Harold Amábilis
CHAMPOTÓN.- En la ribera del río Champotón, la pequeña comunidad de Ex Hacienda Paraíso conserva un legado donde convergen la devoción religiosa, la memoria colectiva y las expresiones culturales heredadas de generación en generación. Esa herencia encuentra su centro en la figura de la Santa Cruz, cuya celebración anual articula un conjunto de manifestaciones que desbordan el marco litúrgico y configuran la identidad del pueblo. La elaboración de los sudarios que revisten las cruces, las plegarias de las antiguas rezadoras, los bailes populares y la singular danza de la Cabeza de Cochino conforman una verbena que ha logrado mantenerse vigente frente a las transformaciones del entorno.
La pequeña capilla que alberga la Santa Cruz fue edificada en 1865 por los hermanos Berrón Clausell, dueños de plantaciones de henequén y caña de azúcar, y representa una de las escasas construcciones de su tipo que subsisten en el estado. En su interior se encuentra una cruz donada en 2018 por el presbítero Francisco Berdejo, colocada en sustitución de las piezas hurtadas años atrás, una pérdida que aún resiente la comunidad. El acceso recibe a los peregrinos con la leyenda “Dios bendiga tu camino”. La construcción sufrió afectaciones por el huracán Gilberto en 1988 y fue remozada al año siguiente; su última intervención ocurrió en 2018. Sin embargo, la humedad acumulada y el desprendimiento de algunas tejas de Marsella evidencian la urgencia de emprender nuevos trabajos de restauración.
En las viviendas cercanas se mantiene viva la herencia religiosa mediante altares familiares donde los habitantes custodian cruces transmitidas de generación en generación. Una de las piezas de mayor antigüedad pertenece a María Antonia Montero. La imagen, erosionada por los años, conserva pinturas alusivas a las Arma Christi, instrumentos de la Pasión que funcionaron como recursos pedagógicos durante la evangelización de los pueblos mayas. La carencia de recursos económicos ha postergado la intervención que sus depositarios anhelan.
La confección de los atuendos para las cruces recayó durante largo tiempo en María Esther Muñoz, mujer de 83 años que asumió esta labor con el respaldo de su familia. Los primeros sudarios que elaboró fueron de color rojo vino, engalanados con flores y encajes, y con el paso del tiempo incorporó el blanco, el azul y otras variantes cromáticas. Estas vestiduras no se retiran, sino que permanecen sobre la cruz y, al año siguiente, se sobrepone una nueva. En la comunidad se establece una distinción simbólica entre la cruz orientada hacia el camino —protectora de los viajeros— y la que mira al mar —guardiana de los pescadores—. Tras el retiro de Muñoz, la encomienda quedó en manos de Ana García.
La memoria colectiva preserva los nombres de las rezadoras de antaño: Antonia Uc, Lupita Aguilar, Pilar, Conchita Trujeque, Rosa, Socorro y Ángela. Ellas acudían al templo en la madrugada, antes de las cinco, para ornamentar las cruces con vejigas —como llamaban a los globos—, banderitas y ramilletes florales. Las ofrendas incluían tamales, arroz con leche, tortitas y, hacia el mediodía, aguas frescas de horchata, ciruela y pastel, todo ello repartido entre los asistentes. Los bailes, amenizados con sones de danzón y jarana, tenían como protagonistas a las parejas lugareñas, entre ellas la que integraban doña Antonia Uc y su esposo.
El momento más destacado de la verbena popular, celebrada cada 3 de mayo, es la danza de la Cabeza de Cochino. Juan José Cantú Montero, quien acumula 42 años de trayectoria en esta manifestación, relata que el origen se remonta a tres personajes que la comunidad recuerda con aprecio: el Chato Uc, don Cachimba y la Wika. Cantú comenzó siendo niño y, al quedar como depositario del ritual, integró a su hijo, a su nieto y a un joven más para garantizar la continuidad. La preparación de la cabeza inicia con la cocción en agua, prosigue con el adobo en achiote y el horneado, y concluye con la colocación de un collar de charritos, cigarros y aretes de chile habanero. Sobre la mesa se disponen cerveza, agua mineral, vino y refresco. El danzante, ataviado de blanco, con pañuelos y botas, carga un peso que alcanza los quince kilogramos. Una vez finalizada la danza, la carne se reparte entre los asistentes en forma de tacos y tortas. Durante esa jornada, la capilla recibe una decoración especial bajo la coordinación de Carla Montero.
Antes de hacerse a la mar, los pescadores de Paraíso se persignan y encomiendan su travesía. Este año, los pobladores proyectan subir la cruz a una lancha para que recorra la costa, una iniciativa que busca revitalizar el fervor comunitario.
Los habitantes reconocen que las costumbres han cambiado con el paso del tiempo. Pese a ello, la capilla de la Santa Cruz continúa fungiendo como punto de encuentro de un pueblo que, mediante veladoras, danzones, sudarios y rituales, renueva su vínculo con una cruz que ha sobrevivido a huracanes, robos y siglos de historia. El patrimonio material, representado por el pequeño templo y las cruces familiares, demanda atención y registro urgente para frenar su deterioro. El legado intangible, en cambio, se sostiene en la determinación de un grupo de guardianes que se resiste a dejar extinguir la herencia de sus ancestros.








