* Con más de 20 años sobre los encordados, el gladiador originario de Playa del Carmen abrió su historia de lucha, dolor y resiliencia en el programa Diálogos sin máscara, transmitido desde La Cocina de Brenda. “Nací, crecí y moriré amando la lucha libre”, expresó con convicción. Ser invencible no solo arriba del cuadrilátero, sino también ante las adversidades de la vida, incluso las que nadie ve detrás de la máscara.
Por Sergio Masté
Desde muy pequeño, la lucha libre fue parte de su vida. Invencible Jr., nacido en Playa del Carmen, prácticamente creció entre cartones, lonas improvisadas y maromas en el patio de la casa de sus padres. A los siete años comenzó a entrenar y antes de llegar a la adolescencia ya debutaba en el ring, pese a las dudas por su complexión delgada y su corta edad.
En entrevista, recordó que aunque su padre —también luchador— no quería que siguiera ese camino, terminó convirtiéndose en su principal maestro. Con disciplina y perseverancia, Invencible Jr. logró abrirse paso en un ambiente marcado por la competencia y los celos deportivos, primero en el sureste y luego en escenarios de mayor exigencia.
Su talento lo llevó a la Ciudad de México, donde entrenó en la Arena Coliseo y luchó bajo el nombre de Cometa Maya, formando parte del grupo del fallecido Alfredo Pasillas, conocido como el Arkángel de la Muerte. Más tarde, su carrera cruzó fronteras hasta llegar a Canadá, donde sumó experiencia internacional y consolidó su trayectoria.
Sin embargo, su camino no estuvo exento de tragedia. Durante un entrenamiento, una imprudencia le costó la amputación del dedo anular de la mano derecha, un golpe que lo derrumbó emocionalmente. Solo y lejos de casa, pensó incluso en abandonar la lucha libre. Fue un momento decisivo que, con el tiempo, transformó en motor para levantarse con más fuerza.
Hoy, Invencible Jr. no solo presume premios y experiencia en México y Canadá, sino también una historia de resiliencia que inspira dentro y fuera del ring. Su testimonio deja claro que en la lucha libre —como en la vida— caer no significa perder, sino encontrar la manera de volver a levantarse.
LA LUCHA LIBRE COMO ESCUELA DE VIDA
Para Invencible Jr., la mayor recompensa que le ha dejado la lucha libre no se mide en trofeos ni en dinero. En entrevista, el gladiador aseguró que el verdadero valor de su carrera ha sido conocer personas, construir amistades y recibir el reconocimiento de compañeros y aficionados, algo que —dice— no tiene precio.
Aunque su trayectoria lo ha llevado a luchar en la Ciudad de México y hasta Canadá, y a compartir ring con figuras de renombre nacional e internacional, el luchador considera que esas experiencias son la recompensa natural de años de sacrificio y esfuerzo. “Cuando te miras y dices ‘valió la pena’, ahí entiendes todo lo que has entregado por la lucha libre”, afirmó.
Invencible Jr. no dudó al asegurar que, si pudiera empezar de nuevo, volvería a ser luchador. “Nací, crecí y moriré amando la lucha libre”, expresó con convicción. Entre sus sueños pendientes, destaca uno muy especial: un mano a mano con Volador Jr., a quien considera su máximo ídolo y con quien ya coincidió en una lucha múltiple en la capital del país.
No obstante, también reconoció que el deporte espectáculo tiene un lado amargo. La envidia y el celo deportivo —admitió— han sido de las mayores decepciones en su carrera. “Esto es un show donde dos personas se ayudan para dar un buen espectáculo. La gente paga por entretenimiento, no por ver a dos personas lastimarse”, explicó, comparando la lucha libre con un ballet donde cada movimiento tiene lógica y preparación.
Conocido por su estilo arriesgado, Invencible Jr. aseguró que cada vez que sube al ring se encomienda a Dios y a la experiencia que le han dado los años. La adrenalina del público y el amor por la máscara lo impulsan a ir más allá, siempre consciente de que su vida y la de su compañero están en juego.
Además de luchador, también es formador. Ha preparado a nuevos talentos y celebra que algunos de ellos, como Cometa Maya, sigan el camino con disciplina y hambre de triunfar. Para él, la clave está en la preparación: subir al ring sin ella no solo degrada el espectáculo, sino que pone en riesgo vidas.
Invencible Jr. resume su filosofía en una sola idea: ser invencible no solo arriba del cuadrilátero, sino también ante las adversidades de la vida, incluso las que nadie ve detrás de la máscara.
EL RETIRO YA RONDA POR SU CABEZA
Invencible Jr. admite que el retiro es una idea que ya ronda por su cabeza. No por falta de amor a la lucha libre, sino por las secuelas físicas y, sobre todo, por su familia. Padre de dos hijos, una niña y un niño, confiesa que hoy sube al cuadrilátero con mayor cuidado, pensando en poder verlos crecer y compartir con ellos los momentos que realmente importan.
Aunque no ha decidido si alguno de sus hijos seguirá sus pasos, el luchador tiene claro que, de ocurrir, le gustaría ser él quien les enseñe los primeros movimientos y valores del pancracio, antes de que continúen su formación con otros maestros. Para Invencible Jr., la lucha libre no solo se aprende con llaves y vuelos, sino con disciplina y conciencia.
Entre los sueños que aún lo acompañan, se define como “el eterno soñador”. Recuerda con emoción una anécdota de su infancia, cuando veía lucha libre junto a su padre y se preguntaba cuándo llegaría el día de pisar un ring importante. Años después, al terminar una función y mirar entre el público buscando a su papá, entendió que el esfuerzo, la preparación y la constancia habían valido la pena. “Aquí estoy, sí lo hice”, pensó entonces.
Esa filosofía lo ha guiado a aprovechar cada oportunidad al máximo, con entrega total dentro y fuera del ring. Para él, amar la lucha libre significa respetarla y no tomarla a la ligera. Por eso, su mensaje para las nuevas generaciones es claro y directo: prepararse, no ser luchadores “hechos al vapor” y entender que este deporte exige honor, disciplina y respeto.
Invencible Jr. sabe que el cuerpo ya resiente los años y las batallas, pero también está convencido de que mientras exista pasión y compromiso, cada lucha debe darse como si fuera la última. Porque, al final, la gente que compra un boleto merece ver a un luchador que honra el deporte y la vida que eligió sobre el cuadrilátero.








