La historia es cíclica. Para los jóvenes de hoy en edad de votar —a propósito de la marcha de la Generación Z del 15 de noviembre— la política tiene una lectura propia que, aunque distinta a la del pasado, guarda similitudes evidentes: Morena es su PRI, el partido hegemónico que concentra el poder. Y Andrés Manuel López Obrador es, en el plano simbólico, su Carlos Salinas de Gortari: la figura central que lo determina todo, cuya influencia define el rumbo del país, para bien o para mal.
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El reciente discurso de victimización de la joven dirigente de Morena en Quintana Roo no encaja en el sentido común. Su partido controla los tres poderes, cuenta con sobrerrepresentación legislativa más allá de sus aliados, gobierna los 11 municipios del estado y opera sin contrapesos reales. Con ese panorama, resulta difícil sostener la narrativa de que son víctimas de ataques de la “derecha”.
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La guerra rumbo a 2027 y 2030 comenzó desde hace mucho. Las señales son claras y, al menos en política, lo que parece es. La árbitra en Palacio Nacional está bien enterada del tablero. Dicen los que saben, que dijo: “Amor con amor se paga. ¿Quién es fulanito de tal?”
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¿Cuándo empezará la “encuestitis”? ¿Cuántas mediciones realizará la 4T antes de presentar la no muy democrática “encuesta definitiva”? Para quienes aspiran a algo, el proceso será largo, desgastante y plagado de mensajes en clave.
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Se habla de 19 regiones del país donde brilla por su ausencia Don Estado de Derecho. Con razón los gringos insisten en declarar terroristas a los narcotraficantes, que, aseguran, cogobiernan en esas regiones. ¡Horror al crimen organizado!
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Fulminante rechazo y una tunda bien puesta recibió la iniciativa del diputado morenista que proponía aplicar una Ley Mordaza a la Iglesia y a los líderes religiosos de todas las denominaciones cristianas para prohibirles hablar de pobreza, injusticia social, política y mal gobierno en sus liturgias, sermones y homilías, una propuesta desproporcionada e incompatible con libertades básicas.

