18 julio, 2026

El calentamiento global no actúa solo en la Península de Yucatán: lo amplifican la deforestación, la expansión inmobiliaria y la contaminación de acuíferos, mientras la respuesta institucional acumula décadas de retraso 

EDUARDO MAY

MÉRIDA.- En los últimos 40 años, los problemas ambientales en Yucatán se han agudizado. El incremento de la contaminación por gases de efecto invernadero debido al parque vehicular, el desbordado crecimiento de la mancha urbana por la migración hacia Mérida y los 14 municipios metropolitanos, los volúmenes de basura y desechos que se han multiplicado por doce en cuatro décadas, así como la falta de atención a aspectos vitales como la contaminación del manto freático, son reflejo de una serie de condicionantes que están ocasionando una notable pérdida en la calidad de vida de los yucatecos.

Los problemas ambientales, la deforestación, el incremento de empresas y negocios que no tienen control sobre sus aguas residuales y desechos tóxicos, así como los volúmenes de agua contaminada que se vierten en manglares, ciénagas, humedales e incluso al mar, representan una serie de problemas que se acumulan sin una respuesta efectiva de la sociedad y del gobierno.

Las afectaciones cada vez más notables son, en conjunto, situaciones que están provocando cambios en el medio ambiente, perceptibles en el incremento de la temperatura en las zonas densamente pobladas, pero también en todo el estado, donde ya se advierten efectos del cambio climático.

Todo ello se suma a una serie de problemáticas que contribuyen a la sobreexplotación de los recursos naturales, factores que reflejan el descontrol sobre aspectos que hacen vulnerable al ser humano, pero también a las especies de flora y fauna endémicas.

La gravedad actual del cambio climático en Mérida es alta, con un 9.1 por ciento de empeoramiento en la puntuación climática en comparación con los últimos 16 años. Esto sugiere impactos negativos crecientes en los patrones climáticos y las condiciones ambientales.

En los últimos tres lustros, Mérida ha experimentado cambios medibles en parámetros climáticos clave, contribuyendo a la puntuación de gravedad actual de 52, dentro de la categoría Alta. Esto refleja una serie de efectos negativos en las condiciones climáticas con respecto a años anteriores.

Las modificaciones negativas del entorno son reflejo de una serie de tareas que se han postergado, en gran medida por la falta de aplicación de políticas públicas por parte de las autoridades de los tres niveles de gobierno para minimizar este impacto, así como por la falta de responsabilidad social en el cuidado del medio ambiente.

El panorama, según organismos civiles que trabajan en temas ambientales, es difícil y crítico en algunos aspectos, principalmente por el alto consumo de recursos no renovables y por el deterioro de los renovables, que no son cuidados ni protegidos debidamente.

Es importante tener un panorama sobre algunos posibles escenarios del cambio climático en la Península de Yucatán: Campeche, Yucatán y Quintana Roo.

La región peninsular es una zona natural, cultural y económica que no está libre de la influencia del cambio climático, a pesar de no haber sido una gran contribuyente al calentamiento global. Sin embargo, sus condiciones geográficas la hacen particularmente sensible a sus consecuencias.

Esto se debe a que tiene una alta influencia marítima y está sujeta al embate de fenómenos hidrometeorológicos, nortes, ondas tropicales y ciclones, que pueden intensificarse en número, frecuencia e intensidad como resultado del calentamiento de la superficie oceánica.

¿Qué es el cambio climático?

En 1992 se firmó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. La organización U.S. Support for Country Studies to Address Climate Change financió en México una serie de investigaciones sobre este fenómeno, conocidas coloquialmente como “Estudio de País”. Este proyecto inició en 1994 y derivó en el documento “Una visión hacia el siglo XXI: El cambio climático en México”.

De esta manera se establecieron los modelos climáticos, especialmente los modelos de circulación general de la atmósfera (MCG), que proveen la mayor fuente de información para construir escenarios de cambio climático. Actualmente se considera que los MCG son la herramienta más precisa para simular la respuesta del sistema climático global frente al incremento de las concentraciones de gases de efecto invernadero (GEI) derivadas de las actividades humanas, que se reflejan en cambios en la transparencia de la atmósfera a la radiación terrestre, la temperatura, la presión atmosférica y la nubosidad.

Estas simulaciones están basadas en representaciones matemáticas de la atmósfera, los océanos, las capas de hielo y los procesos que ocurren en la superficie terrestre; se fundamentan en las leyes de la física y en relaciones empíricas. El desarrollo de estos modelos ha estado a cargo de centros de investigación climática de todo el mundo.

Los modelos cuentan con características diferentes en cuanto a niveles de la atmósfera y del océano, sensibilidad, resolución y cobertura de las rejillas de análisis. En consecuencia, producen resultados distintos; sin embargo, ello no les resta validez, pues todos muestran un calentamiento global derivado del forzamiento que los GEI están provocando en el sistema climático.

El cambio climático se refiere a las modificaciones de largo plazo en las temperaturas y los patrones climáticos. Estos cambios pueden ser naturales, debido a variaciones en la actividad solar o a grandes erupciones volcánicas. Sin embargo, desde el siglo XIX las actividades humanas han sido el principal motor del cambio climático, debido principalmente a la quema de combustibles fósiles como carbón, petróleo y gas.

La quema de combustibles fósiles ha generado emisiones de gases de efecto invernadero que actúan como una manta alrededor de la Tierra, atrapando el calor del Sol y elevando las temperaturas.

Las principales emisiones de gases de efecto invernadero que provocan el cambio climático son el dióxido de carbono y el metano. Estos proceden, por ejemplo, del uso de gasolina para conducir vehículos o del carbón para calentar edificios. El desmonte de tierras y bosques también libera dióxido de carbono. La agricultura y las actividades relacionadas con el petróleo y el gas son fuentes importantes de emisiones de metano.

La energía, la industria, el transporte, los edificios, la agricultura y el uso del suelo se encuentran entre los principales emisores, detalla un documento de la Organización de las Naciones Unidas, institución que ha documentado este fenómeno desde que comenzó a definirse científicamente en 1824.

De esta manera, los científicos dedicados al estudio del clima han demostrado que las actividades humanas son responsables del calentamiento global registrado durante los últimos 200 años. Las actividades humanas generan gases de efecto invernadero que elevan la temperatura del planeta al ritmo más acelerado de los últimos 2,000 años.

Las mediciones han documentado que la temperatura media de la Tierra es actualmente 1.1 °C más alta que a finales del siglo XIX, antes de la Revolución Industrial, y superior, en términos absolutos, a la registrada durante los últimos 100,000 años. La década comprendida entre 2011 y 2020 fue la más cálida de la que se tenga registro. Asimismo, cada una de las cuatro últimas décadas ha sido más cálida que cualquier otra desde 1850.

Mucha gente piensa que el cambio climático significa únicamente temperaturas más altas. Sin embargo, el aumento de la temperatura es sólo el inicio de una cadena de transformaciones. Como la Tierra es un sistema en el que todo está conectado, los cambios en una zona pueden influir en todas las demás.

Las consecuencias del cambio climático incluyen actualmente sequías intensas, escasez de agua, incendios graves, aumento del nivel del mar, inundaciones, deshielo de los polos, tormentas catastróficas y disminución de la biodiversidad.

Las primeras investigaciones documentadas sobre los distintos aspectos y afectaciones ambientales surgieron con el investigador francés Joseph Fourier (Auxerre, Francia, 21 de marzo de 1768 – París, Francia, mayo de 1830), quien en 1824 calculó que la Tierra sería mucho más fría sin atmósfera. Fourier teorizó que los gases atmosféricos actuaban como una manta que retenía el calor, estableciendo así el primer esbozo del efecto invernadero.

En 1856, Eunice Newton Foote, científica estadounidense durante mucho tiempo olvidada por la historia, fue la primera en realizar experimentos que demostraron que el dióxido de carbono (CO₂) y el vapor de agua absorben con gran eficacia el calor solar, teorizando sobre su impacto en el clima.

¿Hay señales de cambio climático en la Península de Yucatán?

El Atlas de escenarios de cambio climático para la Península de Yucatán es un documento de 113 páginas conformado por una serie de proyecciones hacia 2020, basadas en estadísticas y cambios ambientales registrados durante las últimas décadas, sobre los posibles impactos que podrían sufrir los sistemas naturales y culturales frente a este fenómeno.

El Atlas es resultado del trabajo de un grupo de investigación encabezado por Roger Orellana Lanza y Celene Espadas, especialistas del Centro de Investigación Científica de Yucatán, así como por Cecilia Conde y Carlos Gay, del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la Universidad Nacional Autónoma de México.

El documento ofrece una visión de los posibles escenarios futuros que se han ido documentando con el fin de conocer y proponer alternativas, medidas y estrategias ante las afectaciones que ya se perciben en el medio ambiente de toda la región.

Ante el avance del cambio climático, es necesario emprender trabajos de investigación aplicada en torno a este fenómeno. En consecuencia, existe la necesidad de conocer la sensibilidad y vulnerabilidad de los distintos sistemas naturales y culturales de la Península de Yucatán.

El Atlas es también un documento pedagógico que busca aportar información científica para fortalecer las medidas de adaptación y mitigación frente a las modificaciones y nuevas condiciones ambientales que se están registrando.

Con ello se pretende evaluar el posible impacto y vulnerabilidad que enfrentarán la población, los recursos naturales y la flora y fauna nativas ante las repercusiones del cambio climático. En el país, hasta 2022, únicamente 17 estados habían completado esquemas detallados y científicamente documentados para evaluar este fenómeno.

Actualmente, Campeche, Quintana Roo y Yucatán cuentan con Programas Estatales de Cambio Climático (PECC), que incluyen inventarios de gases de efecto invernadero (GEI), escenarios climatológicos y la definición de sectores sociales y económicos prioritarios para impulsar políticas públicas orientadas a enfrentar estos desafíos. Asimismo, contemplan la identificación de áreas vulnerables y no vulnerables, además de propuestas, medidas y acciones de mitigación y adaptación para distintas zonas de la región.

Las afectaciones por el cambio climático en Yucatán

Las altas temperaturas durante la temporada de secas, las inundaciones en épocas de lluvias, las afectaciones provocadas por fenómenos meteorológicos y los cambios en los hábitos de diversas especies son signos importantes del cambio climático, según refieren especialistas e investigadores.

Un documento publicado por la organización internacional Greenpeace detalla que las inundaciones en la Península de Yucatán evidencian las graves consecuencias del cambio climático. Asimismo, señala que la presión del “desarrollo” basado en proyectos como el Tren Maya y la ganadería industrial pone en riesgo a la región y al país.

El organismo señaló que las graves inundaciones registradas en la zona peninsular como consecuencia de las tormentas tropicales “Amanda” y “Cristóbal”, en mayo y junio de 2020, respectivamente, que cruzaron desde el Pacífico hacia la región, demuestran cómo el cambio climático pone en riesgo la integridad ambiental de la zona, ya que ésta es fundamental para la captura de carbono y la recarga de agua de toda la cuenca peninsular, advirtió Greenpeace México.

Los daños sufridos en comunidades como Hopelchén, Campeche, y otras poblaciones de la región de Los Chenes, donde se estima que se perdió por lo menos el 80 por ciento de los apiarios y parcelas de familias campesinas organizadas en cooperativas, representan un ejemplo de cómo el cambio climático derivado del incremento de la temperatura del planeta, junto con grandes proyectos de infraestructura como el Tren Maya y la proliferación de la agricultura industrial, entre otros factores, está afectando seriamente el delicado equilibrio ecológico de la Península.

Al respecto, Viridiana Lázaro, especialista en Agricultura y Cambio Climático de Greenpeace México, advirtió que “con el cambio climático, las tormentas son cada vez más frecuentes y violentas, lo que causa daños severos a comunidades vulnerables”. El problema también genera condiciones desfavorables para ecosistemas que reciben este impacto, afectando el entorno y las condiciones socioeconómicas de familias que viven de la milpa, la apicultura, las microgranjas y los cultivos.

Los efectos, destaca Lázaro, se materializan debido al desarrollo de proyectos turísticos o agroindustriales que agudizan la deforestación de la selva, como ocurre con las granjas porcícolas, denunciadas por la organización en el informe “La carne que está consumiendo al planeta”.

La organización recordó que Campeche, Yucatán y Quintana Roo constituyen una zona prioritaria para la conservación de la biodiversidad y funcionan como importantes sumideros de carbono. Además, albergan la principal reserva de aguas subterráneas de Latinoamérica, con cuatro grandes acuíferos de recarga que representan aproximadamente una tercera parte de las reservas de agua dulce del continente.

Tal como documentó el organismo en el informe “La carne que está consumiendo al planeta”, las granjas porcícolas representan un grave riesgo para los cenotes y para las especies endémicas que los habitan, pues las heces de los cerdos constituyen una importante fuente de contaminación. El análisis de agua realizado para dicho informe reveló que el 60 por ciento de las muestras presentó contaminación.

Por otro lado, los municipios de Kinchil, Maxcanú y la comisaría de San Fernando, en Samahil, Yucatán, han resultado severamente afectados por las lluvias torrenciales que se han intensificado en los últimos años, provocando pérdidas en cosechas, apiarios y plantaciones de frutas de temporada.

Greenpeace denunció en su momento un ecocidio derivado de “un modelo de desarrollo que responde a las necesidades de expansión de las áreas urbanas, que merma la actividad apícola y agroecológica comunitaria por el deterioro de los sistemas ambientales, los fenómenos naturales atípicos y políticas gubernamentales erradas”.

Sobre este mismo tema, el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC) publicó información sobre la implementación de la política climática en 2021 y detalló diversas situaciones de riesgo para la población derivadas de este fenómeno en distintas regiones del país. Entre otros factores, menciona el incremento de los incendios forestales, los cambios en la temperatura de los mares tanto en el Océano Pacífico como en la Cuenca del Caribe —que incluye el Golfo de México—, la pérdida de ecosistemas costeros, así como el aumento de obras y servicios en todo el litoral peninsular mediante desarrollos hoteleros y marinas en Campeche, Yucatán y Quintana Roo. Estas actividades han reducido de manera alarmante los manglares y las zonas de anidación de especies marinas y aves. Asimismo, se ha registrado un incremento de la temperatura en zonas urbanas de hasta dos grados centígrados en áreas densamente pobladas respecto de los registros obtenidos hace tres décadas.

¿Qué hacemos ahora?

A raíz de la décima sexta Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático de la Convención Marco de las Naciones Unidas, realizada en Cancún, Quintana Roo, en 2010, se estableció el marco para la firma del Acuerdo General de Coordinación entre los estados de la Península de Yucatán, con el propósito de unir esfuerzos y recursos en materia de cambio climático.

Con este acuerdo se estableció un marco de cooperación institucional para implementar políticas públicas relacionadas con estos problemas ambientales, teniendo como eje rector una Comisión Regional de Cambio Climático encargada de realizar análisis, evaluaciones y directrices sobre calidad del aire, temperaturas y aspectos normativos orientados a la mitigación de estas afectaciones ambientales.

La estrategia regional se basa en tres proyectos de gran alcance: el desarrollo de REDD+, la adaptación y un fondo de cambio climático, con el objetivo de dar seguimiento a las propuestas generadas por organismos de investigación científica sobre esta problemática.

Asimismo, las distintas Conferencias de las Partes sobre Cambio Climático (COP24 y COP25), en las que ha participado Yucatán, han servido como plataforma para compartir experiencias locales. En ellas, el gobierno estatal ha señalado su participación en la implementación de iniciativas para enfrentar el cambio climático, tema considerado prioritario dentro de la administración estatal.

Como parte de la Alianza de Gobernadores para el Clima y los Bosques (GCF Task Force, por sus siglas en inglés), el gobierno estatal se integró a la plataforma promovida por el gobierno de California para impulsar acciones orientadas a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

Este espacio promueve el intercambio de experiencias y la búsqueda de financiamiento para desarrollar soluciones climáticas, tecnologías energéticamente eficientes y estrategias de consumo sostenible, acciones encaminadas a facilitar la transición hacia un futuro con bajas emisiones de carbono.

Las políticas públicas y estrategias desarrolladas buscan reducir los impactos del cambio climático, mejorar las condiciones de vida de las comunidades que habitan en los bosques tropicales, incrementar la participación de las mujeres en los espacios de toma de decisiones y fortalecer el respeto a los pueblos indígenas.

Actualmente, el Fondo Climático de la Península de Yucatán (FCPY), impulsado en coordinación con Quintana Roo y Campeche y administrado por universidades públicas de la región, ha sido reconocido como un instrumento flexible para financiar actividades destinadas a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), combatir la deforestación, promover la restauración ambiental y desarrollar acciones de adaptación para ecosistemas y comunidades locales.

Con el fin de dar a conocer a la población los esfuerzos coordinados de Yucatán, Campeche y Quintana Roo en materia de mitigación y adaptación ante el cambio climático, se puso en línea la Estrategia de Cambio Climático de la Península de Yucatán.

¿A dónde vamos con el cambio climático?

El cambio climático es un fenómeno cuyos datos y registros aún se encuentran en proceso de consolidación. Se trata de un tema que continúa siendo objeto de estudio, mientras especialistas y científicos siguen documentando sus efectos, alcances y posibles implicaciones para la población y las distintas especies.

A nivel global, los reportes y nuevas aportaciones científicas continúan acumulándose, por lo que resulta difícil determinar con precisión escenarios específicos para regiones concretas, como la Península de Yucatán, y establecer con certeza sus alcances, problemas y posibles soluciones. Por ello, gran parte de las acciones actuales están orientadas a la prevención y mitigación de impactos.

Los primeros estudios científicos han permitido identificar algunos de los efectos que ya resienten diversas especies de flora y fauna. Entre estas investigaciones destaca un estudio realizado por especialistas de la ENES Mérida de la UNAM, en el área de ecología térmica, enfocado en reptiles peninsulares, donde se advierte una posible disminución de iguanas y otras especies menores asociada a los efectos del cambio climático.

El estudio considera que podría estar disminuyendo la población de lagartijas yucatecas, consideradas una especie de “termómetro natural” del planeta, y analiza cómo el aumento de la temperatura y la pérdida de vegetación podrían poner en riesgo a estos reptiles endémicos y, con ellos, a muchas otras especies afectadas por el calentamiento global.

Como todo reptil, las lagartijas son ectotermas; es decir, dependen del ambiente para regular su temperatura corporal. “No tienen la capacidad de calentarse por vías metabólicas y, por lo mismo, requieren la temperatura de su entorno. Por ello, conocer las condiciones térmicas de su hábitat permite evaluar cómo podrían verse afectadas por el cambio climático”.

Gran parte de la investigación se centra en las lagartijas de las dunas costeras de la Península de Yucatán, un ecosistema que ofrece condiciones ambientales fundamentales para su supervivencia.

Esta es sólo una de las múltiples tareas que ocuparán a la comunidad científica durante los próximos años para conocer, documentar y propiciar condiciones que favorezcan la supervivencia de especies de flora y fauna y, con ello, la adaptación del ser humano a este fenómeno global.

El cambio climático implica muchas más condiciones y procesos naturales. Por ello, la sociedad y la economía deben mantener una visión clara sobre estos cambios ambientales que podrían modificar profundamente los recursos naturales y la forma en que vivimos.

Al igual que las lagartijas costeras, adaptadas a ambientes cálidos y a desarrollar sus actividades en temperaturas de entre 30 y 40 °C, muchas especies podrían enfrentar límites críticos ante el aumento de la temperatura global. Los modelos desarrollados sugieren que sus poblaciones disminuirían si el calentamiento supera determinados umbrales.

“Aunque muchas especies parecen soportar el calor, ello no significa que se encuentren en condiciones adecuadas. Temperaturas demasiado elevadas pueden reducir el tiempo que las lagartijas permanecen activas, limitar su capacidad para encontrar alimento o refugio y, eventualmente, afectar la supervivencia de sus poblaciones”, advierte el estudio.

Este mismo fenómeno podría repetirse en muchas otras especies, incluido el ser humano.

Conclusiones sobre el cambio climático regional

La región peninsular atraviesa una de las etapas de mayor presión ambiental de su historia reciente. Sus características geológicas la hacen particularmente vulnerable a los impactos del cambio climático y a las consecuencias derivadas de las actividades humanas. El suelo kárstico, altamente permeable, conecta de manera directa la superficie con el acuífero subterráneo, principal fuente de agua dulce para millones de personas en Campeche, Yucatán y Quintana Roo.

A esta condición natural se suma un proceso acelerado de transformación territorial impulsado por el crecimiento urbano, la expansión de la infraestructura, la actividad agroindustrial y la presión inmobiliaria sobre amplias zonas de la península. La pérdida de cobertura forestal registrada durante la última década ha reducido la capacidad de los ecosistemas para regular la temperatura, capturar carbono y mantener el equilibrio hidrológico de la región.

Uno de los efectos más visibles es el incremento de las temperaturas extremas. Ciudades como Mérida, Cancún y Chetumal registran cada vez con mayor frecuencia jornadas de calor intenso que oscilan entre los 39 y 41 °C y, combinadas con elevados niveles de humedad, generan sensaciones térmicas superiores a los 50 °C. Paralelamente, los patrones de lluvia muestran alteraciones cada vez más notorias, con periodos de sequía prolongada y eventos de precipitación más intensos.

La pérdida de cobertura forestal es un problema compartido de manera crítica por los tres estados de la península. Entre 2016 y 2025, la región perdió más de 525 mil hectáreas de selva baja y mediana, con un alarmante repunte en los últimos años que supera las 60 mil hectáreas anuales. La deforestación no es homogénea en sus causas, pero sí en su impacto destructivo:

En Yucatán predomina el cambio de uso de suelo impulsado por la especulación inmobiliaria y la ganadería extensiva. En Quintana Roo, la devastación responde a la expansión de la infraestructura turística y proyectos de conectividad, particularmente en municipios del sur del estado. En Campeche, municipios como Calakmul y Champotón sufren la pérdida de selva debido a la agroindustria y, paradójicamente, a las dinámicas de programas de subsidio agrícola mal focalizados, como Sembrando Vida, que en diversos puntos incentivaron la tumba de selva madura para la siembra de árboles nuevos.

Esta pérdida masiva de vegetación elimina sumideros locales de carbono, altera el ciclo hidrológico al disminuir las lluvias regulares y deja al territorio desprotegido ante la radiación solar y los cada vez más intensos ciclones tropicales.

La presión sobre el territorio también repercute en ecosistemas estratégicos como manglares, humedales, ciénagas y zonas costeras, fundamentales para la protección ante huracanes, la filtración natural del agua y la conservación de la biodiversidad. La contaminación derivada de actividades urbanas, agrícolas y pecuarias continúa representando una amenaza para estos espacios y para el acuífero que abastece a la región.

Los impactos alcanzan igualmente a la flora y la fauna. La fragmentación de hábitats, la pérdida de cobertura vegetal y las modificaciones en las condiciones climáticas afectan a numerosas especies, desde grandes mamíferos como el jaguar hasta reptiles, aves migratorias y plantas endémicas adaptadas a condiciones ambientales cada vez más cambiantes.

Las consecuencias de este proceso también se reflejan en la salud y el bienestar de la población. Las olas de calor, la proliferación de enfermedades transmitidas por vectores como dengue, zika y chikungunya y los riesgos asociados a la calidad del agua representan desafíos crecientes para las comunidades urbanas y rurales de la península.

Frente a este escenario, los especialistas coinciden en que el principal desafío no radica únicamente en comprender mejor los efectos del cambio climático, sino en fortalecer las capacidades de adaptación y prevención. La protección de los ecosistemas, la planeación territorial, el manejo sustentable del agua y la aplicación efectiva de políticas ambientales serán factores determinantes para reducir la vulnerabilidad de la región.

La Península de Yucatán aún conserva una parte significativa de la riqueza natural que la distingue a nivel nacional e internacional. Sin embargo, los cambios observados durante las últimas décadas muestran que la conservación de ese patrimonio dependerá cada vez más de la capacidad colectiva para equilibrar el desarrollo económico con la protección de los recursos que sostienen la vida en el territorio.

La transición hacia un modelo de desarrollo que reconozca los límites físicos y biológicos del suelo kárstico no constituye una postura ideológica, sino una necesidad urgente para garantizar la permanencia de la riqueza natural y humana de la región.

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