15 julio, 2026

Campeche arqueológico: un legado que exige protección

Entre la selva y la piedra sobreviven algunas de las ciudades mayas más importantes de Mesoamérica; el desafío es conservar este patrimonio para las futuras generaciones sin renunciar a su aprovechamiento turístico y cultural

Harold Amábilis

El estado de Campeche es una de las regiones más ricas desde el punto de vista arqueológico. Posee algunas de las edificaciones prehispánicas más imponentes de Mesoamérica, obras de ingeniería que desafían el paso del tiempo y estructuras que forman parte de la identidad de comunidades y municipios a lo largo de todo el territorio. Sin embargo, estas antiguas ciudades, patrimonio de todos los campechanos, enfrentan importantes desafíos para su conservación. En esta edición de El Despertador exploramos algunos de los sitios arqueológicos que los lectores pueden visitar, con el propósito de valorar su importancia y reflexionar sobre lo que está en juego si no se garantiza su preservación.

La selva que guarda la memoria de una civilización

En el sureste mexicano, el estado de Campeche resguarda uno de los acervos arqueológicos más importantes de Mesoamérica. Bajo la espesura de su selva tropical, que se extiende desde las costas del Golfo hasta los límites con Quintana Roo y Guatemala, permanecen los vestigios de una civilización que alcanzó su máximo esplendor durante el periodo Clásico (250-1000 d.C.). La vasta región que hoy ocupa la entidad fue escenario del florecimiento de ciudades-Estado que compitieron por el control de rutas comerciales, recursos y territorios, dejando como legado una arquitectura monumental que aún desafía el paso del tiempo.

El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), a través de su Centro Campeche, investiga, conserva y difunde este legado. Cuatro décadas de trabajo han permitido abrir al público 16 zonas arqueológicas, operar siete museos y mantener el registro de numerosos sitios arqueológicos en la entidad.

El turismo cultural ha encontrado en la actividad arqueológica un importante motor de desarrollo económico para las comunidades campechanas. Las zonas arqueológicas de Calakmul, Edzná y Becán concentran el mayor flujo de visitantes, lo que se traduce en beneficios para las localidades cercanas mediante el consumo de bienes y servicios. La afluencia turística ha crecido durante las últimas décadas. No obstante, este incremento también plantea desafíos para la preservación de los vestigios, expuestos permanentemente a las condiciones adversas del clima tropical, como la elevada humedad, las temperaturas extremas, la intensa radiación solar y la proliferación de microorganismos que deterioran los materiales calcáreos con los que fueron construidos muchos de estos monumentos. La conservación de estas ciudades de piedra exige un delicado equilibrio entre el acceso público y la protección del patrimonio cultural.

En esta edición de El Despertador realizamos un recorrido por las 16 zonas arqueológicas que actualmente pueden visitarse en la entidad, con el propósito de destacar su importancia como espacios turísticos y como elementos fundamentales de la identidad campechana.

Edzná, la Casa de los Itzáes

A 55 kilómetros de San Francisco de Campeche, Edzná se distingue no solo por ser una de las postales más reconocidas del estado, sino también por resguardar uno de los sistemas hidráulicos más asombrosos desarrollados por las civilizaciones mesoamericanas. Sus habitantes, establecidos en la región desde el año 400 a.C., diseñaron una compleja red de canales, embalses y depósitos que les permitió captar y almacenar agua de lluvia para aprovecharla durante todo el año. Esta infraestructura fue la base del crecimiento de una ciudad que, durante su periodo de mayor esplendor —entre los años 400 y 1000 d.C.—, llegó a albergar alrededor de 25 mil habitantes.

El edificio que ha dado fama a Edzná es conocido popularmente como el Edificio de los Cinco Pisos. Se trata de un basamento piramidal de 31.5 metros de altura que presenta en su costado poniente cinco niveles escalonados, todos ellos con cuartos abovedados destinados a diversos usos. Los arqueólogos han identificado al menos 33 estelas en el sitio: cuatro talladas entre los años 41 y 435 de nuestra era; once fechadas entre 633 y 830, y otras correspondientes a los siglos IX y X. Las escenas grabadas muestran a gobernantes ataviados con lujosas vestimentas durante ascensos al trono, ceremonias asociadas al juego de pelota y acontecimientos políticos relevantes.

El nombre actual del sitio parece derivar de Ytzná, vocablo de origen chontal que significa “casa o lugar de los Itzáes”, en referencia al linaje que gobernó la región durante los últimos siglos de ocupación prehispánica. Sin embargo, los jeroglíficos hallados en el lugar indican que la ciudad tuvo otras denominaciones. Los epigrafistas han identificado dos signos específicos para referirse al asentamiento: uno representa el cascabel de una serpiente y otro muestra un rostro humano de perfil con una orejera de bandas cruzadas, utilizado para señalar el ámbito de dominio político de la ciudad.

Calakmul, la ciudad de las estelas

Calakmul fue la ciudad más poderosa de las tierras bajas mayas entre los años 250 a.C. y 700 d.C. Su extensión, cercana a los 70 kilómetros cuadrados, albergó más de seis mil estructuras y conserva 120 estelas, el mayor número registrado en el área maya, que documentan la historia de sus gobernantes.

La Estructura II, la pirámide más alta del sitio con 55 metros de altura, evolucionó durante siglos hasta alcanzar su forma actual. En su base, entre los años 390 y 250 a.C., se colocaron dos mascarones de cuatro metros de alto por cinco de ancho que delimitan una escalinata de acceso a un pasadizo cubierto con bóveda de cañón corrido y arco rebajado, una solución arquitectónica única en el área maya que recrea artificialmente una cueva, símbolo del interior de la montaña sagrada.

El enfrentamiento con Tikal marcó la historia de Calakmul. La ciudad derrotó a su rival en el año 562, pero fue vencida por esta en 695, iniciando un declive que culminó con el abandono del sitio durante el siglo IX. La última estela fechada en Calakmul corresponde al año 909.

La relevancia de Calakmul ha trascendido las fronteras nacionales. En 2002 fue inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, reconocimiento que subraya su valor universal excepcional. En 2014, la distinción fue ampliada a la categoría de Bien Mixto, Cultural y Natural, convirtiéndola en uno de los pocos sitios del mundo que combina el reconocimiento de su legado arqueológico con la protección de su entorno ecológico. La Reserva de la Biosfera de Calakmul, creada en 1989 y que alberga la zona arqueológica, es la segunda reserva natural más grande de América y constituye un refugio para una biodiversidad extraordinaria, donde la selva y la antigua ciudad conviven en un equilibrio que los mayas supieron mantener durante siglos.

Becán, la ciudad del foso

Becán es la única ciudad maya rodeada por un foso en su área nuclear, característica de la que deriva su nombre, que en maya significa “camino, cavidad o barranca formada por el correr del agua”. El foso, de mil 890 metros de longitud y un ancho promedio de 16 metros, formó parte de un sistema de drenaje y también sirvió como cantera para obtener materiales de construcción. Su origen se remonta al final del periodo Preclásico, alrededor del año 100 a.C.

Durante el Clásico Tardío (600-900 d.C.), Becán se consolidó como la capital de la región Río Bec. La Estructura IX, con 42 metros de altura, es la más elevada del sitio y constituye uno de los mejores ejemplos de la arquitectura Petén de los periodos Preclásico y Clásico. La ciudad se distingue por sus edificios de planta semicuadrangular con torres laterales que simulan pirámides escalonadas. Entre sus elementos ornamentales destacan paneles con cabezas estilizadas de serpiente, decoraciones caladas en forma de tablero de ajedrez y motivos cruciformes.

Santa Rosa Xtampak, ciudad de los muros viejos

En el noreste de Campeche, Santa Rosa Xtampak fue la capital de la región Chenes durante aproximadamente ocho siglos y medio. Su nombre actual combina el de una antigua hacienda del siglo XIX con la palabra maya xlabpak, que significa “muros viejos”. Los primeros exploradores en documentar el sitio fueron Frederick Catherwood y John L. Stephens a mediados del siglo XIX. Posteriormente, Teobert Maler realizó un registro más detallado de su arquitectura y escultura.

El edificio más emblemático es el Palacio, una construcción de tres niveles que alberga 42 habitaciones. Sus dimensiones —50 metros de largo por 30 de ancho y 30 de altura— lo sitúan entre los palacios más grandes del área maya, comparable con los de Sayil, Xkipché y Labná. Sin embargo, su principal singularidad no radica en el tamaño, sino en su diseño arquitectónico. Los constructores mayas incorporaron escaleras interiores que comunican los tres niveles y desarrollaron bóvedas cuyos arcos giran en planos oblicuos, una solución excepcional dentro de la arquitectura mesoamericana que ha despertado el interés de especialistas de todo el mundo.

El abastecimiento de agua se resolvió mediante la construcción de chultunes, depósitos subterráneos destinados a captar agua de lluvia. Los arqueólogos han contabilizado 67 de estas cisternas, con una capacidad suficiente para sostener a una población estimada en al menos 10 mil habitantes. Ocho estelas encontradas en el sitio registran fechas comprendidas entre los años 646 y 911, aunque la ocupación humana se remonta a varios siglos antes del inicio de nuestra era.

Chicanná, la boca de la serpiente

Chicanná, cuyo nombre deriva del maya chi’k’aan, significa “casa de la boca de serpiente”. Fue un suburbio de Becán ubicado sobre la ruta comercial que conectaba el Golfo de México con la costa de Quintana Roo. La ocupación humana del sitio se remonta al Preclásico Tardío (400 a.C.-250 d.C.) y se prolongó hasta alrededor del año 1100, alcanzando su máximo desarrollo durante los periodos Clásico Tardío (600-900 d.C.) y Clásico Terminal (900-1000 d.C.).

La Estructura II presenta en su fachada un enorme mascarón que representa a Itzamná, dios creador de la cosmovisión maya. El acceso al edificio está concebido como una gran boca abierta, con dientes superiores, nariz, ojos bizcos, entrecejo y orejeras, formando la imagen de un gigantesco rostro con las fauces abiertas. La plataforma de acceso funciona como mandíbula inferior, mientras los muros laterales están decorados con cascadas de mascarones de Chaac, dios de la lluvia, elaborados en mosaico de piedra, recubiertos con estuco y pintados en diversos colores, entre los que predominaba el rojo intenso.

Xpuhil, las torres en la selva

Xpuhil debe su nombre a una planta silvestre conocida localmente como cola de gato (Typha angustifolia). El sitio alcanzó su mayor desarrollo hacia finales del periodo Clásico y su arquitectura corresponde al estilo Río Bec, caracterizado por edificios horizontales flanqueados por torres que simulan pirámides escalonadas coronadas por templos.

El Edificio de las Tres Torres, o Estructura I-1, es la construcción más emblemática de Xpuhil. Sus doce crujías dobles, equipadas con banquetas, están flanqueadas por dos torres frontales y una tercera torre central remetida. Todas aparecen coronadas por templos simulados decorados con mascarones del Monstruo de la Tierra. La construcción data aproximadamente del año 760 y es considerada uno de los últimos grandes ejemplos de la arquitectura clásica Río Bec. Su fachada exhibe cascadas de mascarones estilizados en perfil y símbolos de esteras identificados por los epigrafistas como el signo Pop, primer mes del calendario maya y símbolo del poder político.

El Tigre (Itzamkanac), la capital chontal

Ubicado en la margen izquierda del río Candelaria, El Tigre fue la capital de la provincia de Acalán, una entidad política que dominó las rutas de comunicación costeras y fluviales durante el Posclásico. La identificación del sitio con Itzamkanac, el lugar donde Hernán Cortés ordenó la ejecución de Cuauhtémoc en 1525, ha despertado gran interés histórico. Su ocupación se remonta al Preclásico Medio (600-300 a.C.) y se prolongó hasta el periodo Protohistórico, aunque su apogeo ocurrió durante el Clásico Terminal (900-1000 d.C.).

El centro cívico-ceremonial cuenta con dos grandes plazas. Las Estructuras 2 y 3 forman parte de un Grupo Tipo E destinado a observaciones astronómicas vinculadas al calendario agrícola. La Estructura 4 es la más grande del sitio y alcanza 28 metros de altura.

El Tigre también posee tres juegos de pelota, uno de ellos excavado y consolidado, lo que refuerza su relevancia como centro político y ceremonial. Los mascarones antropomorfos de estuco descubiertos en la Estructura 1, fechados en el Clásico Temprano, presentan un notable estado de conservación, con rasgos faciales claramente definidos, como barbilla, boca, nariz, ojos y penacho.

Tabasqueño, el templo de las fauces abiertas

Tabasqueño se localiza a ocho kilómetros del poblado de Dzibalchén, sobre una elevación natural que domina el paisaje circundante. El asentamiento está integrado por ocho grupos arquitectónicos, de los cuales el más conocido es el Grupo 1, donde se encuentra la Estructura I o Palacio-Templo.

Este edificio, fechado entre los años 650 y 850 d.C., exhibe en su fachada norte un enorme mascarón elaborado en mosaico de piedra que representa a Itzamná, el Monstruo de la Tierra, con las fauces abiertas. Los incisivos centrales superiores adoptan la forma de una T, símbolo asociado a la deidad solar y al aliento vital.

El Palacio-Templo cuenta con ocho habitaciones en el primer nivel y un templo en el segundo, coronado originalmente por una crestería calada de la que hoy solo permanecen algunos fragmentos. En el interior aún se conservan vestigios de pintura mural, con escenas en color rojo enmarcadas por gruesas bandas azules sobre los paños inclinados de las bóvedas.

El abastecimiento de agua se resolvió mediante dos aguadas, dos cuevas ubicadas dentro del núcleo urbano y una serie de chultunes destinados a captar agua de lluvia. Estos depósitos podían almacenar entre cinco mil y sesenta mil litros y fueron recubiertos con estuco para evitar filtraciones.

Chunhuhub, el relicario Puuc donde habita Kinich Ahau

El nombre de esta zona arqueológica significa “tronco de los árboles de huhub”, en referencia a una especie vegetal propia de la región. Chunhuhub fue reportado por primera vez en 1841 por los exploradores John L. Stephens y Frederick Catherwood, y posteriormente registrado fotográficamente por Teobert Maler en 1887. La ocupación del sitio se intensificó hacia el año 500 y alcanzó su mayor desarrollo durante los periodos Clásico Tardío y Terminal, entre los años 600 y 1000 d.C.

La arquitectura corresponde al estilo Puuc, particularmente a las fases Junquillo y Mosaico (800-950 d.C.), caracterizadas por el uso de columnillas, grecas y sillares finamente labrados que conforman frisos de gran calidad estética. El Palacio, una construcción de dos niveles con 13 aposentos abovedados, está decorado con motivos geométricos alternados con figuras que algunos especialistas identifican como representaciones de murciélagos.

El rostro de Kinich Ahau, la deidad solar que originalmente adornaba el friso principal del Palacio, se encuentra actualmente resguardado en el Museo Baluarte de la Soledad, en la ciudad de Campeche.

Dzibilnocac, ciudad de la bóveda pintada

Dzibilnocac presenta un patrón urbano basado en patios y plazas interconectados, donde la calidad arquitectónica disminuye conforme aumenta la distancia respecto al centro ceremonial. Esta distribución refleja una sociedad jerarquizada en la que los grupos dirigentes ocupaban los espacios privilegiados, mientras la población común se asentaba en la periferia.

El Edificio A-1, conocido como el Edificio de las Tres Torres, es la construcción más imponente del sitio. Sobre una plataforma de esquinas redondeadas se elevan tres torres: una en cada extremo y otra en la parte central. Cada una estaba coronada por templos simulados decorados con mascarones de estuco originalmente policromados. La altura promedio de estas estructuras alcanza los 17 metros.

Aunque Dzibilnocac pertenece a la región Chenes, la presencia de torres no funcionales lo vincula con la tradición arquitectónica Río Bec, ubicada unos 100 kilómetros al sur. Esta combinación de influencias estilísticas convierte al sitio en una referencia fundamental para estudiar la interacción entre ambas regiones durante el Clásico Tardío. La ciudad contó además con su propio glifo emblema, un símbolo reservado a las capitales regionales de mayor relevancia.

Hormiguero, el palacio de las fauces de la serpiente

El nombre del sitio fue asignado por los exploradores Karl Ruppert y John Dennison en 1933, debido a la abundancia de hormigueros que encontraron en la zona. Sin embargo, lo que distingue a Hormiguero no son sus insectos, sino la monumentalidad y belleza de su arquitectura. Esta ciudad de rango medio, dependiente de Becán, está integrada por alrededor de un centenar de estructuras prehispánicas. Su principal etapa constructiva ocurrió hacia el año 750, cuando se levantaron las Estructuras II, V y VI.

La Estructura II constituye la joya arquitectónica del sitio. Se trata de un palacio de 11 aposentos distribuidos en dos niveles, cuya fachada zoomorfa integral representa uno de los ejemplos más sobresalientes del estilo Río Bec. La portada principal está enmarcada por fauces serpentinas que representan a Itzamná, la deidad creadora. El acceso aparece rodeado por enormes colmillos superiores e inferiores que refuerzan la ilusión de ingresar a la boca de una criatura fantástica, mientras un gran mascarón frontal remata el conjunto. Para los antiguos mayas, atravesar este umbral significaba penetrar simbólicamente en el inframundo.

La Estructura V, un basamento piramidal coronado por un templo, exhibe en su fachada norte mascarones superpuestos de Chaac, dios de la lluvia, además de una torre ubicada en el sector oeste. Hacia el año 950, la ciudad fue abandonada y muchos de sus edificios resultaron saqueados. Sin embargo, la selva que los cubrió durante siglos también contribuyó a preservarlos, permitiendo que sus impresionantes fachadas llegaran hasta nuestros días.

Hochob, la tierra del maíz

El nombre de esta ciudad, que en maya significa “lugar de las mazorcas de maíz”, fue registrado por Teobert Maler a finales del siglo XIX. Los habitantes de la región utilizaban los edificios prehispánicos como bodegas para almacenar cosechas, origen del topónimo con el que actualmente se conoce al sitio.

Hochob se levanta sobre una colina natural en el municipio de Hopelchén y su núcleo urbano abarca más de 500 kilómetros cuadrados. La Gran Plaza está delimitada por las construcciones más importantes. Entre ellas destaca la Estructura II, conocida como Palacio Principal, cuya fachada central exhibe un enorme mascarón zoomorfo que representa a Itzamná, el dios creador. Las fauces abiertas de la deidad constituyen la entrada al recinto principal, mientras la plataforma de acceso funciona como mandíbula inferior. Este motivo decorativo, característico del estilo Chenes, también puede observarse en Santa Rosa Xtampak y Tabasqueño.

La prosperidad de Hochob se vio afectada por el colapso maya que impactó a numerosas ciudades de la península a partir del siglo IX. La élite dirigente perdió influencia y parte de la población emigró hacia otros asentamientos. Sin embargo, el sitio nunca fue abandonado por completo y continuó habitado incluso después de la llegada de los españoles.

Balamkú, lugar del friso del jaguar

Balamkú permaneció desconocido para los especialistas hasta 1990, cuando el arqueólogo Florentino García Cruz atendió una denuncia por saqueo en la zona. La extracción ilegal de piedras dejó al descubierto una porción significativa de un friso modelado en estuco y pintado en tonos rojo, guinda, negro y azul. La imagen del jaguar que forma parte de esta decoración dio nombre al sitio, cuyo significado en maya es “templo del jaguar”.

La Subestructura I, fechada entre finales del Clásico Temprano y principios del Clásico Tardío (550-600 d.C.), es un palacio construido sobre un basamento rectangular con esquinas y bordes redondeados. Su decoración en estuco modelado es única dentro del área maya y constituye una muestra excepcional de la maestría artística alcanzada por los antiguos habitantes de la región.

Balamkú presenta una larga secuencia de ocupación que se inicia en el Preclásico Medio (600-300 a.C.) y concluye en el Clásico Terminal (800-1000 d.C.). Durante los periodos Clásico Temprano y Tardío mantuvo estrechas relaciones con las ciudades del Petén. Sin embargo, entre los años 600 y 1000 comenzó a recibir influencias de la región Río Bec, particularmente de Becán, ubicada a unos 50 kilómetros al oriente.

Xcalumkín, la riqueza arqueológica de Hecelchakán

Xcalumkín constituye la principal zona arqueológica del municipio de Hecelchakán y se distingue de otras ciudades mayas por la aparente ausencia de un gobernante absoluto, una característica que la diferencia del modelo político predominante en las grandes capitales mayas. Los textos jeroglíficos hallados en el sitio registran a catorce personajes distintos en un lapso de apenas 40 años, entre 728 y 761 d.C. Ninguno aparece con la frecuencia que cabría esperar de un soberano único, lo que sugiere un ejercicio colegiado del poder o una sucesión de señores menores que compartían la autoridad.

Los títulos consignados en las inscripciones refuerzan esta interpretación. Junto al término sahal, utilizado para designar a señores subordinados, aparecen referencias a its’at (hombre sabio), ah ts’ib (escriba) y ah kin (sacerdote). Esta diversidad de cargos apunta a una estructura política compleja, donde las funciones administrativas, religiosas y culturales estaban diferenciadas y distribuidas entre varios individuos.

El Palacio de los Cilindros, uno de los edificios más voluminosos del sitio, exhibe una solución arquitectónica conocida como escalinata volada: una escalera que se proyecta desde la estructura sin soporte aparente, lo que permite ahorrar materiales y favorecer la circulación del aire hacia las habitaciones inferiores.

Tohcok, la fusión de dos mundos

Ubicada a seis kilómetros al poniente de Hopelchén, Tohcok combina elementos de las arquitecturas Chenes y Puuc, lo que la convierte en un sitio excepcional para estudiar la transición entre ambas tradiciones constructivas.

El Edificio de las Jambas Pintadas, o Estructura 1, es una construcción palaciega de dos niveles que alcanza aproximadamente 40 metros de largo por 20 de ancho. Su fachada combina accesos sencillos con entradas tripartitas formadas por columnas monolíticas, una solución que evidencia la influencia del estilo Puuc.

La Estructura 2 presenta tres mascarones en su costado sur que representan a la Serpiente Acuática, una deidad vinculada con el inframundo y las lluvias. Las dos habitaciones del edificio y el pasillo que las comunica estuvieron cubiertos por un arco falso terminado en punta, sin piedras clave, una solución técnica poco común en el área maya que ha despertado el interés de los especialistas en arquitectura prehispánica.

Kankí, los ojos de Kinich Ahau

Kankí debe su nombre a la producción de cera y henequén que caracterizó a la región durante las épocas prehispánica y colonial. El registro de la encomienda de Tenabo, fechado en 1549, señala que los habitantes debían entregar anualmente una arroba y media de miel y quince arrobas de cera, equivalentes a más de 172 kilogramos de este producto.

La arquitectura de Kankí se inscribe dentro del estilo Puuc, aunque conserva elementos que reflejan una transición desde la tradición Petén. El Edificio de Escalera Invertida, fechado entre los años 600 y 650 d.C., presenta una bóveda construida con largas lajas colocadas en saledizo, mostrando sus aristas de forma que recuerdan una escalera colocada al revés. Esta técnica corresponde a la fase Proto-Puuc, anterior al desarrollo pleno del estilo que alcanzaría su madurez en los siglos posteriores.

El Edificio de la Crestería, aún en proceso de exploración, conserva un mascarón de Kinich Ahau, la deidad solar, flanqueado por ventanas rectangulares. Durante los equinoccios, los rayos solares atraviesan estas aberturas e iluminan el rostro de la deidad, un fenómeno cuidadosamente planeado por sus constructores para marcar el momento en que el día y la noche alcanzan la misma duración. Este juego de luz y sombra, aún perceptible para el visitante atento, revela el profundo conocimiento astronómico de los antiguos mayas y su capacidad para integrarlo en la arquitectura.

Legado que no se negocia: la preservación de las antiguas ciudades mayas

Las zonas arqueológicas de Campeche aquí descritas representan apenas una fracción del patrimonio prehispánico que resguarda el estado. Más allá de los edificios abiertos al público, la selva continúa cubriendo decenas de estructuras que esperan los recursos y las condiciones necesarias para ser exploradas. La conservación de estos vestigios no es un asunto menor, pues cada uno contiene información invaluable sobre la organización social, las creencias religiosas, los conocimientos astronómicos y las técnicas constructivas de una civilización que floreció durante más de mil años en estas tierras. Perder una parte de este legado equivale a borrar una página de la historia de la humanidad.

Para los campechanos y para todos los mexicanos, estas antiguas ciudades constituyen una parte esencial de su identidad. Son el testimonio tangible de sociedades complejas que desarrollaron sistemas de escritura, calendarios precisos, redes comerciales de larga distancia y una cosmovisión que continúa fascinando a quienes se acercan a sus vestigios. Visitar Edzná, Becán o cualquiera de las zonas arqueológicas del estado significa reencontrarse con las raíces de una cultura que, aunque transformada, sigue viva en la lengua, las costumbres y la memoria de los pueblos mayas contemporáneos.

La apertura al público ha generado empleos directos e indirectos en las comunidades cercanas, desde guías y custodios hasta pequeños negocios de artesanías y alimentos. Cuando se gestiona de manera adecuada, el turismo puede convertirse en un aliado de la preservación, al generar recursos para el mantenimiento de los sitios y fortalecer el sentido de pertenencia hacia la herencia cultural.

Sin embargo, la conservación enfrenta desafíos considerables. El clima cálido y húmedo fractura la piedra, disuelve los morteros y favorece el crecimiento de vegetación que, al arraigar en las grietas, desplaza los sillares. A ello se suma la limitada disponibilidad de recursos económicos frente a una demanda creciente de atención, considerando que en Campeche existen cerca de mil sitios arqueológicos registrados que requieren monitoreo y mantenimiento permanentes.

La creciente afluencia de visitantes genera beneficios económicos, pero también acelera el desgaste de los monumentos y puede comprometer su estabilidad con el paso del tiempo. Por ello, el modelo de turismo masivo requiere una reflexión profunda. El turismo sustentable, basado en la capacidad de carga de los sitios y en prácticas responsables, se perfila como la mejor alternativa para conciliar la vocación turística de Campeche con la obligación de preservar su patrimonio.

Conocer estas ciudades es mucho más que hacer turismo. Es comprender la magnitud de lo que las sociedades mayas construyeron y escuchar lo que la piedra aún puede decir sobre el poder, la religión y la vida cotidiana. Es recordar que el patrimonio cultural es un bien finito y no renovable cuya conservación depende de todos: autoridades, comunidades y visitantes. Quien recorre estos sitios con respeto, la comunidad que protege sus monumentos y las decisiones públicas orientadas a la conservación contribuyen a que estas ciudades no se desvanezcan en el olvido, sino que permanezcan como testimonios vivos de una civilización que aún tiene mucho que enseñarnos.

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