Gerardo Ruiz
El 29 de agosto de 1969 un grupo de buzos del Club de Exploraciones Deportivas Acuáticas de México realizó un descenso a 50 metros de profundidad en el Cenote Azul de Bacalar y, mediante una sonda, determinó que la profundidad alcanzaba los 76 metros.
No sé si aquel haya sido el primer descenso, la primera expedición o simplemente uno de los primeros registros documentados. Y quizá esa sea también una buena razón para seguir investigando nuestra historia.
Pero al encontrar esta efeméride, mi memoria me llevó mucho más lejos que esos 76 metros.
Me llevó a Bacalar.
Tuve la oportunidad de conocerlo en los años 90. Años después, hace aproximadamente nueve años, regresé, cuando recién había llegado a estas tierras.
Había pasado mucho tiempo entre una visita y otra.
Y había infinidad de cambios.
Recuerdo sus colores.
Recuerdo aquella manera tan particular en que el agua parecía encontrarse con el cielo. Recuerdo el paisaje, la tranquilidad y esa sensación de estar frente a un lugar que parecía no necesitar explicación.
Cuando regresé, noté diferencias.
Los colores ya no eran exactamente los mismos. El paisaje tampoco.
En aquel momento pensé que quizá era solamente mi percepción.
Pero hoy existen investigaciones que documentan cambios en la Laguna de Bacalar y una pérdida de algunas de las tonalidades azul turquesa que durante mucho tiempo la caracterizaron.
También se ha señalado un deterioro en la salud de este ecosistema, relacionado con diversos factores, entre ellos el crecimiento urbano, las aguas residuales, la deforestación y las actividades agropecuarias.
Es decir, aquello que yo percibí como un cambio en los colores podría no ser solamente un recuerdo.
Hay estudios que nos invitan a mirar con mayor atención lo que está sucediendo.
Y hoy, en 2026, me pregunto cuánto más habrá cambiado.
Si tú pudieras ver lo que yo escucho, quizá entenderías por qué los recuerdos tienen para mí un significado diferente.
Con el paso del tiempo, los colores se van difuminando. Los paisajes cambian. Algunos se transforman; otros comienzan a deteriorarse.
Y hay algo que esa transformación me recuerda inevitablemente: lo que sucede cuando una retina se desprende. Primero comienzan a perderse los detalles; después los colores dejan de ser los mismos y, poco a poco, aquello que alguna vez fue luminoso y lleno de vida puede convertirse en una imagen gris, distante y sombría.
Así recuerdo también algunos lugares; como el hermoso Bacalar.
No porque haya dejado de existir su belleza, sino porque nosotros mismos hemos permitido que parte de ella se vaya perdiendo.
Por eso esta efeméride de 1969 me provoca algo más que curiosidad histórica.
Aquellos buzos se aventuraron en las profundidades del Cenote Azul para descubrir qué había debajo de la superficie.
Hoy nosotros deberíamos atrevernos a hacer algo parecido, pero desde otra perspectiva: preguntarnos qué está ocurriendo sobre la superficie.
Mi recuerdo es solamente el punto de partida.
Porque una experiencia personal puede despertar una pregunta, pero son la investigación, los datos y la historia los que pueden ayudarnos a encontrar respuestas.
Por eso también quiero invitar a quien lea estas líneas a no quedarse únicamente con esta columna.
Investiguemos.
Comparemos fotografías de distintas épocas. Conozcamos lo que dicen los estudios científicos. Escuchemos a quienes viven en Bacalar y a quienes conocen su ecosistema.
Porque defender nuestros recursos naturales también comienza por conocerlos.
Yo recuerdo unos colores.
Tal vez quienes visiten Bacalar hoy recuerden otros.
Y quizá dentro de algunos años alguien vuelva a mirar este lugar y se pregunte cómo era antes.
Por eso, más que preguntarnos solamente qué tan profundo era el Cenote Azul en 1969, deberíamos preguntarnos:
¿Qué tan profundo estamos dispuestos a mirar para entender los cambios que hemos provocado?
Porque los colores también cuentan historias.
Y algunos de los colores que recuerdo quizá ya no estén ahí como los conocí.
Si tú pudieras ver lo que yo escucho, tal vez entenderías que no estoy hablando solamente de Bacalar.
Estoy hablando del paso del tiempo.
Y, sobre todo, de aquello que todavía estamos a tiempo de conservar.
Los colores que recuerdo también son parte de nuestra historia como Quintanarroenses.
Gerardo Ruiz es director de la Red Ciegos Quintana Roo
X: @gruizcun

