Por el Abogado Luis Esquiel
La reciente decisión del Banco de México de reducir la tasa de interés en un contexto de inflación persistente, bajo crecimiento económico y caída de la inversión productiva, merece una crítica seria, firme y sin eufemismos. No se trata de un ajuste técnico aislado; se trata de una señal económica que puede marcar el rumbo —o el extravío— de la economía nacional durante los próximos años.
Hoy México enfrenta una combinación peligrosa: inflación que resiste, crecimiento débil, inversión estancada y una deuda pública que supera los 20 billones de pesos. En este escenario, bajar la tasa no luce como una política contracíclica inteligente, sino como una decisión temeraria.
La contradicción central: bajar tasas con inflación viva
La lógica económica clásica es clara: cuando la inflación sigue presionando los precios, el banco central debe actuar con prudencia monetaria. La tasa de interés es el principal instrumento para contener el sobrecalentamiento de precios y anclar expectativas.
Reducirla cuando la inflación aún no está plenamente controlada envía un mensaje ambiguo al mercado: que la prioridad dejó de ser la estabilidad de precios.
Y cuando se pierde credibilidad en la lucha contra la inflación, el costo lo paga directamente la población. No los mercados, no los analistas, no los tecnócratas. Lo pagan las familias mexicanas cada vez que van al supermercado, pagan renta o cubren servicios básicos. La inflación no es una cifra técnica. Es un impuesto silencioso.
La ilusión del crédito barato
El argumento habitual para bajar tasas es incentivar el crédito, el consumo y la inversión. En teoría, tasas más bajas deberían impulsar la actividad económica. Pero la realidad mexicana actual contradice esa premisa.
El problema no es el costo del dinero; es la falta de confianza.
La inversión privada no se detiene porque el crédito sea caro. Se detiene porque hay incertidumbre jurídica, señales contradictorias en política económica, debilitamiento institucional y ausencia de reglas claras para el largo plazo.
Ningún empresario invierte millones de pesos solo porque el crédito baje medio punto porcentual si percibe un entorno incierto, cambiante o adverso a la inversión.
La tasa no sustituye la confianza.
Crecimiento débil y señales equivocadas
México atraviesa una etapa de crecimiento económico mediocre. El país crece por debajo de su potencial, con un mercado laboral que genera empleos insuficientes y mal remunerados.
Reducir la tasa en este contexto no ataca el problema estructural: la falta de inversión productiva.
Sin inversión no hay crecimiento sostenido. Sin crecimiento no hay recaudación suficiente. Sin recaudación no hay estabilidad fiscal. Y aquí aparece el verdadero elefante en la habitación.
La deuda pública: la factura pendiente
México arrastra una deuda pública que ya supera los 20 billones de pesos. Esta cifra no es abstracta; es una obligación futura que deberán pagar los contribuyentes de hoy y de mañana.
Cada punto de inflación adicional, cada peso devaluado y cada desaceleración económica complican el pago de esa deuda.
Bajar tasas en este contexto puede tener efectos inmediatos peligrosos: Presión sobre el tipo de cambio, salida de capitales hacia economías con mayores rendimientos, aumento del costo real de la deuda externa y debilitamiento de la moneda.
El resultado es un círculo vicioso: menos confianza, menos inversión, menor crecimiento y mayor presión fiscal.
La deuda no se paga con discursos. Se paga con crecimiento económico real.
El costo social de las malas decisiones monetarias
Las decisiones de política monetaria no son neutras. Tienen consecuencias directas en la vida cotidiana: Ahorros que pierden valor, créditos que eventualmente se encarecen, empleos que no se generan, salarios que no alcanzan…
La inflación erosiona el poder adquisitivo con brutal eficacia. Y cuando la política monetaria parece tolerarla, el mensaje para la ciudadanía es devastador: el ahorro deja de tener sentido. Se castiga la prudencia y se premia la especulación.
Populismo económico y señales de corto plazo
El mayor riesgo no es solo económico, sino político: cuando la política monetaria parece alinearse con necesidades de corto plazo del gobierno, se erosiona la percepción de autonomía del banco central.
La autonomía del banco central es uno de los pilares de la estabilidad macroeconómica moderna. Debilitar esa percepción —aunque sea indirectamente— tiene consecuencias profundas y duraderas.
Los mercados reaccionan rápido. La confianza tarda años en construirse y minutos en perderse.
Conclusión
Reducir la tasa en medio de inflación persistente, crecimiento débil y deuda histórica no es una decisión menor: es una apuesta arriesgada que puede comprometer la estabilidad económica futura.
México necesita confianza, inversión, crecimiento y disciplina fiscal.
No señales ambiguas ni decisiones que privilegien el corto plazo sobre la estabilidad de largo plazo.
La economía nacional no requiere optimismo discursivo. Requiere prudencia, responsabilidad y visión de Estado. Porque al final, cada error en política económica tiene un destinatario inevitable: el bolsillo de los mexicanos.

