CLAUDIO OBREGÓN CLAIRIN

Desde hace 3 años investigo el origen de la diferenciación social hereditaria, esa búsqueda me ha llevado a viajar a Turquía para explorar los sitios paleolíticos de la región conocida como Tas Tepeler, situada en los alrededores de la ciudad de Urfa, distante 1283 kilómetros de Estambul y muy próxima a las fronteras con Siria e Irak.

En mi primer viaje aterricé en Estambul el mismo día que se celebraba el centenario de su independencia, la ciudad se vistió de gala con banderas turcas, pendones y la omnipresente imagen del padre de la patria: Mustafa Kemal Atatürk, quien eliminó al sultanato y formalizó una república laica. El contacto con los turcos fluyó de manera natural ya que al igual que la mayoría de los mexicanos, cruzan las calles cuando está el siga, son estruendosos y extrovertidos, ritualistas, no respetan los reglamentos, manejan de forma temeraria, sus canciones son melancólicas y las escuchan en alto volumen sin importarles los demás, desayunan abundantemente y con picosos chiles; configuran una sociedad machista, sufren los estragos de un gobierno populista, hablan diversos idiomas y sus pueblos dibujan un contradictorio y confrontado mosaico cultural en el que la diversidad es la mayor de sus riquezas. 

Aunque el gobierno es constitucionalmente laico, el actual presidente Recep Tayyip Erdoğan profesa la religión musulmana y ha impulsado la edificación de mezquitas. Inicialmente aplicó en su gobierno el precepto moral musulmán que condena la usura, consecuentemente, se metió en problemas económicos con la banca y con la inversión extranjera por lo que tuvo que rectificar después de una enorme devaluación. 

La mayoría de la población es musulmana y no beben alcohol pero los cristianos del sureste sí, elaboran magníficos vinos de la cepa Shiraz y beben generosas cantidades de excelentes cervezas. Los musulmanes analcohólicos proyectan su ansiedad bebiendo té y fumando de manera impulsiva. En los aeropuertos y en lugares públicos hay letreros que indican que está prohibido fumar, pero no respetan la restricción, el humo de cigarro es un acento en el paisaje. 

Al ingresar al Museo Arqueológico de Estambul, un custodio me habló en turco y al decirle que era mexicano no lo creyó, me pidió ver mi pasaporte, lo tomó y con incredulidad me dijo “pareces kurdo”. Aprovechando la coincidencia, decidí acoplarme y utilizar un Jamadini kurdo que me anudé como pude en la cabeza, el mimetismo fue exitoso. En los bazares, en los tranvías y caminando, pasaba por un turco, aunque marginado porque los kurdos son una despreciada minoría, pero me sentía muy cómodo al transitar desapercibidamente. 

El camuflaje tuvo efectos inesperados y aunque había estudiado turco antes de visitar Turquía y me comunicaba elementalmente, la frase que más utilizaba era: “Affedersiniz, ben Türk değilim, Meksikalıyım” (disculpe no soy turco, soy mexicano) e invariablemente me respondían “narco, narco”, entonces reflexioné que en Turquía tenía un doble estigma: si me presentaba como mexicano me identificaban como narco y si me camuflaba como kurdo, entonces era ciudadano de segunda categoría. 

Esperando un vuelo en el fantástico aeropuerto internacional de Estambul, una mujer ataviada con una burka se aproximó a mi para preguntarme sobre la sala de espera de su vuelo y al evidenciarle mi nacionalidad, contrariada se retiró, le vi solamente los ojos pero intuí que pensaba que era turco y que bromeaba para no responderle. 

En ese primer viaje, una mañana en Ankara, me dirigía a visitar el Museo de las Civilizaciones de Anatolia para conocer las figuras en cerámica de las frondosas y sensuales mujeres de la ciudad de Çatal Hüyük, cuando de pronto, en el Boulevard Atatürk, ubiqué en una esquina a un ciego que solicitaba ayuda para atravesar la transitada avenida. Noté que nadie lo auxiliaba, por lo que decidí acercarme a él. En su mano izquierda llevaba una enorme bolsa de plástico y en la derecha su bastón, balbuceando un elemental turco le ofrecí ayudarlo a atravesar la avenida, al escuchar mi acento me preguntó: “Sen Kimsim?” (¿Quién eres?) y le respondí “Ben Meksikalıyım” entonces se puso rígido, lentamente cambió su bolsa de mano, con la izquierda blandió su bastón en señal defensiva y se desplazó 5 pasos de costado, me ignoró y solicitó nuevamente auxilio para atravesar.

Sí hasta los ciegos toman precauciones por la fama que tenemos los mexicanos, decidí explorar territorios que no me recomendaban, como los barrios árabes de la ciudad de Konya. Entré a un baño en un restaurante y, cuando salí, pregunté cuánto debía pagar, me dijeron que nada y al saber que era mexicano me ofrecieron dos falafeles, que son unas croquetas en forma de albóndigas elaboradas con garbanzos, comino, perejil y ajo; una delicia, no me permitieron pagarlas. Caminé por una estrecha calle donde había ropa tendida en las ventanas y balcones, la basura de plástico pululaba y luego se arrinconaba en los intersticios de puertas y coladeras. En el techo de una cisterna que impedía el paso peatonal por la banqueta, unos inquilinos habían colocado un deshilachado sofá azul en el que dormitaba un gato. Las calles eran ligeramente inclinadas y las motocicletas surcaban zigzagueando entre los vehículos estacionados como quien desciende en un slalom gigante. Me dio hambre después de la degustación de las falafeles y calles más adelante ingresé a un restaurante popular, estaba lleno y había que ordenar primero en la barra; cuando fue mi turno, pedí un clásico Döner Kebab, una ensalada y una orden de cuatro falafeles. Me respondieron en árabe, al saber que era mexicano, los comensales que estaban en la fila me pidieron una selfi con ellos, el dueño del restaurante salió de su oficina, lo primero que me dijo fue “Hugo Sánchez, Real Madrid, Chicharito” y me acompañó a una mesa, luego me invitó una sopa de lentejas argumentando que era una receta antigua y uno de sus mejores platillos. Estaba realmente deliciosa, luego me sirvieron la comida que había ordenado acompañada de otros platillos que no había pedido advirtiéndome que eran cortesía de la casa. Entre bocado y bocado, de pronto y desde la barra, los dependientes me gritaban en árabe “marhaban sadiqi almaksikiu” (hola amigo mexicano). Al pagar, me preguntó el cajero qué cuál platillo me había gustado más, le comenté que los falafeles, entonces le gritó a un dependiente que me envolvieran 4 falafeles para llevar… me sentía abrumado con tanta generosidad. Antes de salir saqué de mi cartera unos billetes para dejarles propina a los meseros y dependientes, ávidamente tomó los billetes el dueño, se los embolsó y me dijo en árabe: “allah maeak” (Dios esté contigo).

En otra ocasión visité la costa mediterránea y pasé unos días con los gitanos turcos, les llaman romanlar, son de piel blanca, cara redonda y profundos ojos azules. Las mujeres son tan cautivadoras como enigmáticas, inspiran respeto porque prescinden de la aceptación masculina y desafían con una mirada profunda a quienes las observan; se ocupan desde el amanecer en tareas domésticas y elaboran deliciosas “bazlamas” que son como unas tortillas gigantes de harina de trigo. A los romanlar les resultaba intrascendente mi nacionalidad, de hecho, todas las conversaciones conducían invariablemente a venderme un servicio turístico, comida, artesanía o realizar algún intercambio, mis camisas chiapanecas les eran interesantes. Mentían con un envidiable cinismo y al igual que los tabasqueños o los veracruzanos, cuando pierden… en realidad empatan. Fueron los únicos turcos que noté con ansiedad, quizá por su tendencia al materialismo y al consumo.

La ciudad de Mardin se ubica a 190 kilómetros de la frontera con Irak. Se construyó empotrada en una colina, sus calles son estrechas y laberínticas. Contiene el mayor número de iglesias cristianas de Turquía, se come espectacularmente y es común encontrar grupos de amigos departiendo todo el día en las tiendas de abarrotes donde venden cervezas. Una noche salí a caminar y me encontré con un grupo de jóvenes adolescentes que estaban preparando “sish kebab” que son unas deliciosas brochetas al carbón, me acerqué para degustarlas y nuevamente al preguntarme de dónde era me dijeron “narco, narco” intenté explicarles que no lo era, pero insistieron diciéndome que en México todos son narcos y que por eso me admiraban… Luego, uno de ellos sacó el celular y me mostró videos de los estadios de fútbol mexicanos donde el público escenifica la famosa “ola” que fue un invento de los creativos de la Coca Cola pero que nosotros nos la apropiamos como tantas otras tradiciones que luego transfiguramos. 

Para visitar los sitios arqueológicos paleolíticos cercanos a la ciudad de Urfa, es preciso rentar un automóvil y recorrer decenas de kilómetros en una zona desértica, allá, en medio del vacío, sigue siendo potente la señal de la Internet. Una tarde, al regresar a Urfa, dejé el vehículo rentado en el estacionamiento cercano a mi hotel, vi un simpático perro que de pronto se acercó a mi para recibir algunas caricias, le pregunté el nombre del canino a Ahmet, el encargado del estacionamiento, se llama Chapo —me dijo— ¿y por qué tiene ese nombre? Porque por las noches se desata y se escapa. 

En un segundo viaje caminaba por la famosa calle peatonal “Istiklal” en Estambul. De pronto ví a un payaso que estaba realizando un video promocional, en una pausa de la producción cruzamos la mirada, lo saludé y él asintió, me dijo merhaba y al contestarle con mi acento, me preguntó si era español, le dije que no, que era mexicano, entonces nuevamente lo mismo: narco, narco…!!! Pidió a un fotógrafo de la producción que nos tomara una fotografía y luego yo tomé otra, después me percaté que estaba haciendo un gesto como si fumara un toque de marihuana… Continuará… 

Facebook: La Covacha del Aj Men  

LEA TAMBIÉN: