Fundada en plena pandemia por Yuri Lázaro Huértano, alberga hoy a más de 300 perros rescatados; entre carencias, solidaridad y críticas, el refugio sobrevive con esfuerzo diario y busca consolidarse como un proyecto de largo plazo

SALVADOR CANTO

Entre ladridos, colitas inquietas y la mirada brillante de más de 300 perros que encontraron un refugio en medio de la selva, Yuri Lázaro Huértano sonríe con cansancio, pero también con la convicción de que su lucha vale la pena. Hace cinco años, en plena pandemia, cuando el miedo llevó a cientos de familias a abandonar a sus mascotas, ella decidió abrir las puertas de su casa y comenzar a rescatar a quienes habían quedado a la deriva.

Así nació Cachorrilandia, un espacio que ha crecido con enormes esfuerzos, con campañas de esterilización, donaciones ocasionales y la tenacidad de su fundadora. Hoy, el albergue, ubicado entre Cancún y Leona Vicario, no solo es hogar temporal para perros en situación de calle, también representa una esperanza frente a un problema social y ambiental que se multiplica cada día.

Yuri habla sin rodeos: el abandono animal no es solo culpa de las autoridades, sino de una sociedad que aún no asume su responsabilidad con los seres que dependen de nosotros. Entre críticas, denuncias, campañas y el gasto de 192 kilos de croquetas diarios, esta mujer ha convertido un sueño personal en una misión de vida que ya no tiene marcha atrás.

En entrevista con El Despertador de Quintana Roo, comparte la historia, los retos y las esperanzas de Cachorrilandia.

—¿De dónde nace tu amor por los animales?

—Nunca tuve perritos de niña, solo gatos porque a mi papá le encantaban. Pero desde que tengo memoria siempre tuve esa idea: quería un refugio de perros. No sé de dónde salió, simplemente estaba ahí, como un sueño que algún día debía hacerse realidad.

—¿En qué momento se funda Cachorrilandia?

—Inició en plena pandemia de Covid-19. Mucha gente, por miedo e ignorancia, comenzó a abandonar a sus animales porque pensaban que transmitían el virus. En ese tiempo yo me quedé sin trabajo y al ver tantos casos en redes sociales, empecé a rescatar: primero uno, luego otro… y en un mes ya tenía 44 perritos en casa. Así comenzó todo.

—La sociedad suele culpar al gobierno por el problema de los perros callejeros, ¿qué opinas?

—La realidad es que no es solo responsabilidad de las autoridades. Es un problema social, como la basura o la contaminación. Somos una sociedad que no ha hecho conciencia ni asumido responsabilidad con los animales. Antes no se hablaba de esterilización y ahora, aunque hay más personas interesadas en ayudar, cada vez hay más casos de abandono.

—Después del huracán Beryl se habló mucho de Cachorrilandia. ¿Qué significó ese momento para ti?

—Fue una bendición. Ya teníamos tres años trabajando y era difícil que nos conocieran. Gracias a la cobertura del huracán la gente nos visibilizó. Para entonces llevábamos 27 campañas de esterilización, pero hacía falta ese escaparate. Así como nosotros, hay muchas fundaciones haciendo lo mismo.

—En redes sociales recibes críticas y ataques, ¿cómo lo manejas?

—Al inicio me afectaba, ahora ya no. La gente no ve lo que hay detrás de cada rescate: los traslados, las cuentas del veterinario, las operaciones… un solo rescate puede costar 30, 40 o hasta 50 mil pesos. Y sí, pido apoyo constantemente en redes porque el recurso nunca alcanza. Pero prefiero eso a dejar un animalito sin atención.

—¿Qué es lo más difícil de ser rescatista?

—La impotencia. Hay casos de maltrato en los que presentamos denuncias y no proceden porque no hay pruebas o nadie grabó. Eso desgasta, pero no me detiene. Como digo: respiro y continúo.

—¿La ley de bienestar animal ha funcionado para reducir el problema?

—No. Son letras muertas. La ley existe, pero no se aplica. De nada sirve un reglamento bien elaborado si nadie lo hace cumplir. Lo que pedimos a las autoridades es que sancionen a quienes maltratan o abandonan animales. Solo así habrá un cambio real.

—¿Qué camino debe seguir una persona que quiere denunciar un caso de maltrato?

—En Cancún deben acudir a la Fiscalía de Delitos Ambientales, en la avenida Cobá. Ahí está la mesa especializada. Denunciar en redes solo sirve para hacer presión social, pero legalmente lo importante es acudir a la instancia correspondiente y aportar pruebas: fotos, videos, testimonios.

—Actualmente, ¿en qué etapa está Cachorrilandia?

—Estamos a un 30% de avance en el albergue que construimos entre Cancún y Leona Vicario. Es un espacio muy grande, dividido en áreas, con amplios terrenos donde los perros pueden estar libres. También incluimos una clínica veterinaria porque ante cualquier contingencia necesitamos atención 24/7.

—¿Cuántos animales albergan hoy y cuál es el gasto diario?

—Tenemos poco más de 300 perritos. Se consumen 192 kilos de croquetas al día. Durante mucho tiempo una empresa nos apoyaba con alimento a muy buen precio, pero tras ataques en redes sociales nos retiraron el apoyo. Aun así, seguimos adelante, buscando donaciones y la solidaridad de la gente.

—¿Cuál es tu sueño con Cachorrilandia?

—Que en unos tres años logremos tenerlo terminado en un 80 o 90%. No quiero que sea un refugio que dependa solo de mí. Por eso lo constituí como fundación, para que continúe incluso cuando yo ya no esté.

—Algún mensaje final para los ciudadanos que quieran apoyar

—Siempre les digo: si desconfían, busquen en Google “Cachorrilandia”. Ahí están nuestras transmisiones en vivo, nuestras campañas y todo lo que hemos hecho. Nuestro trabajo habla por sí mismo. Las puertas están abiertas para quien quiera conocerlo de cerca. Y agradezco a El Despertador de Quintana Roo por el apoyo constante, incluso con algo tan valioso como el periódico de desecho que nos regalan, porque se convierte en pañales para nuestros perritos. Eso también es salvar vidas.

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