El decimoquinto Obispo de Campeche se enfrenta al desafío de revitalizar una comunidad que, aunque marcada por un profundo arraigo de la tradición católica, vive una secularización creciente, en una diócesis con más de 130 años de historia
Harold Amábilis
La pátina del tiempo cubre con nobleza los sillares de la Catedral de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, son piedras que han presenciado ataques de piratas, movimientos revolucionarios y la existencia de una ciudad que balancea entre la historia, el mar y la modernidad. Dentro de este recinto, donde los vitrales filtran la luz sobre los altares neoclásicos y el arte propicia la meditación, está por escucharse una nueva voz al frente de la grey católica campechana. Este año, después de una larga espera, el Papa León XIV designó a Monseñor José Alberto González Juárez como el decimoquinto Obispo de Campeche, una decisión que conecta el presente de la comunidad con una tradición espiritual de ciento treinta y un años.
Ahora, mientras el húmedo calor del Golfo empieza a impregnar su sotana, el decimoquinto Obispo de Campeche se enfrenta al desafío de revitalizar una comunidad que vive entre la secularización creciente y un arraigo cultural profundamente católico. Su ministerio se despliega en múltiples frentes, entre ellos, atender las necesidades espirituales de una feligresía extendida desde los barrios históricos de la ciudad amurallada hasta las rancherías y comunidades más ocultas del estado, proteger el patrimonio de arte sacro que atesoran los templos, fomentar la fe entre las nuevas generaciones y despertar el entusiasmo por la vocación sacerdotal, recordando las crisis de escasez de clero que asolaron a sus predecesores. Para dimensionar el encargo que ahora inicia su proceso de toma de posesión canónica, es necesario revisar los archivos capitulares y reconstruir la crónica de la fe en esta tierra.
La llegada de la Iglesia a tierras campechanas

Mucho antes de que existiera la diócesis, el territorio que hoy conforma el estado de Campeche fue la puerta por la cual ingresó el cristianismo a la Península de Yucatán. Corría el año de 1540 cuando el capitán Francisco de Montejo, al mando de treinta españoles, fundó la Villa y Puerto de San Francisco de Campeche sobre el antiguo asentamiento maya de Ah Kim Pech. En el acta de fundación incluyó la construcción inmediata de una humilde iglesia de paja y ramas dedicada a Nuestra Señora de la Concepción, en un solar cercano donde siglos después se levantaría la actual Catedral. Quedó como primer párroco el presbítero Francisco Hernández, capellán de las huestes de los Montejo desde la primera expedición española para la conquista de la región.
En un inicio, las conversiones fueron paulatinas y se dieron con la necesidad apremiante del manejo de la nueva iglesia. En el año de 1545, una fuerte tempestad arrojó frente a las costas campechanas un navío que transportaba al religioso dominico Fray Bartolomé de las Casas, Obispo de Chiapas y célebre defensor de los indígenas, quien se dirigía a su diócesis. Al calmar el temporal, desembarcó y fue recibido por el padre Hernández, convirtiéndose en el primer obispo que pisó tierras campechanas. Su estancia, aunque breve, dejó instrucciones valiosas para la administración de los sacramentos en las circunstancias precarias que caracterizaron la primera etapa del asentamiento hispano.


La consolidación de la labor misionera se dio hacia el año de 1546, cuando desembarcó la primera misión franciscana cuya finalidad estaba marcada por la labor de evangelización hacia los pueblos indígenas. La encabezaba Fray Luis Villalpando, misionero que emprendió el estudio de la lengua maya hasta componer una gramática esencial para la transmisión de ideas a los indígenas y apoyo para sus hermanos de hábito. Junto a él viajaban Melchor de Benavente, Lorenzo de Bienvenida, Juan de Albalate, Ángel Maldonado y el lego Juan de Herrera, todos religiosos que, según escritos de la época, eran de una virtud probada y santa abnegación. La Villa de Campeche, primera fundación española en la región, se convirtió entonces en la cuna de la predicación cristiana en la península por obra de los hijos del Seráfico Patriarca de San Francisco de Asís.
Fray Villalpando, armado solamente con un crucifijo y su breviario, se internó tierra adentro ganándose la confianza de los indígenas con sermones llenos de unción y un ejemplo de vida penitente. Los frutos de aquella primera siembra espiritual fueron abundantes, permitiendo un acercamiento de los indígenas para recibir las aguas del bautismo. Mientras Benavente y Maldonado permanecían en Campeche y sus alrededores, Villalpando y Juan avanzaron hacia Mérida extendiendo el Evangelio por toda la provincia hasta Bacalar. Pronto llegaron refuerzos en forma de nuevos grupos de franciscanos, y tras la celebración de tres capítulos provinciales, en 1561 quedó erigida la provincia de San José de Yucatán bajo el provincialato de Fray Diego de Landa, figura emblemática, a la vez que polémica, en la historia peninsular.
La edificación de templos y conventos comenzó tan pronto se fue estableciendo y consolidando la nueva fe. El primer conjunto fue levantado en el mismo año de 1546 sobre el antiguo Ah Kim Pech, apenas cinco años después de la fundación de la villa. Con el correr de los siglos, aquella primera iglesia parroquial fue transformándose hasta alcanzar la dignidad de una iglesia, pero la semilla plantada por aquellos misioneros descalzos germinó durante tres centurias y media bajo la jurisdicción de la mitra yucateca. Campeche creció como feligresía distante, con sus propios templos, cofradías y devociones, alimentando el anhelo de autonomía eclesiástica que cristalizaría a finales del siglo XIX.
La erección del obispado
Campeche respiraba ya como estado libre y soberano desde el decreto firmado por Benito Juárez en 1863, pero los católicos de la entidad albergaban el anhelo irrenunciable de la independencia eclesiástica. Hasta ese momento, la grey campechana dependía de la Mitra de Yucatán, una distancia no solo territorial sino también emocional que los feligreses más prominentes aspiraban a acortar. La iniciativa tomó forma cuando los presbíteros José Concepción López y Eulalio Ancona viajaron a la Ciudad de México para entrevistarse con el Arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos. Portaban una solicitud rubricada con las firmas de numerosos campechanos, pidiendo su intervención y apoyo para la creación del nuevo obispado.

El Obispo de Yucatán, Crescencio Carrillo y Ancona, recibió la noticia con disgusto inicial porque se había pasado por alto su autoridad; sin embargo, la sagacidad del Prelado transformó el descontento en estrategia, pues hizo suya la idea, le pareció buena y comenzó por las vías canónicas y ordinarias el trámite correspondiente. Carrillo y Ancona visualizó en la creación de la nueva diócesis el primer paso hacia la futura elevación de Yucatán a sede metropolitana.


Las gestiones ante la Santa Sede recayeron inicialmente en el Doctor Francisco Plancarte y Navarrete, quien se encontraba en Roma y recibió el encargo directo del Obispo Carrillo. Meses después, debido a la ausencia del padre Plancarte, el delicado asunto quedó en manos del Obispo de Tehuantepec, Doctor José Mora y del Río, quien condujo las súplicas por los intrincados pasillos de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares. Tras un estudio detenido y prudente del caso, y agotados todos los trámites canónicos, la petición fue resuelta en sentido favorable.
El 24 de marzo de 1895, el Papa León XIII emitió la Bula Praedecessorum Nostrorum, documento pontificio por el que se erigió la nueva Diócesis de Campeche. La bula, redactada en latín con las fórmulas solemnes propias de la cancillería apostólica, declaraba que la parroquia de la Inmaculada Concepción quedaba constituida como Santa Iglesia Catedral, que la nueva sede episcopal residiría en la ciudad de Campeche, y que la parroquia de Palizada, hasta entonces perteneciente a la diócesis de Tabasco, quedaba incorporada al nuevo obispado. El documento también instruía al futuro obispo a erigir cuanto antes el cabildo catedralicio y establecer un seminario para la formación del clero, señalando expresamente que la primera y más urgente necesidad era la de ministros idóneos para atender a los fieles y velar por la salvación de los indios.
Como ejecutor de la bula fue designado el propio Obispo Carrillo y Ancona, investido con todas las facultades necesarias y oportunas para llevar a cabo los decretos pontificios. El 12 de julio de 1895, el Prelado expidió el decreto de erección desde Mérida, fijando el día 28 del mismo mes para la solemne publicación. El ambiente en Campeche, sin embargo, se había caldeado en los días previos, ya que circulaba el rumor de que Carrillo y Ancona, al presentarse para la ceremonia, se llevaría consigo la valiosa custodia de oro y otras alhajas de la parroquia. La indignación creció hasta el grado de proferirse amenazas abiertas. El Vicario Valerio Couto y Sosa publicó una hoja suelta desmintiendo categóricamente la especie y apeló a la gratitud de los campechanos hacia quien tanto había trabajado por la creación del obispado. El llamamiento surtió efecto, y el Prelado fue recibido con entusiasmo y cariño a su llegada.
En los albores del 28 de julio de 1895, las campanas de la parroquia principal repicaron por última vez antes de ascender a la categoría de campanas catedralicias. Los fieles acudieron en masa, los caballeros revestidos de gravedad y respeto, las señoras con sus modestos paños negros, las mujeres del pueblo luciendo sus cadenas y rosarios de oro, y las doncellas de la mejor sociedad engalanadas con vaporosos trajes de encaje y la airosa mantilla blanca tan usada en las grandes festividades campechanas. La iglesia, adornada con sus mejores cortinajes y haciendo brillar sus vetustos candeleros y frontales de plata, semejaba una doncella que se engalana para celebrar sus bodas.
Apareció en el templo, entre los acordes de la orquesta, el venerable Obispo Carrillo y Ancona revestido con capa magna y ocupó el trono al lado del Evangelio, teniendo como acompañantes al Canónigo Manuel Acevedo y al Vicario Valerio Couto. Ofició la misa solemne el Cura José de la Luz Romero. Al término del Evangelio, el Canónigo Acevedo leyó la bula pontificia y el decreto de erección. Acto seguido, Carrillo y Ancona predicó un sermón alusivo con la unción y elocuencia que le eran propias, declarando establecida y erigida la nueva diócesis y despidiéndose de sus hasta entonces diocesanos. Concluida la misa, se expuso el Santísimo Sacramento y se entonó a toda orquesta el Te Deum en acción de gracias. Se levantó acta de todo lo actuado, firmada por el Obispo, los canónigos, sacerdotes y caballeros asistentes. Carrillo y Ancona quedó gobernando como Administrador Apostólico hasta la llegada del primer Obispo, nombrando Cura de la Parroquia del Sagrario al Presbítero Valerio Couto y Sosa.
Galería de los Pastores
Primer Obispo: Francisco Plancarte y Navarrete (1895-1898)

La expectación sobre quién portaría el báculo inaugural se disipó a principios de octubre de 1895, cuando se supo oficialmente que el Papa León XIII había nombrado al Doctor Francisco Plancarte y Navarrete como primer Obispo de Campeche. Nacido en Zamora, Michoacán el 21 de octubre de 1856, era hijo de Jesús Plancarte y María de los Ángeles Navarrete. Alumno del Pontificio Colegio Pío Latino Americano en Roma, recibió la ordenación sacerdotal el 18 de diciembre de 1880 y fungió como profesor de la Universidad Pontificia de México. Recibió la consagración episcopal en la capilla del colegio donde había orado durante catorce años, de manos del Cardenal Vannutelli, y tomó posesión de su diócesis el 26 de noviembre de 1896.
Su pontificado, aunque breve —duró solamente dos años— fue intenso y fecundo. Trajo de España siete jóvenes seminaristas y ordenó a cinco presbíteros para la diócesis. Emprendió visitas pastorales a sitios lejanos como el partido del Carmen, Champotón y el cantón de Icaiché, realizando un viaje de seis días a caballo por senderos de la selva húmeda para confirmar, bautizar y predicar entre aquella grey dispersa. Proyectaba edificar su palacio episcopal y seminario sobre las ruinas del castillo de San Luis, en el camino a Lerma, cuando fue sorprendido por el traslado. En noviembre de 1898 fue preconizado Obispo de Cuernavaca, y en 1912 Arzobispo de Monterrey, donde falleció en 1920 a los 64 años de edad.
Segundo Obispo: Rómulo Betancourt y Torres (1900- 1901)

Nacido en Irapuato, Guanajuato, el 17 de febrero de 1858, realizó sus estudios eclesiásticos en el seminario de Morelia, donde más tarde fue catedrático y vicerrector. Recibió el presbiterado en 1885 y sirvió sucesivamente las parroquias de La Piedad, Celaya y una prebenda del Cabildo Metropolitano de Morelia. Consagrado Obispo el 30 de noviembre de 1900, gobernó la diócesis campechana con sabiduría, celo y prudencia durante once meses. Su ministerio quedó truncado por la muerte, acaecida en Mérida el 31 de octubre de 1901, a los 43 años de edad. Legó al obispado una rica biblioteca que aún hoy forma parte de los archivos de la Diócesis.
Tercer Obispo: Francisco de Paula Mendoza y Herrera (1905- 1909)

Natural de Tingüindín, Michoacán, nació el 14 de noviembre de 1852. Estudió en Zamora y fue ordenado sacerdote el 21 de noviembre de 1875, desempeñándose como arcediano de la catedral y rector del seminario de aquella diócesis. Fue preconizado Obispo de Campeche por el Papa Pío X el 7 de enero de 1905, consagrado en la catedral de Zamora el 2 de febrero y tomó posesión el día 20 del mismo mes. Cuatro años y medio más tarde, el 7 de agosto de 1909, fue preconizado Arzobispo de Durango, tomando posesión el 12 de noviembre. Falleció el 28 de julio de 1923 a los 71 años de edad.
Cuarto Obispo: Jaime de Anesagasti y Llamas (1909- 1910)

Nació en Mundaca, España, el 23 de mayo de 1863. Ordenado sacerdote el 30 de noviembre de 1886 en Guadalajara, Jalisco, fue párroco de Tonalá durante diecisiete años, pasando después a San José de Analco y posteriormente al Sagrario Metropolitano de Guadalajara. En los primeros meses de 1909 emprendió un viaje a los Santos Lugares y a su regreso se enteró de su nombramiento como Obispo de Campeche, preconizado por San Pío X el 21 de noviembre. Consagrado en la catedral de Guadalajara el 12 de diciembre, tomó posesión el 4 de enero de 1910. El 3 de octubre del mismo año falleció en Campeche a los 47 años, cerrando un pontificado de apenas diez meses. Los hermanos Luis y Jaime de Anesagasti descansan juntos en suelo campechano.
Quinto Obispo: Vicente Castellanos y Núñez (1912- 1921)

Nacido en Mazamitla, Jalisco, el 8 de abril de 1870, fue ordenado sacerdote el 20 de octubre de 1894 en Zamora. Canónigo de aquella catedral, secretario de la Sagrada Mitra, vicario general y rector del seminario de Campeche durante el episcopado de Mendoza y Herrera. Preconizado Obispo por San Pío X, fue consagrado el 21 de abril de 1912 en Sahuayo y tomó posesión el 22 de mayo. Gobernó durante ocho años y nueve meses hasta su traslado a Tulancingo en 1921. Renunció a esa sede en septiembre de 1932 con el deseo de pasar el resto de sus días en un monasterio, anhelo que no logró debido a su mal estado de salud. Falleció el 2 de abril de 1939 a los 58 años de edad.
Sexto Obispo: Francisco González Arias (1922- 1931)

Nació en Cotija de la Paz, Michoacán, el 12 de agosto de 1874. Formado en el seminario de Zamora, donde fue profesor de filosofía, recibió el orden sacerdotal el 4 de abril de 1897. Tuvo a su cargo la parroquia de la Purísima y fue canónigo magistral de la catedral zamorana. Preconizado Obispo de Campeche el 24 de abril de 1922, fue consagrado el 11 de junio y tomó posesión el 22 de agosto. Tras ocho años y siete meses de gobierno pastoral, fue trasladado a Cuernavaca el 30 de enero de 1931. Falleció el 20 de agosto de 1946 a los 72 años de edad.
Séptimo Obispo: Luis Guizar y Barragán (1931- 1938)

Nacido en Cotija de la Paz, Michoacán, el 21 de junio de 1895, realizó sus estudios como alumno del Pontificio Colegio Pío Latino Americano en la Universidad Gregoriana de Roma. Ordenado sacerdote el 28 de octubre de 1918, obtuvo láureas en filosofía y teología. Fue rector del Seminario Conciliar de Veracruz y párroco del Sagrario de Chihuahua. Su Santidad Pío XI lo nombró Obispo de Campeche el 27 de noviembre de 1931, siendo consagrado en el Santuario de Nuestra Señora de los Remedios el 7 de febrero de 1932. El 9 de octubre de 1938 fue trasladado a la diócesis de Saltillo como Obispo Coadjutor, quedando como Obispo Residencial de 1954 a 1975 y como Emérito hasta su muerte, ocurrida el 27 de octubre de 1981 a los 86 años de edad. Estuvo al frente de la diócesis campechana durante seis años y nueve meses.
Octavo Obispo: Alberto Mendoza y Bedolla (1939- 1967)

Nació en San Salvador el Seco, Puebla, el 3 de agosto de 1881. Estudió en el seminario de Puebla y fue ordenado sacerdote el 28 de octubre de 1910. El Papa Pío XII lo nombró Obispo de Campeche el 15 de julio de 1939, recibiendo la ordenación episcopal el 28 de octubre en la catedral de Puebla y tomando posesión el 26 de noviembre. Su pontificado, el más prolongado de la historia diocesana con veintiocho años, marcó un parteaguas en la vida eclesial campechana; puesto que encontró solamente seis sacerdotes en toda la extensión diocesana, y veinte años después, el clero se había multiplicado a treinta y un ministros. En 1940 celebró el primer Congreso Eucarístico del sureste mexicano. Impulsó las vocaciones sacerdotales y fomentó la devoción mariana con singular empeño. Entre las obras materiales que realizó destacan el retablo mayor de la Catedral, bendecido el 11 de enero de 1953, la fábrica de los templos del Sagrado Corazón de Jesús y San Rafael, y el inicio del dedicado a la Virgen del Perpetuo Socorro. Murió el 28 de febrero de 1967 y sus restos descansan bajo el presbiterio catedralicio. En la actualidad, una corriente de voluntades impulsa su causa de beatificación desde la arquidiócesis de Puebla.
Noveno Obispo: José Jesús García Ayala (1967- 1982)

Nació el 30 de mayo de 1910 en el rancho El Guayabo, municipio de Ayotlán, Jalisco. Ingresó al seminario de Zamora y fue ordenado sacerdote el 9 de mayo de 1937. El Papa Pablo VI lo nombró Obispo Administrador Apostólico de Campeche, siendo consagrado el 2 de agosto de 1963, y tomó posesión como noveno Obispo Residencial el 10 de mayo de 1967. Inició la construcción del seminario diocesano durante su ministerio. Por motivos de salud presentó su renuncia y, al serle aceptada, dejó la sede el 20 de marzo de 1982, quedando como Obispo Emérito. Considerado el Obispo Emérito más anciano de México y América, y uno de los más longevos del mundo, falleció en Aranza, Michoacán, el 15 de enero de 2014 a una edad cercana a los 103 años. Estuvo al frente de la diócesis durante diecinueve años.
Décimo Obispo: Héctor González Martínez (1982- 1988)

Oriundo de Miguel Auza, Zacatecas, nació el 28 de marzo de 1939. Ordenado sacerdote en Roma el 1 de diciembre de 1963, fue rector del Seminario Mayor de Durango y obtuvo licenciaturas en Teología Dogmática e Historia de la Iglesia en el Colegio Pío Latino Americano. El 24 de marzo de 1982 recibió la consagración episcopal como décimo Obispo de Campeche. Promovido como Arzobispo Coadjutor de Antequera-Oaxaca, tomó posesión el 5 de abril de 1988. El 4 de octubre de 1993 asumió como Arzobispo Residencial y el 26 de febrero de 2003 fue nombrado Arzobispo Residencial de Durango. En marzo de 2014 renunció por edad y salud, quedando como Arzobispo Emérito. Su gobierno en Campeche abarcó seis años.
Décimo primer Obispo: Carlos Suárez Cázares (1988- 1994)

Nació en La Piedad, Michoacán, el 2 de diciembre de 1946. Formado en el seminario de Morelia, estudió en el Pontificio Colegio Pío Latino Americano y en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo la Licenciatura en Teología Dogmática. Ordenado sacerdote el 30 de diciembre de 1972, fue rector de los seminarios menor y mayor de Morelia y profesor de teología. Nombrado Obispo de Campeche por San Juan Pablo II el 1 de junio de 1988, recibió la ordenación episcopal en Campeche el 25 de julio. Trasladado a la diócesis de Zamora el 18 de agosto de 1994, el Papa Benedicto XVI lo llamó en 2008 para desempeñar el oficio de Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Morelia. Estuvo al frente de la grey campechana durante seis años.
Décimo segundo Obispo: José Luis Amezcua Melgoza (1995- 2005)

Nació en Purépero, Michoacán, el 2 de mayo de 1938. Ordenado sacerdote el 22 de diciembre de 1962 en Zamora por el Cardenal José Salazar López, fue vicario cooperador en Cotija, Uruapan y Sahuayo, párroco de Tangancícuaro, rector del Seminario Menor de Tula, Hidalgo, y rector del Seminario de Zamora. Estudió Teología en la Universidad Gregoriana de Roma. Llamado al episcopado por San Juan Pablo II siendo párroco de Tangancícuaro, fue consagrado Obispo de Campeche el 21 de junio de 1995 por el Nuncio Apostólico Jerónimo Prigione. El 9 de junio de 2005 Benedicto XVI lo nombró Obispo de Colima, donde tras ocho años renunció por edad quedando como Emérito a partir de 2014. Gobernó la diócesis campechana durante diez años.
Décimo tercer Obispo: Ramón Castro Castro (2006- 2013)

Nacido en Teocuitatlán de Corona, Jalisco, el 27 de enero de 1956, fue ordenado sacerdote en Tijuana el 13 de mayo de 1982. Su ministerio inicial lo realizó en la parroquia de San José Obrero, en Ensenada, Baja California. Licenciado en Derecho Canónico y Teología Espiritual, Doctor en Teología Espiritual, ingresó al Servicio Diplomático de la Santa Sede el 1 de julio de 1989, sirviendo en las nunciaturas apostólicas de Zambia, Malawi, Angola, Ucrania, Venezuela y Paraguay. En 1995 recibió el título de Monseñor como Prelado de Honor de Su Santidad. San Juan Pablo II lo nombró Obispo Auxiliar de Yucatán en 2004 y Benedicto XVI lo designó décimo tercer Obispo de Campeche el 8 de abril de 2006, tomando posesión el 25 de mayo. El 15 de mayo de 2013, el Papa Francisco lo nombró Obispo de Cuernavaca. Su gobierno pastoral en Campeche duró siete años.
Décimo cuarto Obispo, José Francisco González González (2013-2025)

Nació en Yahualica, Jalisco, el 17 de marzo de 1966 y fue ordenado sacerdote el 4 de junio de 1995 a los 29 años de edad. Obtuvo la Licenciatura en Derecho Canónico en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz y la de Teología Bíblica en la Pontificia Universidad Gregoriana, en Roma. Fue maestro y formador en el Seminario de Guadalajara y Vicerrector del Seminario Mayor en 2007. El 14 de febrero de 2008, Benedicto XVI lo nombró Obispo Auxiliar de Guadalajara, siendo consagrado el 10 de abril. En la arquidiócesis tapatía fue responsable de la Comisión de Familia y la Pastoral Universitaria. El Papa Francisco lo nombró Obispo de Campeche el 6 de diciembre de 2013, gobernando la diócesis hasta su reasignación a la diócesis de Tapachula en agosto de 2025.
El nuevo pastor: José Alberto González Juárez

Oriundo de El Parral, una localidad enclavada en el municipio de Chiapa de Corzo, dentro de la Arquidiócesis de Tuxtla Gutiérrez, Monseñor José Alberto González Juárez nació el 19 de diciembre de 1967. Su infancia transcurrió en el seno de una familia chiapaneca trabajadora, en un entorno donde la fe se transmitía de manera natural, entre las faenas del campo y las celebraciones del calendario litúrgico que marcaban el ritmo de la vida cotidiana. Aquel niño que creció a la sombra de las montañas no imaginaba entonces que el Señor lo llamaría a recorrer un camino desde el corazón de Chiapas hasta las costas del Golfo de México.
La inquietud vocacional se manifestó de forma temprana en su vida. Su formación filosófica inicial la realizó en el Seminario de la Inmaculada Concepción en San Juan de los Lagos, Jalisco, donde los formadores detectaron en él una inteligencia ordenada y una inclinación natural hacia la reflexión. Prosiguió sus estudios en el Seminario Santa María de Guadalupe en Tuxtla Gutiérrez y, más adelante, en la Universidad Pontificia de México, donde obtuvo la Licenciatura en Filosofía. Esta formación no fue un mero trámite académico en su itinerario, sino que imprimió en su personalidad intelectual un sello distintivo, la costumbre de abordar los problemas con profundidad, de ir a las causas, de no conformarse con diagnósticos superficiales.
El 8 de diciembre de 1995, solemnidad de la Inmaculada Concepción —advocación que, por una de esas coincidencias que los creyentes atribuyen a la Providencia, preside la Catedral que hoy será su Sede—, el Monseñor Felipe Aguirre Franco le impuso las manos en la ordenación sacerdotal. Quedó incardinado a la Arquidiócesis de Tuxtla Gutiérrez y comenzó un ministerio que, durante dos décadas, lo llevaría a recorrer prácticamente todos los ámbitos de la vida eclesial: fue vicario parroquial y párroco, conociendo de primera mano el pulso de las comunidades; director espiritual en el seminario, acompañando el discernimiento vocacional de los jóvenes; profesor de Filosofía, transmitiendo el amor por el pensamiento riguroso; y rector del Seminario de Tuxtla Gutiérrez, responsabilidad que lo situó al frente de la formación integral de los futuros sacerdotes en un período delicado para las vocaciones en México.
La confianza de sus superiores lo condujo después a asumir los cargos de Vicario General de la arquidiócesis y Vicario Episcopal para el Clero y la Vida Consagrada. Desde estas posiciones se convirtió en el brazo derecho del arzobispo, coordinando la acción pastoral del presbiterio y gestionando los asuntos administrativos de la curia con un estilo que sus colaboradores describen como sereno, organizado y profundamente respetuoso de las personas. Esta experiencia de gobierno, ejercida desde la trinchera del Vicario General, le proporcionó un conocimiento minucioso de los entresijos de la administración eclesiástica que resultaría invaluable cuando, años más tarde, recibiera la mitra.
El 6 de junio de 2015, el Papa Francisco lo nombró tercer Obispo de Tuxtepec. La diócesis oaxaqueña, enclavada en la región de la Cuenca del Papaloapan, presentaba desafíos pastorales de primer orden: una geografía de difícil acceso con comunidades dispersas, una realidad social marcada por la migración y la pobreza, y la presencia de una feligresía profundamente devota pero necesitada de una formación catequética sólida. La consagración episcopal se celebró el 22 de julio de aquel mismo año, en una ceremonia donde fungió como consagrante principal el entonces Nuncio Apostólico en México, Christophe Pierre, acompañado por los arzobispos Fabio Martínez Castilla de Tuxtla Gutiérrez y José Antonio Fernández Hurtado, este último su predecesor inmediato en la sede tuxtepecana.
Los poco más de diez años de pontificado en Tuxtepec permiten ya trazar un perfil pastoral definido. Monseñor González Juárez se caracterizó por un estilo de gobierno cercano y dialogante, alejado tanto del autoritarismo como de la permisividad. Visitaba regularmente las parroquias de su extensa diócesis, recorriendo caminos de terracería en temporada de lluvias y cruzando el Papaloapan en pangas para llegar hasta las comunidades apartadas. Prestó atención especial a la formación permanente del clero, convencido de que un presbiterio bien formado es la columna vertebral de la vida diocesana. Impulsó la catequesis y la pastoral juvenil, consciente de que los jóvenes son, al mismo tiempo, el presente y el futuro de la Iglesia. Mantuvo una relación fluida con las congregaciones religiosas presentes en su territorio, valorando el carisma particular de cada una y buscando integrarlas armónicamente en el plan pastoral diocesano.
En el ámbito de la Conferencia del Episcopado Mexicano su labor no pasó desapercibida. Los obispos mexicanos lo integraron como miembro suplente del Consejo Permanente, un reconocimiento a su capacidad de análisis y a su talento conciliador. En las reuniones del episcopado, sus intervenciones se distinguen por la mesura y la búsqueda de consensos, cualidades valiosas en un tiempo en que la polarización amenaza también los espacios eclesiales.
El nombramiento para la sede de Campeche, firmado por Su Santidad León XIV el pasado 11 de febrero, representa para Monseñor González Juárez un regreso simbólico al sureste que conoce desde la infancia. Aunque chiapaneco de nacimiento, el nuevo Prelado comprende los ritmos de esta región, la idiosincrasia de su gente, la paciencia que exige la pastoral en tierras de clima extremo y caminos difíciles. Sabe que la labor evangelizadora en estas latitudes requiere respeto por las tradiciones religiosas populares que constituyen el humus cultural donde hunden sus raíces la fe y la devoción. No es un extraño que deba aprender los códigos de la región: es un hijo del sureste que comprende sus desafíos y sus virtudes.

