Las relaciones gubernamentales con los medios de comunicación, por naturaleza se mueven en terrenos delicados. Por un lado está lo que respecta al manejo informativo de interés por ambas partes y por el otro están las relaciones mutuas, que deberían siempre conducirse a través de un trato cordial y civilizado y con la intención de suavizar, o mantener en el ámbito de la imparcialidad, los temas que en determinado momento podrían radicalizarse en contra de un gobierno, aunque la percepción generalizada pudiera ser diferente, o la realidad sea peor que lo publicable o publicado.
La ética, la objetividad, la verdad informativa tendrían que ir permanentemente de la mano de la libertad de expresión, aunque hay algunos medios que llevan a excesos los géneros de opinión. Nada justifica la “africanización” y los ataques personales, que terminan por desbordarse y enlodar a los propios periodistas, al mismo tiempo que lo hacen con los destinatarios de sus plumas.
¿Qué implicaciones tiene el manejo “africanizado” de la información? ¿Por qué algunos compañeros de los medios se sienten con el derecho de dejarse llevar por la iracundia, en detrimento de la objetividad, y más aún si son decanos y ejemplo de muchos compañeros y compañeras que los admiran y respetan? ¿Qué mensaje envían con su actitud a los medios y gobiernos en turno?
Y decimos en turno, porque todos los gobiernos, al menos desde el del doctor Miguel Borge Martín, mantienen convenios periodísticos o de publicidad que van desde modestas cantidades, inferiores incluso al equivalente de un salario mínimo mensual, hasta aquellas de cifras estratosféricas e insultantes.
Volviendo al tema de las relaciones entre gobierno y medios, en el caso de Chetumal, es claro y comprobado que no pocos compañeros han sido tratados con soberbia, arrogancia, petulancia y humillante falta de compromiso. Esa falta de capacidad y destreza para las relaciones públicas y diplomacia de quien está al frente de esa delicada responsabilidad ha generado la polarización de los medios de comunicación.
Podemos citar por lo menos el ejemplo de un colega, representante de un grupo editorial de reconocido prestigio en el ámbito social y empresarial, a quien, en respuesta a su búsqueda de tender un puente de conciliación con el gobierno estatal, la más alta funcionaria encargada de la relación con los medios le dijo, literalmente, que “no siempre se hace lo que dice el gobernador”. Así de grave.
Ante tamañas muestras de insensibilidad y la carencia de un vínculo institucional para dialogar, han surgido periodistas “africanizados” que hacen valer su experiencia e influencia para encabezar, junto con otros compañeros, frentes caracterizados por el odio y envenenamiento en contra del gobierno en general, y no de funcionarios que cumplen o no con sus responsabilidades.
No podemos dejar de señalar que entre estos “iluminados decanos” hay quienes a lo largo de décadas han ganado cantidades faraónicas por vía de convenios; no juzgamos su capacidad periodística, ni su trayectoria, experiencia y buen nombre, pero sí creemos que no se justifica su “africanización” innecesaria, que les hace vomitar odio, envenenados por un rencor originado por una operación de comunicación social poco eficiente.
Invitamos a quienes lideran y forman parte de asociaciones periodísticas en el sur y el norte del estado -como Periodistas del Caribe A.C. que preside Javier Chávez Ataxca, el Colegio de Profesionistas en Comunicación de Quintana Roo, Mujeres Periodistas de Quintana Roo y el Colectivo de Periodistas de Quintana Roo, por citar algunas- para reflexionar sobre el momento y los tiempos que estamos viviendo, y no asumir liderazgos de compañeros periodistas para permear una crítica feroz, nacida de la víscera, contra los gobiernos municipales y estatales, dadas las condiciones generales o en respuesta a una voluntad política que a veces no nos beneficia.
En El Despertador de Quintana Roo creemos en el decálogo que hemos planteado a nuestros compañeros periodistas, en el que reiteramos la importancia de privilegiar siempre la libertad de expresión, pero siempre en el marco de la responsabilidad, imparcialidad, ética y profesionalismo.

