8 octubre, 2026

CAMBIO CLIMÁTICO, REALIDAD PENINSULAR

El aumento de las temperaturas, la sequía, la erosión costera, el sargazo y la presión sobre el acuífero exponen la vulnerabilidad de Yucatán, Campeche y Quintana Roo ante un escenario que exige acelerar las medidas de adaptación

Eduardo May

El mensaje emitido recientemente por la Organización de las Naciones Unidas es contundente: los desafíos climáticos que tendremos que enfrentar a corto plazo son complejos. Especialistas de la ONU han advertido sobre los retos y las nuevas condiciones que enfrenta el planeta como consecuencia del cambio climático.

No se trata de ser catastrofistas ni de utilizar los espacios públicos para atemorizar a la población, pero resulta evidente que las afectaciones al medio ambiente son cada vez mayores. La contaminación, el crecimiento poblacional, el desarrollo urbano, la sobredensificación, la pérdida de hábitats de especies de flora y fauna, la tala inmoderada, la destrucción de manglares en ciénagas y humedales y la dependencia de los combustibles fósiles son algunos de los factores asociados al calentamiento global.

Las señales son cada vez más contundentes. 2025 fue el año más cálido registrado en el planeta; el invierno pasado alcanzó temperaturas récord en Norteamérica, Europa y Asia, mientras que los efectos sobre los casquetes polares y la pérdida de hielo y nieve en montañas y valles tradicionalmente nevados muestran cambios importantes en el sistema climático.

En la Península de Yucatán, por primera ocasión en 85 años, la región concluyó septiembre sin amenazas de tormentas tropicales. Aunque este mes suele registrar la mayor actividad ciclónica en la cuenca del Atlántico, terminó sin una amenaza directa de este tipo, anomalía que especialistas atribuyen a la presencia del fenómeno de El Niño.

Los registros históricos indican que fue en 1941 cuando se presentó una situación similar en esta región del Golfo de México, el mar Caribe y el océano Atlántico. Los especialistas advierten, además, que la intensidad de El Niño podría ser mayor.

Investigadores han dado a conocer que este fenómeno climático podría alcanzar niveles poco habituales y alterar los patrones meteorológicos en distintas regiones del planeta, incrementando la probabilidad de una temporada invernal inusualmente cálida hacia finales de 2026.

Asimismo, instituciones oceanográficas reportan temperaturas elevadas del mar en la zona ecuatorial, condición que estaría afectando las corrientes marinas y, con ello, los espacios naturales utilizados por diversas especies de peces y aves para reproducirse.

Especialistas de la ONU han señalado que El Niño incrementará de manera importante las temperaturas del planeta, por lo que se espera que el próximo verano sea uno de los más cálidos. A ello se sumarían el aumento de la temperatura del mar y modificaciones en el comportamiento de las tormentas tropicales en las regiones del Pacífico y el Atlántico.

Juan Vázquez Montalvo, especialista de la Universidad Autónoma de Yucatán, señaló que la temporada de huracanes 2026 en el Atlántico transcurrió hasta ahora con una actividad menor de la esperada, particularmente en la Península de Yucatán, donde no se han presentado amenazas ciclónicas directas. Pese a la ausencia de avisos por el desarrollo de estos fenómenos, la autoridad estatal de Protección Civil mantiene vigilancia permanente ante cualquier cambio en las condiciones meteorológicas.

Vázquez Montalvo explicó que uno de los principales factores que limita la formación y el desarrollo de ciclones es la influencia de El Niño, que ha modificado los patrones atmosféricos en la zona ecuatorial y, con ello, las condiciones en otras áreas de los océanos Pacífico y Atlántico.

Entre sus efectos más importantes se encuentra la presencia de fuertes vientos cortantes en altura, que dificultan el desarrollo de los fenómenos que se originan frente a las costas de África y se desplazan hacia el Atlántico, el mar Caribe y el Golfo de México.

Por ello, algunos de los sistemas surgidos durante la temporada no han logrado consolidarse y terminan desorganizados o dispersos, detalló el investigador.

Un desafío que exige respuestas

Nos encontramos en un momento decisivo para afrontar el mayor desafío ambiental de nuestro tiempo: el cambio climático. Sus consecuencias abarcan desde modificaciones en los patrones meteorológicos que amenazan las cosechas hasta el aumento del nivel del mar, que incrementa el riesgo de inundaciones catastróficas.

Se espera que algunos de estos cambios alcancen magnitudes sin precedentes. De ahí la urgencia de adoptar medidas que permitan hacer más eficaz y menos costosa la adaptación futura, reducir los daños a la población y proteger las especies de flora y fauna indispensables para el equilibrio de los ecosistemas y la supervivencia humana.

El cambio climático se refiere a modificaciones de largo plazo en las temperaturas y los patrones meteorológicos. Aunque algunas variaciones ocurren de manera natural, durante las últimas décadas los cambios asociados a las actividades humanas se han hecho cada vez más evidentes.

Desde el siglo XIX, la actividad humana se ha convertido en el principal motor del cambio climático, principalmente por la quema de combustibles fósiles como carbón, petróleo y gas. Estas actividades liberan gases de efecto invernadero a la atmósfera, que retienen calor y contribuyen al aumento de la temperatura de la Tierra.

Otros factores estrechamente relacionados son el transporte, la producción industrial, el consumo energético de los edificios, los sistemas de producción de alimentos y la deforestación. Junto con los crecientes niveles de consumo y generación de residuos, estas actividades aumentan significativamente las emisiones de gases de efecto invernadero y aceleran el calentamiento global.

Los efectos del calentamiento

Los gases de efecto invernadero, entre ellos el dióxido de carbono y el metano, actúan como una manta alrededor de la Tierra: permiten la entrada de la radiación solar, pero impiden que parte del calor escape nuevamente al espacio. Las actividades humanas han incrementado considerablemente la concentración de estos gases, provocando el calentamiento global y alteraciones en los sistemas climáticos.

Estas emisiones ya afectan a todas las regiones del planeta. Entre sus principales consecuencias se encuentran olas de calor más frecuentes e intensas, tormentas más fuertes y precipitaciones extremas. A medida que aumentan las temperaturas se evapora más humedad, lo que puede intensificar las lluvias y las inundaciones, mientras otras regiones enfrentan sequías más prolongadas e incendios forestales más intensos y frecuentes.

A ello se suman el derretimiento de glaciares y capas de hielo, el aumento del nivel del mar y los daños a los ecosistemas y la vida silvestre, con riesgos para la disponibilidad de alimentos y agua y para la salud humana.

Las comunidades vulnerables y los países en desarrollo suelen encontrarse entre los más afectados, pese a ser los que menos contribuyen a las emisiones globales. Aproximadamente entre 3 mil 300 y 3 mil 600 millones de personas, alrededor del 43 por ciento de la población mundial, viven en contextos altamente vulnerables al cambio climático.

Ante esta problemática, las naciones han buscado establecer mecanismos internacionales de respuesta. La hoja de ruta mundial tuvo uno de sus primeros grandes referentes en el Protocolo de Kioto, adoptado en 1997 como el primer gran tratado internacional destinado a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, aunque su eficacia fue limitada.

Otro momento relevante fue la COP16 de Cancún, la 16ª Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), celebrada en Cancún, Quintana Roo, del 29 de noviembre al 10 de diciembre de 2010.

Posteriormente, en 2015, se alcanzó el Acuerdo de París, adoptado por prácticamente todos los países del mundo con el compromiso de mantener el aumento de la temperatura global muy por debajo de los 2 °C y realizar esfuerzos para limitarlo a 1.5 °C. El acuerdo marcó un hito en la cooperación climática internacional al establecer compromisos de acción para todos los países participantes.

Estos compromisos se expresan mediante las denominadas Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC, por sus siglas en inglés), en las que cada país establece las medidas que adoptará para reducir sus emisiones y adaptarse a los impactos del cambio climático. El acuerdo contempla, además, que esos compromisos se fortalezcan progresivamente.

Yucatán ante el cambio climático

El cambio climático en la Península de Yucatán se manifiesta principalmente mediante el aumento generalizado de la temperatura, la elevación del nivel del mar y la intensificación de fenómenos meteorológicos extremos.

El aumento del nivel del mar está provocando erosión costera y obligando a ecosistemas como los manglares a migrar tierra adentro en busca de zonas más altas, según estudios recientes de la UNAM.

Además, especialistas han documentado sequías y eventos extremos, con una aceleración de los periodos de seca moderada en varios municipios peninsulares, junto con una mayor intensidad de los ciclones tropicales debido al calentamiento de la superficie oceánica.

A ello se suma la creciente presión sobre los ecosistemas, intensificada por la expansión de la frontera agropecuaria y el crecimiento urbano impulsado por el turismo, factores que reducen la cobertura forestal y vulneran la biodiversidad local.

Los datos de investigadores, actualizados a septiembre de 2026, detallan que el estiaje ha ganado terreno de manera acelerada en la región debido a las altas temperaturas y al déficit general de precipitaciones durante el verano, de acuerdo con el último reporte del Monitor de Sequía en México de la Conagua.

La superficie peninsular bajo sequía moderada (D1) se cuadruplicó en menos de dos meses, al pasar de 8.4 por ciento en julio a 31.04 por ciento al corte del 15 de septiembre. El fenómeno impacta directamente a 19 municipios de la región.

Quintana Roo concentra la mayor afectación, con 66 por ciento de su territorio bajo condiciones de sequía moderada y sus 11 municipios en esa situación. Campeche presenta 15.1 por ciento de su superficie bajo sequía, mientras que Yucatán registra afectación en 3.1 por ciento de su territorio, principalmente en zonas costeras y del sur del estado.

En el litoral yucateco, el incremento global del nivel del mar y las alteraciones en la dinámica costera se manifiestan en la erosión de la Costa Esmeralda y en localidades y comisarías de Progreso, Chelem, Chuburná, Chicxulub Puerto y Yucalpetén, donde se registra una pérdida acelerada de playas.

La desaparición de la duna costera y las construcciones hoteleras e inmobiliarias desprotegidas han dejado viviendas totalmente inhabitables debido al avance gradual del mar.

En la costa nororiental de la Península, en los límites entre Yucatán y Quintana Roo, el mar desplaza el agua dulce subterránea, provocando una elevada salinización que obliga a los manglares a migrar tierra adentro.

Comunidades pesqueras como la de San Crisanto han tenido que autogestionar respuestas de adaptación para proteger sus barreras naturales contra los huracanes y otros fenómenos meteorológicos.

Quintana Roo, bajo mayor presión climática

El estado de Quintana Roo concentra algunos de los mayores impactos climáticos de la región peninsular, al enfrentar simultáneamente un agravamiento de las condiciones de sequía y alteraciones en sus ecosistemas costeros asociadas al aumento de las temperaturas globales.

La falta de humedad afecta a los 11 municipios del estado. En particular, los municipios de la zona centro-sur, como Felipe Carrillo Puerto, concentran las mayores alertas debido a la pérdida de cultivos de maíz criollo. Al no contar con ríos superficiales ni presas, Quintana Roo depende de pozos y del acuífero subterráneo para el riego y el consumo humano, lo que eleva su vulnerabilidad.

En las zonas costeras, el cambio climático se manifiesta mediante la elevación del nivel del mar y las alteraciones de los ecosistemas marinos y costeros.

Un factor importante es el arribo de sargazo a las costas norte y sur. Según los estudiosos del fenómeno, el aumento de las temperaturas del océano Atlántico y las alteraciones en las corrientes marinas han contribuido al mayor recale de sargazo registrado en el estado. Quintana Roo ha acumulado más de 100 mil toneladas de esta macroalga recolectadas en sus costas durante 2026, superando los registros históricos previos de llegada y retiro.

En la zona norte, que incluye Cancún, Playa del Carmen, Cozumel e Isla Mujeres, se registró un abundante recale de esta macroalga, que tiñó las aguas cristalinas de un tono ocre a partir de abril. En la zona sur, la situación es aún más crítica en los litorales de Felipe Carrillo Puerto y Bacalar, donde 37 de 40 playas evaluadas se mantuvieron en semáforo rojo, rebasando las capacidades operativas de los buques sargaceros y las barreras de contención.

La descomposición del sargazo en la orilla consume el oxígeno del agua, provocando las llamadas “mareas marrones”, que afectan los pastos marinos y pueden dañar los arrecifes de coral cercanos.

A ello se suman la pérdida de humedales y el incremento del nivel del mar. La geografía de la costa oriental es sumamente baja y descansa sobre un sistema cárstico, formado por roca porosa, condiciones que incrementan su vulnerabilidad ante estos cambios.

La erosión de playas afecta áreas hoteleras y urbanas de Puerto Morelos, Playa del Carmen, Tulum, Cozumel e Isla Mujeres, que están perdiendo metros de costa anualmente, con la consecuente destrucción de la duna costera.

Estos cambios también están provocando intrusión salina, ya que el aumento del nivel del mar empuja el agua salada hacia los sistemas subterráneos continentales, afectando ecosistemas frágiles como los manglares y humedales de la Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an. Esto reduce las barreras naturales necesarias para amortiguar la fuerza de los huracanes.

Campeche, vulnerabilidad creciente

Según registros de la Conagua correspondientes a agosto de 2026, el cambio climático en Campeche está provocando sequías recurrentes, altas temperaturas y un déficit de lluvias que afectan gravemente el suelo, la agricultura y los cuerpos de agua.

Las principales afectaciones se reflejan en condiciones de sequía moderada que impactan a municipios como Campeche, Champotón, Hopelchén y Calakmul, reduciendo la humedad y la disponibilidad de agua.

Durante la temporada de verano que concluyó, el estado registró temperaturas extremas e incendios. El termómetro superó con frecuencia los 45 °C, lo que propició deshidratación, evaporación de cuerpos de agua dulce y un mayor riesgo de siniestros forestales.

En las actividades económicas primarias, la alteración de los ciclos de lluvias y sequías está afectando directamente la producción agrícola y la ganadería local. A ello se suma la vulnerabilidad de las zonas costeras y la salinización, ya que el aumento del nivel del mar está generando erosión y afectando los mantos acuíferos que constituyen una reserva de agua dulce para la población campechana.

Campeche es una de las entidades con mayor vulnerabilidad ante el cambio climático, debido a su extensa franja costera y a la sensibilidad hidrológica de la Península.

Con más de 450 mil personas habitando en zonas de riesgo, los principales problemas identificados por especialistas de instituciones como la Secretaría de Medio Ambiente, Biodiversidad, Cambio Climático y Energía (SEMABICCE) y El Colegio de la Frontera Sur (Ecosur) son la elevación del nivel del mar y la erosión costera, considerados entre los retos más urgentes para la región.

Las mediciones indican que los aumentos del nivel del mar serán de entre 18 y 60 centímetros en los próximos años, lo que podría inundar y cubrir terrenos hasta 40 o 50 kilómetros tierra adentro.

Este problema pone en peligro miles de millones de pesos en infraestructura de comunicación y transporte, así como zonas petroleras y petroquímicas ubicadas en áreas de alto impacto económico y social. A ello se suma la pérdida de biodiversidad, que está afectando sitios tradicionales de anidación de especies como la tortuga blanca y la tortuga carey en el Golfo de México.

De la misma forma, el calentamiento global ha provocado veranos históricamente intensos, con temperaturas superiores a los 45 °C, principalmente en la capital campechana, lo que representa indicadores preocupantes para la salud de la población.

En cuanto a la actividad agrícola, la pérdida de agua dulce y, por consiguiente, la salinización del manto freático han reducido la disponibilidad del recurso para consumo humano. Además, el agua salobre inhabilita pozos utilizados para el riego agrícola y las actividades ganaderas, lo que puede favorecer la proliferación de plagas y vectores de enfermedades que afectan a la población.

Las alteraciones climáticas también están modificando los ecosistemas locales y favoreciendo la reproducción de organismos nocivos. Entre los efectos señalados se encuentran la expansión de plagas que dañan cultivos comerciales y la proliferación de mosquitos transmisores de enfermedades tropicales como dengue, chikunguña y zika.

Medidas frente al cambio climático

El gobierno, con recursos limitados, y la sociedad civil han tomado en cuenta este llamado de atención y planteado estrategias de mitigación y adaptación local. Para frenar los impactos, se han comenzado a articular agendas intermunicipales y planes ambientales específicos.

Inicialmente, bajo una coordinación regional a través del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), se diseñaron programas y medidas para atender estas afectaciones, con una visión estratégica de coordinación regional para la adaptación al cambio climático en la costa nororiental de la Península de Yucatán. El objetivo es unificar presupuestos y normativas de los tres niveles de gobierno frente a contingencias ambientales.

Uno de estos esfuerzos se orienta a la restauración de playas, con la identificación de zonas críticas en Progreso y otros municipios, donde las autoridades implementan sistemas de dragado y tuberías para transportar arena desde zonas de acumulación hacia playas erosionadas. No obstante, especialistas locales sugieren evitar los “rompeolas en zigzag” construidos por particulares y promover, en su lugar, la reforestación de dunas y el uso de estructuras porosas.

En Yucatán también se implementa un programa institucional de conservación que contempla plantar 1 millón 320 mil plantas nativas hacia 2030, con el propósito de combatir la degradación de las selvas y amortiguar el impacto térmico en microrregiones urbanas y rurales.

Los principales programas e instrumentos de mitigación y adaptación al cambio climático en la Península de Yucatán —Campeche, Yucatán y Quintana Roo— se coordinan mediante la Estrategia de Cambio Climático de la Península de Yucatán y el Fondo de Cambio Climático de la Península de Yucatán, además de las estrategias regionales de REDD+, enfocadas en reducir las emisiones derivadas de la deforestación y la degradación forestal en los tres estados.

A través de los Programas Estatales de Acción Climática (PECC), instrumentos de cada entidad para establecer inventarios de Gases de Efecto Invernadero (GEI) y definir sectores vulnerables, se ha avanzado, aunque no al ritmo que demandan los cambios que ya se perciben y cuyos efectos recaen con mayor intensidad sobre la población vulnerable.

En un caso particular, el Ayuntamiento de Mérida implementó el Plan de Acción Climática Municipal (PACMUN), mediante el cual estableció demarcaciones y lineamientos vinculados con metas internacionales como Race to Zero, con el propósito de avanzar hacia la descarbonización de zonas urbanas, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y aumentar la arborización de calles, avenidas y colonias con baja densidad de áreas verdes.

En Yucatán, la Comisión Intersecretarial de Cambio Climático impulsa proyectos enfocados en la sustentabilidad y la restauración de ecosistemas, orientados a frenar el deterioro del manto freático y recuperar ecosistemas hídricos afectados por la presión humana y las actividades agroindustriales.

Una Península vulnerable

La Península de Yucatán se encuentra en la primera línea frente al cambio climático global. Su configuración geográfica, como una plataforma kárstica, porosa y de baja altitud, la vuelve excepcionalmente vulnerable a las alteraciones atmosféricas y oceánicas. En los últimos años, la región ha experimentado una convergencia de fenómenos anómalos que ponen en entredicho su estabilidad ecológica, económica y social.

El impacto del cambio climático en el sistema kárstico y costero no es una amenaza lejana para la Península; es una realidad cotidiana que transforma su geografía. El aumento del nivel del mar, impulsado por el derretimiento de los polos y la dilatación térmica de los océanos, erosiona de manera acelerada las frágiles costas de Quintana Roo y Yucatán y afecta los ecosistemas de manglar, que actúan como barreras naturales contra las marejadas ciclónicas.

Por otro lado, el aumento de la temperatura media y la alteración de los patrones de precipitación han provocado un estrés térmico severo en los arrecifes mesoamericanos, acelerando el blanqueamiento coralino. A nivel subterráneo, el sistema de cenotes y ríos subterráneos —el acuífero más importante del sureste de México— sufre una creciente intrusión salina. A medida que aumenta el nivel del mar y se incrementa la extracción de agua, el agua salada penetra tierra adentro, salinizando los mantos freáticos y poniendo en riesgo el suministro de agua dulce para las comunidades y el sector turístico.

El clima peninsular ha estado marcado por una extrema variabilidad asociada a fenómenos macroclimáticos como El Niño-Oscilación del Sur (ENOS). Durante las fases de El Niño, las aguas del Atlántico tropical suelen experimentar condiciones de mayor estabilidad o cizalladura del viento que, paradójicamente, pueden alterar la dinámica habitual de la temporada de ciclones tropicales.

Un ejemplo notable de estas alteraciones recientes es el registro de meses de septiembre atípicos, sin actividad de huracanes de gran intensidad que impacten directamente a la región, o bien, de periodos de pausa ciclónica en meses que históricamente representaban el pico máximo de riesgo. Aunque la ausencia temporal de huracanes puede parecer un alivio para la infraestructura costera, estas pausas suelen estar correlacionadas con déficits severos de lluvia y ondas de calor prolongadas. Los ciclones tropicales son fundamentales para la recarga anual del acuífero peninsular; por lo tanto, un septiembre seco o sin la precipitación ciclónica esperada agrava de inmediato los ciclos de escasez hídrica en los meses posteriores.

A pesar de la percepción de que el trópico siempre cuenta con abundante agua, Campeche y Quintana Roo enfrentan desafíos críticos de gestión y disponibilidad hídrica. Campeche está sufriendo sequías recurrentes e intensas que reducen drásticamente los rendimientos de cultivos básicos como el maíz y la soya, además de diezmar el ganado por falta de pastos y reducir los cuerpos de agua temporales.

Las comunidades rurales, cuya economía y soberanía alimentaria dependen de la milpa tradicional, sufren pérdidas graves ante la imprevisibilidad de las lluvias de temporal.

En Quintana Roo, la presión urbana se refleja en una situación paradójica: mientras zonas turísticas como Cancún y otros puntos consumen grandes volúmenes de agua potable, comunidades periféricas y municipios del centro y sur, como José María Morelos y Felipe Carrillo Puerto, enfrentan rezagos históricos en infraestructura de agua potable.

La sobreexplotación del acuífero costero y la contaminación por descargas de aguas residuales sin tratamiento adecuado amenazan con agotar y deteriorar las reservas disponibles.

Una agenda para la adaptación

Una agenda propositiva frente al calentamiento global debe definir la indispensable transición de la reacción a una estrategia integral de adaptación y resiliencia climática. Para la Península de Yucatán, esta agenda debe estructurarse en varios ejes prioritarios:

•  Gestión integral y descentralizada del agua. Modernizar la infraestructura hidráulica para reducir las fugas en las redes urbanas, implementar plantas de tratamiento de aguas residuales de última generación en los polos turísticos y evitar la perforación desregulada de pozos que acelera la intrusión salina.

• Protección y restauración basada en los ecosistemas. Detener la deforestación y promover la restauración activa de manglares, selvas medianas y dunas costeras. Estos ecosistemas naturales constituyen una defensa fundamental frente al incremento del nivel del mar y los eventos meteorológicos extremos.

•  Apoyo a los productores locales. Impulsar sistemas de tecnificación de riego de bajo impacto, diversificación de cultivos resistentes a la sequía y recuperación de prácticas ancestrales de captación de agua de lluvia, como los chultunes, junto con sistemas modernos de cosecha.

•  Ordenamiento territorial con perspectiva climática. Establecer medidas urgentes y actualizar los programas de desarrollo urbano y ecológico para restringir asentamientos humanos e infraestructura turística en zonas de alto riesgo de inundación, erosión costera o vulnerabilidad hídrica.

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La viabilidad futura de la Península de Yucatán depende de la capacidad de sus gobiernos, la academia, el sector privado y la sociedad civil para actuar de manera coordinada, reconociendo que el agua y la biodiversidad no son recursos infinitos, sino el cimiento indispensable de la vida en la región. El desafío, por tanto, no consiste únicamente en responder a los efectos del calentamiento global cuando éstos ya se han hecho visibles, sino en anticiparlos mediante decisiones coordinadas que permitan proteger el agua, los ecosistemas y las comunidades que dependen de ellos. La adaptación climática tendrá que convertirse en una política regional permanente, no en una respuesta ocasional ante cada nueva emergencia.

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