Casa Xibalbá, la sucursal del infierno… – Así nos vemos
7 Nov. 2025
Edgar Prz
Los chetumaleños fueron sorprendidos por una infausta noticia. Estos últimos días han sido de pesadilla para muchas familias: el llanto, el dolor y la incredulidad acapararon la atención de la ciudadanía.
Sentimientos encontrados, estupor, cinismo, rabia e impotencia acompañan a un buen número de personas que confiaron de buena fe en que darían un descanso digno a sus mascotas. Estamos ante un drama de proporciones singulares, un abuso de confianza y un fraude mayúsculo que enlutó a mucha gente. Si la pérdida de un ser querido es dolorosa, imagínese las escenas ante el llanto de los niños al ver morir a sus mascotas y luego enterarse del cruel final que les dieron. Los padres, en su afán por mitigar ese dolor, optaban por un servicio funerario que incluía la cremación y la entrega en urna de las cenizas para recordarlas y tenerlas siempre presentes. El cuento incluía que las cenizas se mezclaban con “abono ecológico”, para que pudieran usarse en macetas con semillas de flores, y que estas, al brotar, serían los espíritus de los cachorros convertidos en flores. Una historia digna de Walt Disney…
Hasta dónde llegará la mente humana, que toda acción aparentemente buena se convierte en maldad. Hay datos que señalan que fueron poco más de 300 animalitos los que nunca fueron cremados, sino metidos en bolsas negras para luego ser tirados en un lote baldío. Todo marchaba bien, pasaron los meses y la fama del centro crematorio se incrementó. Nadie desconfiaba de ellos. Ofertaban el servicio básico y el “premium”, entregaban la urna con las supuestas cenizas y, por respeto, nadie la abría. Muchas aún están colocadas en sus altares, con veladoras y fotos incluidas. De ese nivel era la confianza. Todos contentos: los niños tranquilos al saber que en sus casas estaban los restos de sus mascotas, los papás satisfechos por la obra de caridad hacia su animalito y los carroñeros —perdón, los sepultureros— hinchándose de billetes.
Para que este centro crematorio de mascotas funcionara, se requerían permisos de la autoridad municipal, de la Procuraduría de Protección al Ambiente y de la Cofepris, ya que también es un tema de salud pública. Aquí sería bueno fincar responsabilidades, ya que el centro operaba en contubernio con la autoridad, o bien los inspectores se hacían de la vista gorda. No es prudente ni sano jugar con los restos de animales muertos, putrefactos y pestilentes, sin darles el tratamiento adecuado. Eran tirados en lotes baldíos y algunos en la vía pública. Usaron un predio ubicado en pleno bulevar. Es sorprendente la cantidad de restos encontrados, el hedor, la fetidez y la putrefacción que durante varios meses contaminaron esa zona céntrica de la ciudad.
La pareja de encargados, Guillermo Alejandro “N” y Briseidi “N”, autores intelectuales, eran unos verdaderos rufianes. Usurpaban títulos de médicos veterinarios sin serlo, lo cual es otro delito. Lo cierto es la negligencia de las autoridades. De manera fortuita, un ciudadano encontró el panteón clandestino y de allí se derivó el alud de quejas y exigencias de justicia. Ahora las autoridades, con la cantaleta de siempre, dicen: “Se va a investigar hasta sus últimas consecuencias”. Eso demuestra la inoperancia, la opacidad y el valemadrismo de varias dependencias que no están haciendo su trabajo. “Caído el muerto, hay que tapar el pozo”…
Tienen encima una avalancha de reclamos. Los dueños claman justicia y exigen un castigo ejemplar para ese par de sinvergüenzas. Lucrar con el dolor de la gente es una forma burda, soez y denigrante de obtener prebendas. Ojalá esta alerta prenda los focos en varias dependencias. Le daré un ejemplo real: en la Zona Maya, la única funeraria que hay tiene su horno crematorio en Cancún. Así que si contratas el servicio de cremación, trasladan a tu difunto a esa ciudad, con el inconveniente de no permitir que algún pariente lo acompañe. Así como están las cosas, ¿quién asegura que las cenizas que te entregan sean de él? ¿Cómo tener la certeza de que fue cremado? Con tanta puerqueza que hay, la desconfianza y la duda están presentes. ¿Quién certifica que la ceniza no esté mezclada con tierra? Hay tráfico de órganos, córneas, riñones y otras partes del cuerpo. La gente ya duda de todo. Deberían, en lugar de ocultar, dar facilidades para quitar esas interrogantes. ¿No lo cree usted?
Falta mayor dureza de la autoridad y que deje de consentir este tipo de anomalías. Ya ni los muertos pueden reposar tranquilos. ¿Hasta cuándo y hasta dónde llegará esta ineptitud de unos y la viveza de otros?
Mejor seguiré caminando y cantando: “Solos el perro, el gato y yo, llorando por tu amor bajo la luz de la luna; el perro sin nadie a quien ladrar, el gato sin nadie a quien maullar, y yo bailando con mi frustración…”
P.D. En memoria de Stiky, Luna, Nina, Cesita y tantos otros animalitos que merecían un mejor destino…















