Cada 3 de mayo, Pustunich se convierte en el escenario de una celebración única: no se trata de una festividad católica convencional, sino de un homenaje a una enigmática deidad de piedra cuya historia combina hallazgos arqueológicos, relatos orales de más de un siglo y una devoción popular que se niega a desaparecer
Harold Amábilis
En las tierras bajas de Campeche, donde el calendario agrícola todavía marca el ritmo de la vida cotidiana, la comunidad de Pustunich, en el municipio de Champotón, resguarda un legado arqueológico que desdibuja las fronteras entre el pasado prehispánico y la fe popular. Cada 3 de mayo, fecha que el calendario católico dedica a la Santa Cruz, los habitantes interrumpen sus labores para reunirse alrededor de un monolito antropomorfo al que han bautizado como Santo Pus: una figura masculina tallada en piedra que los pobladores relacionan con antiguos cultos vinculados a la fertilidad.
Los primeros registros sobre este sitio datan de 1933, cuando el explorador Cyrus Lundell reportó la existencia de esculturas que recibían veneración por parte de la comunidad. Posteriormente, entre 1939 y 1942, el investigador Wyllys Andrews IV documentó dos de estas piezas: una masculina, distinguible por la presencia de un falo, y otra femenina, de gran tamaño y rasgos toscos.
La tradición oral de Pustunich sostiene que, hace más de cien años, ambas figuras fueron halladas en los alrededores del poblado, cerca de los vestigios arqueológicos conocidos por los mayas como Cuyos. Tras el descubrimiento, fueron colocadas juntas dentro de una pequeña construcción de madera. Sin embargo, al amanecer, la escultura femenina había desaparecido sin dejar rastro. Los habitantes acudían a buscarla en parajes apartados e incluso en antiguos caminos rurales, para después devolverla junto a su compañero. No obstante, la figura volvía a desaparecer durante la noche y reaparecía en el mismo sitio donde había sido encontrada originalmente. La escultura masculina, en contraste, permanecía inmóvil en el lugar donde era colocada, circunstancia que, según los pobladores, dio origen al nombre del asentamiento.
Actualmente, la pieza femenina ya no se encuentra en Pustunich. El Instituto Nacional de Antropología e Historia la retiró para su estudio, conservación y restauración, y hasta la fecha no ha sido devuelta a la comunidad. Cuando las autoridades intentaron trasladar también al Santo Pus, los habitantes se opusieron de manera rotunda, pues consideraban inadmisible que la figura abandonara el poblado.
El respeto hacia esta imagen se sostiene también en relatos transmitidos entre generaciones. Una de las anécdotas más conocidas narra el caso de un hombre que habló de forma irrespetuosa de la deidad y, poco después, comenzó a sufrir una intensa fiebre mientras regresaba a su casa. Según la historia, tuvo que volver ante el Santo Pus, pedir perdón y encender una veladora. Tras cumplir el ritual, la calentura desapareció.
Los vecinos recuerdan igualmente un episodio en el que no se organizó la festividad anual correspondiente. Poco tiempo después, un fuerte viento levantó la estructura que protegía la imagen, hecho que los habitantes interpretaron como una señal de descontento de la deidad.
Cada 3 de mayo, fecha coincidente con el Día de la Santa Cruz en el calendario católico, la comunidad se reúne para rendir homenaje al Santo Pus en una celebración de carácter sincrético que conserva elementos de antiguas creencias relacionadas con la fertilidad. Mientras la figura femenina permanezca bajo resguardo institucional, los habitantes de Pustunich continuarán velando al Santo Pus con la convicción de que su historia seguirá transmitiéndose de generación en generación. Mientras exista alguien dispuesto a encenderle una vela y colocar cuatro piedras a su lado, esta tradición maya, forjada en la roca y en la memoria oral, se negará a extinguirse.





