11 octubre, 2026

APUNTES SOBRE LA TRANSICIÓN POLÍTICA EN CAMPECHE – Desde El Rincón

Inosente Alcudia Sánchez

Estoy intentando un ensayo sobre la transición política en Campeche. Aunque la mayoría de los actores políticos viven y quizás podría entrevistar a algunos, no me lo he planteado para la etapa en la que estoy. En realidad, es un ejercicio de memoria sobre el que hay información periodística abundante. Además, no he definido el destino del trabajo, así que lo llevo con calma. Les comparto, entonces, un esbozo del trabajo en cuestión.

Cuando Morena ganó las elecciones a gobernador y obtuvo la mayoría en el Poder Legislativo, en 2021, habían pasado seis años desde que, en Campeche, el PRI histórico —cuyo origen sitúo en el sexenio 1985-1991— había sido desplazado por un nuevo PRI: el que configuró, con cuadros políticos emergentes, Alejandro Moreno Cárdenas.

Entre 1985 y 2015, Campeche fue gobernado por una clase política originada en el sexenio encabezado por el cetemista Abelardo Carrillo Zavala. Durante ese gobierno (1985-1991), el país vivió un cambio profundo en el modelo económico y, junto con la apertura comercial y el adelgazamiento del sector paraestatal, el Estado mexicano emprendió un proceso de modernización administrativa. Estas transformaciones, acompañadas de la descentralización y del aumento en las transferencias federales a los estados, permitieron el fortalecimiento y la expansión del aparato gubernamental estatal.

Esa coyuntura fue aprovechada por el gobernador Carrillo Zavala para profesionalizar la administración pública, incorporando recursos humanos técnicos y políticos que integraron la columna vertebral de su gobierno y, en el futuro, conformaron la clase política que predominó en el PRI local durante casi 30 años. La excepción fue el sexenio de Jorge Salomón Azar (1991-1997), que hoy puede verse como una etapa de maduración de los cuadros reclutados por Carrillo Zavala.

De 1997 a 2015, Campeche fue gobernado por políticos que se incorporaron al servicio público durante el sexenio de Concordia —Antonio González Curi, Jorge Carlos Hurtado Valdez, Fernando Ortega Bernés— lo que permitió, en lo administrativo, consolidar una base burocrática de carrera y, en lo político, gestionar los cargos de elección mediante un sistema de mérito que dio estabilidad al régimen. En consecuencia, la selección del candidato priista a la gubernatura operaba como una carrera de relevos, un pase de estafeta entre competidores de un mismo equipo, lo que disminuía los riesgos de crisis o rupturas internas.

Fernando Ortega fue el último gobernador proveniente de aquella camada ochentera y consiguió la candidatura contendiendo con Jorge Luis González Curi, quien también formaba parte de la clase política derivada del carrillismo.

La selección del candidato priista a gobernador en 2015, ya no se disputó únicamente entre miembros del PRI histórico. En los seis años previos se había fortalecido un aspirante emergente, ajeno al grupo reclutado en los ochentas, y decidido a quedarse con la candidatura. Para intentar aminorar la tensión interna, los responsables del proceso incorporaron a varios contendientes, aunque con clara ventaja para el diputado federal Alejandro Moreno Cárdenas.

Había, sin embargo, entre la baraja de aspirantes, uno con pertenencia al PRI histórico: el senador Raúl Pozos Lanz —que había comenzado su carrera partidista en los ochentas— y quien había realizado una intensa precampaña territorial, confiado quizá en que sus méritos partidistas y burocráticos lo avalaban para quedarse con la candidatura. Probablemente le correspondía abanderar a su partido, pero no tuvo la fuerza interna para hacer valer esos méritos y terminó adentrándose en los caminos de la disidencia y sumando su capital político a la oposición. El PRI histórico fue derrotado, y Moreno Cárdenas se hizo de una posición que, desde la lógica que había prevalecido hasta seis años antes, aún no le correspondía.

De manera paulatina, aunque perceptible, el PRI se fracturó durante el gobierno de Alejandro Moreno. En poco tiempo, la clase política del PRI histórico fue relegada, y un nuevo PRI —el emergente, articulado alrededor de Moreno Cárdenas— se apropió del instituto político. No fue únicamente una ruptura generacional: fue el arribo de una nueva forma de ejercer el poder y de hacer política. 

La designación del candidato para la elección de 2021 ya no observó ninguno de los criterios que habían validado los procesos anteriores. A ojos de propios y extraños, el candidato fue resultado de una imposición que no respetó los tradicionales contrapesos que aseguraban la unidad y la continuidad del proyecto partidista y gubernamental. Ante ello, el PRI (síntesis de lo viejo y lo nuevo), incapaz de conciliar lo que había sido con lo que se había convertido, se disolvió en una diáspora que dejó abierta la puerta por la que entró el triunfo de Morena.

En suma, el PRI perdió el gobierno de Campeche en 2021, pero seis años antes Moreno Cárdenas había derrotado al priismo que gobernaba desde 1985. Algo similar ocurrió a nivel nacional: aunque López Obrador venció al candidato del PRI en 2018, el priismo tradicional ya había sido derrotado meses antes con la candidatura de José Antonio Meade.

El colofón de la historia puede prolongarse: hace unos días, Alejandro Moreno Cárdenas declaró estar “en la mejor edad para buscar la presidencia en 2030” y, en su reaparición —ante una multitud azorada— Eliseo Fernández, líder de MOCI en Campeche, le atribuyó virtudes de estadista.

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