polen, propóleos y agua. Esta fase puede prolongarse varios meses si nacen en invierno.
Zánganos: los zánganos son los machos reproductores encargados de fecundar a la reina y, en ocasiones, participan en la ventilación de la colmena. Cuando la reina detecta que una celda es de mayor tamaño, deposita un huevo sin fecundar, del que nacerá un zángano.
En la colmena pueden convivir varios cientos de zánganos durante la primavera y el verano; sin embargo, en otoño son expulsados por las obreras y mueren por hambre o frío.
Tras la fecundación, la reina inicia la puesta de huevos. Estos son blancos, cilíndricos y alargados, con una longitud de entre 1.3 y 1.8 milímetros, y permanecen en esta fase durante tres días.
A medida que el embrión se desarrolla, el huevo se inclina hasta quedar horizontal en el fondo de la celda. La larva, de color blanquecino y sin ojos ni antenas, se alimenta de forma continua para crecer.
La economía apícola en la Península de Yucatán
La apicultura en Yucatán es una tradición milenaria de origen maya, centrada originalmente en la meliponicultura —crianza de abejas sin aguijón, conocidas como Xunáan Kaab—, valoradas por sus propiedades medicinales y rituales. Tras la conquista, esta práctica se adaptó a la abeja europea, lo que convirtió a la región en uno de los principales productores y exportadores de miel en Latinoamérica.


Los mayas domesticaron la abeja nativa Xunáan Kaab —“señora abeja”—, considerada sagrada y fundamental en la vida religiosa y económica. La miel y la cera se utilizan hasta hoy en la elaboración del balché, bebida ceremonial, y como forma de tributo.
La meliponicultura utiliza tradicionalmente colmenas de troncos huecos llamados jobones. Aunque la abeja europea fue introducida posteriormente, esta práctica continúa siendo un pilar cultural y medicinal en la región. Durante el periodo colonial, los mayas incorporaron técnicas de manejo de abejas europeas sin abandonar sus prácticas tradicionales.
Factores como el suelo calizo, la disponibilidad de agua en cenotes, charcas, rías y esteros, así como la diversidad de flora nativa han permitido el desarrollo de una miel de alta calidad, estrechamente vinculada al sistema agrícola de la milpa. Esta actividad tiene gran relevancia económica y los pequeños productores desempeñan un papel clave en la exportación nacional.
Según cifras del Inegi, al cierre de 2021, Yucatán se ubicó en el noveno lugar nacional en producción de miel, con 63,362 toneladas, lo que representa un crecimiento del 17 por ciento respecto a las 54,165 toneladas registradas el año anterior. En 2020 se exportaron 26,077 toneladas, lo que posicionó al estado en el tercer lugar como exportador.
Actualmente, la mayoría de los apicultores de la Península de Yucatán son pequeños productores cuyos ingresos dependen en gran medida de la venta de miel, mientras que otras actividades productivas se destinan principalmente al autoconsumo.
Entre los principales problemas que enfrentan se encuentran la africanización de las abejas, la presencia del ácaro Varroa jacobsoni Oudemans y la competencia desleal de miel importada —principalmente de origen chino— que incorpora compuestos que afectan la calidad del producto local.
La alta densidad de colonias europeas en la región ha contribuido a reducir el proceso de africanización en los apiarios. No obstante, es necesario implementar mecanismos que fortalezcan la apicultura y la comercialización de sus productos.
La actividad apícola continúa siendo relevante, aunque en muchos casos complementaria, ya que sus condiciones de producción se enfrentan a las nuevas exigencias del mercado internacional.
De acuerdo con registros recientes, en 2024 la producción mielera de Yucatán y Campeche alcanzó un valor estimado de 1,300 millones de pesos, consolidándose como la zona más productiva, con la participación adicional —en menor escala— de productores de Quintana Roo, Tabasco, Chiapas y Oaxaca.
A nivel mundial, los principales productores de miel son Nueva Zelanda, China y Argentina, seguidos por México, Alemania e India. En el país, los estados con mayor producción son Yucatán, Campeche, Jalisco, Chiapas, Veracruz, Oaxaca, Quintana Roo, Michoacán, Tabasco y Guerrero.
Conclusiones:
• La encrucijada ecológica y urbana: abejas bajo presión
La Península de Yucatán enfrenta una crisis silenciosa pero devastadora que amenaza no solo a las abejas —Apis mellifera y la sagrada Melipona beecheii—, sino también a la seguridad alimentaria de la región. El cambio climático se ha manifestado con irregularidades en los ciclos de floración y sequías prolongadas que impiden la germinación de especies néctar-poliníferas fundamentales para las colmenas.



Sin alimento natural, las abejas debilitan su sistema inmunológico, volviéndose vulnerables a plagas como la Varroa.
A este fenómeno se suma la pérdida acelerada de hábitats provocada por la expansión de la frontera agroindustrial. El avance de monocultivos de exportación y la presencia de comunidades dedicadas a la agricultura intensiva han derivado en una deforestación masiva de la selva tropical.
Este cambio de uso de suelo no solo elimina los refugios naturales de los polinizadores, sino que introduce el uso indiscriminado de agrotóxicos, en particular insecticidas como el fipronil, que han causado mortandades masivas de colmenas enteras, dejando a los apicultores con pérdidas totales de años de trabajo.
Paralelamente, el crecimiento demográfico y urbano en estados como Yucatán y Quintana Roo ha fragmentado el territorio. Proyectos de infraestructura a gran escala y el desarrollo inmobiliario desmedido han desplazado la actividad apícola hacia zonas marginales. La mancha urbana no solo reduce el espacio de forrajeo, sino que altera el microclima local —islas de calor— y aumenta la contaminación lumínica y electromagnética, lo que desorienta a las abejas en sus rutas de pecoreo.
• El desafío comercial: China, calidad y el porvenir yucateco
En el ámbito económico, los apicultores yucatecos enfrentan una competencia desigual frente a la miel de origen chino. China, principal exportador mundial, ha inundado el mercado con miel adulterada con jarabes de arroz o fructosa, lo que le permite manejar precios artificialmente bajos.
Esta competencia desleal ha desplomado el precio del kilogramo de miel en campo, obligando a muchos productores locales a vender su cosecha a precios reducidos para subsistir, a pesar del aumento en los costos de producción, como la suplementación y el transporte.
No obstante, el principal valor de la región radica en la calidad de la miel yucateca. Reconocida internacionalmente por sus propiedades organolépticas, su baja humedad y su origen botánico diverso —selva baja y mediana—, es considerada una de las mejores del mundo, especialmente en mercados exigentes como la Unión Europea. La certificación de inocuidad y el carácter ancestral de la producción maya le confieren un valor agregado que la miel industrializada no puede replicar.
• El futuro de la apicultura yucateca
El porvenir del sector depende de una transición hacia la organización y la incorporación de tecnología. Entre las principales líneas de acción se identifican:
Certificación y denominación de origen: es fundamental consolidar sellos que garanticen que la miel es 100 por ciento natural y proviene de la selva maya, lo que permitiría acceder a mercados de comercio justo.
Innovación tecnológica: el uso de drones para monitorear floraciones y aplicaciones móviles para reportar afectaciones por plagas o fumigaciones agroindustriales comienza a implementarse entre asociaciones locales.
Resiliencia comunitaria: la viabilidad de los apicultores se vincula con el fortalecimiento de la apicultura agroecológica, integrando la conservación de la selva como parte del modelo productivo.
Aunque las abejas y los apicultores yucatecos se encuentran en un punto crítico, la calidad de su producto y la herencia cultural maya representan una base para su permanencia.
El reto no está en competir por precio, sino en defender el territorio y posicionar la miel yucateca como un producto de valor ambiental y cultural.

