WASHINGTON.- El 11 de febrero, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu llegó a la Casa Blanca para una reunión de alto nivel con el presidente Donald Trump en la Sala de Situación, un espacio raramente usado para encuentros con líderes extranjeros. Netanyahu, que llevaba meses presionando por un ataque de gran envergadura contra Irán, estuvo acompañado por el director del Mosad, David Barnea, y altos mandos militares israelíes.
Según una investigación de The New York Times, la reunión se mantuvo deliberadamente reducida para evitar filtraciones. Estaban presentes Trump, la jefa de gabinete Susie Wiles, el secretario de Estado Marco Rubio, el secretario de Defensa Pete Hegseth, el general Dan Caine, John Ratcliffe, director de la CIA, Jared Kushner y Steve Witkoff, enviado especial del presidente. El vicepresidente JD Vance, quien más se oponía a una guerra a gran escala, se encontraba fuera del país.
Netanyahu presentó un plan que proponía destruir en pocas semanas el programa de misiles balísticos iraní, paralizar la capacidad militar del régimen y abrir la vía a un cambio de régimen. Incluso mostró un video con posibles figuras de transición, incluido Reza Pahlavi, hijo del último sha de Irán. Su argumento central fue que el riesgo de no actuar superaba al costo de una intervención inmediata. Trump expresó que el plan “sonaba bien” en varios momentos, interpretándose como una luz verde inicial para una operación conjunta.
En los días siguientes, los servicios de inteligencia evaluaron el plan. Ratcliffe calificó los escenarios de cambio de régimen como “ridículos”, mientras que Vance advirtió sobre los riesgos estratégicos y económicos, incluidos altos costos, desgaste militar y el bloqueo potencial del estrecho de Ormuz. El general Caine destacó la dificultad de reponer municiones y la imprevisibilidad de la reacción iraní, sin expresar directamente que la guerra era una mala idea, aunque dejó claro que los riesgos eran considerables.
A pesar de las advertencias, Trump se mostró decidido a considerar objetivos estratégicos específicos: la eliminación de líderes clave y la desarticulación del programa militar iraní. Hegseth respaldó la intervención, mientras otros asesores expresaron reservas, y Rubio subrayó que un cambio de régimen no era realista, aunque la destrucción del arsenal de misiles sí lo era.
El presidente aprovechó una oportunidad táctica: una reunión del ayatolá y altos dirigentes iraníes, expuestos a un ataque aéreo, aceleró el cronograma. Tras evaluar nuevas negociaciones fallidas en Omán y Suiza, Trump ordenó finalmente la Operación Furia Épica desde el Air Force One, marcando el inicio formal de la participación estadounidense junto a Israel en el conflicto con Irán, pese a las dudas internas y la cautela de varios asesores clave. (Con información de The New York Times)

