* El pugilista de Seybaplaya se coronó campeón estatal Super Ligero de la Interworld Boxing Federation y se prepara para defender su título ante cualquier rival que se presente en la división.
Por Harold Amábilis
Campeche.- Cristian Oswaldo Luna Huicab conquistó el título estatal Super Ligero de la Interworld Boxing Federation después de un recorrido donde las carencias templaron el carácter y cada obstáculo funcionó como un escalón hacia la cumbre del boxeo regional. El pugilista, formado bajo la dirección del profesor Jorge Manuel Vera en el gimnasio La Joya de Villamadero, llegó a este deporte casi por casualidad cuando un amigo lo arrastró a una clase que terminaría por cambiarle la vida, aunque en aquel momento nadie en su casa veía con buenos ojos aquella incipiente afición.
Sus jornadas transcurrían entre los estudios y el trabajo físico cargando arena y piedra para construcción, faenas que edificaron una resistencia corporal que después aplicaría sobre el cuadrilátero sin proponérselo. La técnica representó un desafío constante porque los movimientos no brotaban con la fluidez deseada y cada tropiezo encendía una determinación silenciosa de corregir el fallo hasta dominarlo, una terquedad que el profesor Vera supo encauzar con paciencia durante aquellos meses iniciales de formación.
Su debut amateur se produjo apenas un mes después de haber empezado a entrenar y el resultado fue adverso, aunque ese revés temprano no logró apagar las ganas de seguir aprendiendo. La primera victoria llegaría tiempo más tarde en Campeche, durante una función organizada por el profesor Baby Cob, donde venció por decisión a uno de sus pupilos y comprendió que el esfuerzo empezaba a rendir frutos concretos.
El salto al profesionalismo modificó las reglas de manera drástica porque implicó guantes de menor gramaje, ninguna protección cefálica y un sistema donde el combate solo se detiene por nocaut o por el abandono de la esquina, condiciones que exigen temple y oficio para sobrevivir en el ring. Su estreno en este terreno llegó frente a un rival tabasqueño y terminó con un sabor agridulce cuando el réferi detuvo las acciones en el segundo round a pesar de que las tarjetas favorecían al peleador de Seybaplaya, una decisión que todavía pesa en su memoria pero que nunca usó como excusa para abandonar.
Una pausa prolongada de tres años antecedió su regreso al boxeo, período durante el cual la vida siguió su curso, aunque la espina de trascender en el deporte permanecía clavada en el pensamiento. La oportunidad por el título llegó gracias a Francisco Uribe, amigo y promotor de Champotón, quien gestionó la contienda mientras una red de apoyos se tejía desde Seybaplaya, Villamadero, Campeche, Mérida, Candelaria, Hopelchén, Tabasco y Escárcega, municipios donde la gente confiaba en que el esfuerzo del muchacho merecía una recompensa. La pelea titular se prolongó durante cuatro asaltos en los que Luna Huicab, consciente de que su condición física no rozaba la plenitud, administró la presión con inteligencia hasta que el oponente se negó a salir al quinto episodio, sellando así la victoria que tanto había perseguido desde aquellos días de piedra y arena.
De vuelta en su comunidad, autoridades y vecinos le brindaron un recibimiento cargado de afecto genuino que contrastaba con la soledad de los primeros entrenamientos, cuando su propia familia observaba el boxeo con desconfianza. Sus padres, otrora opuestos a que su hijo incursionara en este oficio de golpes y sacrificios, manifestaron un orgullo que el campeón depositó por completo en la memoria de su madre fallecida, a quien considera la fuerza que lo sostiene cuando el cuerpo pide tregua.
Actualmente trabaja en la posibilidad de una contienda para septiembre y se declaró listo para defender el título ante cualquier aspirante de la división que quiera disputarlo a través de los canales establecidos por su entrenador. También observa con satisfacción cómo los jóvenes de Seybaplaya y Villamadero empiezan a poblar el gimnasio, un fenómeno que atribuye al poder del boxeo para imponer disciplina y alejar de los malos hábitos, esa misma disciplina que a él lo llevó de cargar piedras a ceñirse un cinturón de campeón.


