17 marzo, 2026

CONFLICTOS, DISCAPACIDAD Y LA HUMANIDAD NO APRENDE A VIVIR EN PAZ – Si tú pudieras ver lo que yo escucho

GERARDO RUIZ

Los conflictos suelen narrarse en clave de poder: quién gana, quién pierde, quién invade, quién resiste. Se explican con mapas, sanciones, discursos y alineamientos internacionales. Sin embargo, hay una dimensión que rara vez ocupa los titulares: la discapacidad.

En escenarios como el que hoy atraviesa Venezuela, la discusión pública suele centrarse en la legalidad, la ideología o la correlación de fuerzas. Pero hay preguntas más incómodas y, quizá, más urgentes: ¿cuántas personas con discapacidad quedan atrapadas en medio de un conflicto? ¿Cuántas más se sumarán a esa condición como consecuencia directa de la violencia, la represión, el colapso de los servicios públicos o el desplazamiento forzado?

Porque cada conflicto no solo desplaza poblaciones: produce discapacidad. Produce amputaciones, pérdidas sensoriales, afectaciones psicosociales, enfermedades crónicas sin tratamiento, infancias interrumpidas. Produce vidas que cambian para siempre, casi siempre fuera del encuadre mediático.

A menudo se argumenta que de la guerra surge el progreso. Que los conflictos aceleran el desarrollo tecnológico. Es cierto en términos históricos: el Sistema Braille fue creado por un militar; Internet nació de estrategias de defensa. Pero esa lectura omite una verdad incómoda. Estos avances no aparecen en el vacío: existen porque antes hubo guerra, porque antes hubo cuerpos dañados y personas obligadas a reaprender el mundo desde la pérdida. La tecnología puede facilitar la adaptación, pero no evita el duelo de la discapacidad ni repara el origen violento que la produjo.

La discapacidad, además, no tiene fronteras. No distingue pasaportes, banderas ni sistemas políticos. Atraviesa países, clases sociales e ideologías. Hoy ocurre en Venezuela; ayer ocurrió en otros territorios; mañana puede ocurrir en cualquier parte del mundo. Pensarla como un problema local es una forma de negarla.

Abordar un conflicto desde lo humano obliga a decir algo que incomoda: hacer la guerra en pleno siglo XXI es profundamente ilógico. Como humanidad, no hemos aprendido nada esencial si seguimos resolviendo nuestras diferencias a través de la violencia. Las guerras no son únicamente fallas del sistema internacional; son, ante todo, fracasos morales. La confirmación de que seguimos priorizando el poder sobre la vida y el discurso sobre las consecuencias.

Mientras tanto, quienes pagan el precio más alto rara vez aparecen en las mesas de negociación: personas con discapacidad, personas en situación de vulnerabilidad y personas que, a partir del conflicto, quedarán con secuelas permanentes. Para ellas, la guerra no es una coyuntura política; es una condición que las acompañará el resto de su vida.

Frente a esta realidad, surge otra pregunta inevitable: ¿están realmente preparadas las Naciones Unidas y los Estados para atender la discapacidad en contextos de conflicto? ¿O seguimos reaccionando tarde, con protocolos generales y discursos correctos que no alcanzan a quienes ya quedaron fuera?

Persistir en este ciclo también tiene una causa que pocas veces se señala con claridad: el fanatismo. Mientras tratemos a quienes se dicen dirigentes como dioses, estaremos mal, y cada vez peor. Ningún líder merece devoción ciega. Y lo digo yo, como el ciego que soy. Ningún proyecto político justifica la anulación del pensamiento crítico ni la normalización de la violencia.

El fanatismo —ideológico, nacionalista o personalista— es una de las grandes amenazas de las sociedades del siglo XXI. Anula la razón, divide a las comunidades y convierte al otro en enemigo. Y en ese proceso, siempre deja víctimas invisibles.

Tal vez el verdadero indicador de si estamos preparados para la paz no sea la fuerza de los ejércitos ni la contundencia de las sanciones, sino la capacidad de anticipar y atender las consecuencias humanas de los conflictos. Porque la discapacidad no empieza después de la guerra. Empieza en ella. Y casi siempre, en silencio.

Gerardo Ruiz es director de la Red Ciegos Quintana Roo

X: @gruizcun

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