AGENCIAS
CAMBRIDGE.- Lo que parecía ciencia ficción ya ocurre en un laboratorio: células cerebrales del compositor Alvin Lucier continúan generando música años después de su muerte. El fenómeno forma parte de una instalación artística que combina biotecnología, arte y sonido en tiempo real.
El proyecto, llamado “Revivification”, utiliza organoides cerebrales —estructuras cultivadas en laboratorio que imitan ciertas funciones neuronales— creados a partir de células sanguíneas que el propio Lucier donó antes de fallecer. Estas células fueron reprogramadas por científicos para formar una especie de “mini cerebro” capaz de producir actividad eléctrica espontánea.
Esa actividad no queda aislada. A través de una red de microelectrodos, las señales neuronales se transforman en impulsos que activan pequeños martillos mecánicos. Estos golpean placas metálicas distribuidas en una sala, generando sonidos que cambian constantemente. El resultado no es una pieza fija, sino una composición viva que evoluciona con el tiempo.
La instalación también responde al entorno. Micrófonos captan los sonidos del espacio —incluidas las voces del público— y los convierten en estímulos que regresan a los organoides. Así se crea un sistema de retroalimentación donde la “obra” puede modificarse continuamente, como si el propio sistema estuviera aprendiendo o reaccionando.
Aunque estos organoides no tienen conciencia ni pensamientos, sí reproducen patrones eléctricos similares a los del cerebro humano en desarrollo. Para los creadores del proyecto, esto abre preguntas sobre los límites entre biología, memoria y creatividad.
Lucier fue pionero en explorar el sonido desde la ciencia, como lo demostró en 1965 con una obra que utilizaba ondas cerebrales para generar música. Décadas después, su legado continúa de una forma inesperada: no a través de grabaciones, sino mediante actividad biológica activa.
Más que un experimento artístico, el proyecto plantea una reflexión inquietante: hasta qué punto la creatividad puede persistir más allá de la vida, cuando la tecnología permite que los procesos biológicos sigan interactuando con el mundo.

