Claudio Obregón Clairin
Los celtas
Desde hace tres mil años y en un extenso territorio que abarca desde las llanuras de Anatolia hasta las islas británicas, los pueblos celtas establecieron una enigmática cultura que se confrontó con el Imperio romano. Libraron feroces batallas en las que los triunfos celtas fueron incuestionables hasta que el emperador romano Julio César invadió la Galia. Sin embargo, no pudo conquistar por completo las islas británicas, por lo que en Gales y Escocia se mantiene vivo el legado cultural celta.
Los pueblos celtas no nos legaron registros escritos, pero sus enemigos los describen como feroces guerreros que acostumbraban decapitar a sus rivales y luego colocaban sus cabezas alrededor de sus caballos. Durante las batallas utilizaban enormes trompetas verticales conocidas como cárnyx, que emitían estruendosos sonidos y, cuando se alzaban hasta tres metros de altura, parecían gigantes monstruosos que provocaban estupor. En 1993, el trompetista británico John Kenny reprodujo y devolvió el sonido de un cárnyx. Este se produce mediante la vibración de los labios, como ocurre al tocar una trompeta o una tuba.
Además de feroces guerreros, los celtas desarrollaron una cultura sofisticada y, en algunos casos, las mujeres ocuparon un lugar importante dentro de la estructura social, como lo demuestra el descubrimiento, en 2010, de una tumba principesca en la localidad de Heuneburg, Alemania, que contenía un delicado ajuar de oro.
La mitología celta establecía un paraíso paralelo a nuestra realidad llamado Tir na nÓg, donde no existían el dolor ni las enfermedades. Su religión era politeísta y su entidad divina principal era Dagda, quien poseía un garrote capaz de otorgar la muerte y la vida. Lugh era reconocido como el Sol y se le relacionaba con las artes. Morrígan era la deidad de la guerra; controlaba el destino humano y tenía la capacidad de transfigurarse.
En los Alpes italianos, la Val Camonica constituye el paso natural que une el Piamonte con el norte de Europa. En sus laderas se ubican antiguos petrograbados celtas que nos desvelan episodios de su vida cotidiana y de sus guerras. En esa región se ha consensuado el origen de la protolengua celta y, a doscientos kilómetros hacia el oeste, se encuentra el pueblo medieval de Masserano. En la profundidad de sus bosques se celebra anualmente uno de los más célebres festivales paganos celtas: Beltane.
El Festival Pagano Celta de Masserano
Provenientes de diversas regiones de Italia y Europa, durante los tres días de luna llena del mes de mayo, más de 5,000 asistentes celebraron este año la llegada del verano en el Parco Acrobaleno de Masserano, en la provincia de Biella. El vasto programa de la edición número 28 del festival incluyó rituales, música celta, danzas, conferencias, recreaciones históricas de batallas, concursos de tiro con arco, talleres para niños y adultos, un mercado de artesanías de inspiración celta, la venta del licor celta “hidromiel” y las tradicionales hogueras de purificación.
Rodeado de una naturaleza prístina, el festival se realizó al aire libre y la entrada tuvo un costo de apenas 15 euros, considerando que todas las actividades y conciertos estaban incluidos. Algunos participantes acamparon en el bosque y, por las mañanas, podían abastecerse de agua proveniente de manantiales alimentados por el deshielo de los glaciares alpinos. La organización fue excelente: decenas de voluntarios asistieron a los participantes y hubo transporte gratuito desde los estacionamientos de los pueblos cercanos hasta la inmensidad del bosque.
Las conferencias abordaron temas como la herboristería celta, el sagrado femenino, el chamanismo celta, la conexión con la naturaleza, el sendero del conocimiento druida, los rituales vinculados con las aguas sagradas y la astrología celta, entre otros diversos e interesantes temas. Los grupos musicales participantes interpretaron un género contemporáneo conocido como Hard Folk, también música tradicional celta, Heavy Medieval Music y War Pipe o gaitas de guerra.
Un mercado de productos orgánicos y diversos puestos de comida ofrecían tanto platillos de la gastronomía italiana como delicados quesos orgánicos, entre ellos el famoso gorgonzola y un exquisito parmesano. En la llanura padana se cultiva principalmente arroz, aunque también maíz, por lo que en el festival podían degustarse elotes a las brasas muy dulces, acompañados con mantequilla, hierbas finas, miel o peperoncino, el chile cultivado en Italia, cuyo picor produce una sensación muy particular en la garganta. Siendo mexicano, estoy acostumbrado a los chiles picantes y, al descubrir mi acento, la dama que atendía el puesto de elotes me preguntó mi nacionalidad. Cuando le informé mi origen, cubrió generosamente mi elote con peperoncino… Debo admitir que me resultó violento.
El día de la celebración del ritual de la hoguera estuvo parcialmente nublado, pero mientras la luna llena se alzaba sobre el horizonte, mágicamente el cielo se fue despejando. Soportando el ataque de los mosquitos, me instalé en primera fila, muy cerca de las dos hogueras que representan al poder masculino y al femenino. Inició una bella procesión en la que participaron mujeres vestidas con túnicas blancas, llevaban a sus hijos en sus brazos y tomados de las manos; destacaron altos individuos ataviados como guerreros celtas y un druida anciano presidió la procesión.
El druida saludó a los espíritus del bosque y luego preguntó quién por cada uno de los puntos cardinales y respondieron tanto hombres como mujeres quienes retomaron la voz de las destinaciones. A cada destino cardinal le dieron la bienvenida y después de una sentida ceremonia en la que la multitud guardó silencio, de pronto el druida dio la orden de iniciar las enormes hogueras y caminó con su séquito por en medio de ellas. Se le veía pleno, satisfecho y en trance. La multitud comenzó entonces a correr alrededor del fuego. Me vi envuelto en aquel movimiento frenético y, al rodear una de las hogueras, tuve la sensación de aproximarme a un ritual ancestral donde el calor resultaba intenso y purificador. Después de completar tres vueltas, decidí que era suficiente contacto con el fuego y, al regresar a la explanada, la luna llena nos envolvió con su luz azulada.
Fue una experiencia memorable participar en un ritual ancestral que, aunque transformado y adaptado a nuestra realidad contemporánea, conserva la capacidad de generar una profunda comunión con el fuego y la naturaleza. Al final, quedó entre los participantes la certeza de que el mundo celta continúa vigente.
Fotografías: Claudio Obregón Clairin
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