La combinación de escasez, presión social y aislamiento internacional refleja el agotamiento de un modelo que enfrenta la necesidad de transformarse, con la posibilidad de un proceso de apertura que privilegie la soberanía y evite soluciones impuestas desde el exterior
SALVADOR CANTO / EQUIPO DE INVESTIGACIÓN DE EL DESPERTADOR
El socialismo latinoamericano atraviesa en 2026 el momento más crítico de su historia reciente; luego de que por décadas se presentó como una alternativa de justicia social frente al modelo liberal dominante, hoy evidencia un claro declive. La caída, el debilitamiento o el endurecimiento de gobiernos en países como Venezuela, Cuba y Nicaragua no solo reflejan el agotamiento de un modelo político y económico, sino también una reconfiguración del mapa ideológico en la región, donde emergen nuevas izquierdas más moderadas, en contraste con estructuras tradicionales cada vez más cuestionadas.
En este escenario, el caso cubano se erige como el más representativo y simbólico. La isla enfrenta una crisis estructural marcada por escasez de alimentos, inflación persistente, apagones prolongados y una parálisis productiva sostenida. A ello se suma la presión de Estados Unidos mediante sanciones económicas que han limitado el acceso a financiamiento y recursos estratégicos, agravando las condiciones de vida. También se han registrado episodios de suspensión del servicio de internet, lo que incrementa el aislamiento y reduce las oportunidades económicas y sociales.
El deterioro ha dejado de ser un fenómeno interno. La migración se ha convertido en la principal válvula de escape. Entre 2021 y 2024, más de 850,000 cubanos ingresaron a Estados Unidos, principalmente por la frontera con México, en el mayor flujo migratorio reciente de la isla. Si se consideran los desplazamientos hacia América Latina y Europa, estimaciones independientes elevan la cifra a más de 1.5 millones de personas fuera del país en los últimos años. Este proceso ha impactado incluso la demografía nacional, con una reducción significativa de la población en edad productiva.
La diáspora cubana es hoy la evidencia más contundente del deterioro. No se trata únicamente de exilio político, como en décadas pasadas, sino de una migración masiva impulsada por la necesidad de sobrevivir. Además de la pérdida de capital humano, ha generado una ruptura familiar profunda. Las remesas se han convertido en un sostén económico clave para quienes permanecen en la isla, al tiempo que evidencian una creciente dependencia de ingresos externos.
México, y particularmente Quintana Roo, se han convertido en un punto clave donde esta situación se hace visible. En pleno centro de la ciudad, en las supermanzanas 23 y 24, se ha consolidado un corredor urbano donde la presencia cubana es visible en comercios, viviendas y espacios de convivencia, configurando una dinámica social propia, que ya es conocido popularmente como “la Pequeña Habana”.
Claves para entender el modelo: socialismo vs capitalismo

El socialismo plantea que el Estado controle los sectores estratégicos de la economía para garantizar una distribución equitativa de la riqueza. Su objetivo central es reducir desigualdades mediante el acceso universal a servicios básicos. En contraste, el capitalismo se sustenta en la propiedad privada, la libre competencia y la generación de riqueza como motor del desarrollo.
Durante décadas, el modelo socialista en América Latina se posicionó como alternativa frente a contextos de desigualdad. Sin embargo, su implementación ha enfrentado una disyuntiva entre progreso e igualdad. En la práctica, esta tensión ha derivado en economías con altos niveles de control estatal, pero con baja eficiencia productiva, lo que limita el crecimiento y reduce la capacidad de innovación.
Incluso generó fenómenos como el llamado “turismo revolucionario”, donde simpatizantes internacionales visitan enclaves ideológicos —desde Cuba hasta movimientos como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas— atraídos por la narrativa de liberación social.
En el caso cubano, estas tensiones son evidentes. La centralización económica ha restringido la iniciativa privada, reducido la capacidad de adaptación del sistema y limitado el crecimiento. En los últimos años, la economía no ha logrado recuperar los niveles alcanzados luego del breve restablecimiento de relaciones con Estados Unidos en 2014, durante la presidencia de Barack Obama. Posteriormente, a partir de 2019, se registró un nuevo declive, cuando Donald Trump, en su primer periodo presidencial, volvió a endurecer las sanciones contra el régimen.
A pesar de ello, el modelo también mostró logros relevantes: la erradicación del analfabetismo, así como el desarrollo de escuelas de alto nivel en medicina, artes, música y deporte. Sin embargo, estos avances no se tradujeron en un sistema sostenible, y hoy incluso estos sectores muestran deterioro ante la crisis económica.
Hoy, el debate no es ideológico, sino práctico: si el modelo puede sostener condiciones de vida dignas en un entorno global competitivo. Para una parte creciente de la población, la respuesta se refleja en una decisión concreta: migrar.
El repliegue del socialismo en América Latina
En 2026, los gobiernos de corte socialista en América Latina enfrentan un retroceso sostenido, marcado por derrotas electorales, crisis internas y un creciente aislamiento internacional. Lo que durante la década pasada se consolidó como una alternativa política regional hoy sobrevive en núcleos cada vez más reducidos y bajo presión constante.

En Venezuela, la caída de Nicolás Maduro abrió una etapa de transición incierta, con reconfiguración institucional y fuerte injerencia externa de Estados Unidos. En Cuba, el gobierno de Miguel Díaz-Canel enfrenta problemas graves que han generado una fuerte presión social, con protestas, incendios de edificios y manifestaciones por los apagones y la escasez de alimentos. Por su parte, Nicaragua, bajo Daniel Ortega, mantiene el control político con altos costos en legitimidad.
El factor externo ha sido determinante. La política más agresiva de Estados Unidos ha intensificado sanciones y presión directa en la región. No obstante, especialistas coinciden en que las debilidades internas de estos modelos han sido igualmente decisivas en su desgaste.

En paralelo, México ofrece un caso particular: aunque no se define abiertamente como socialista, su gobierno de izquierda retoma elementos históricos del pensamiento social, desde el cardenismo impulsado por Lázaro Cárdenas hasta las corrientes partidistas del siglo XX. Experiencias como el Partido Popular Socialista (PPS), el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), el PRD y actualmente Morena reflejan una continuidad ideológica que ha evolucionado sin desaparecer del escenario político nacional.
Este contexto responde a un fenómeno más amplio: el “efecto péndulo” regional, donde el electorado alterna entre izquierda y derecha en función de resultados concretos más que por afinidad ideológica. El resultado es una región fragmentada y en transición, donde el socialismo ya no marca la agenda continental, sino que se adapta, se modera o retrocede ante nuevas exigencias sociales.
México en la encrucijada: entre la soberanía y la presión hemisférica
En medio del retroceso de los gobiernos socialistas en América Latina, México se posiciona como un actor incómodo y estratégico. Sin asumirse abiertamente como parte del socialismo del siglo XXI, su cercanía histórica y política con Cuba, así como su insistencia en la soberanía regional, han tensado su relación con Estados Unidos.

Bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum, esta postura se ha mantenido, pero las señales políticas trascienden lo institucional. Recientemente, el expresidente Andrés Manuel López Obrador reavivó el debate al afirmar: “Me hiere que busquen exterminar […] al hermano pueblo de Cuba”, evocando además la postura de Lázaro Cárdenas durante la Invasión de Bahía de Cochinos: “su suerte es la nuestra”.
Este posicionamiento no está exento de riesgos. México mantiene una profunda dependencia económica con Estados Unidos, lo que convierte cualquier fricción diplomática en una amenaza potencial.
En un entorno regional cada vez más polarizado, esta relación puede traducirse en presiones indirectas o “invasión suave”: desde medidas comerciales como aranceles hasta restricciones en sectores estratégicos, como el turismo, a través de alertas de seguridad emitidas por el Departamento de Estado que podrían afectar el flujo económico en zonas clave como Quintana Roo.
Así, México enfrenta una disyuntiva compleja: sostener su política de soberanía y afinidad histórica con Cuba sin comprometer su estabilidad económica, en un escenario donde cualquier decisión puede escalar a nivel regional.
La diáspora cubana: el síntoma más contundente
La diáspora cubana es hoy la evidencia más clara del deterioro. No se trata ya únicamente de exilio político, como en las primeras oleadas migratorias de los años sesenta y setenta, sino de una migración masiva impulsada por la necesidad de sobrevivir.

Previo al regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, se estima que fueron más de 850,000 cubanos los que migraron a ese país entre 2021 y 2024. Este fenómeno, constante durante décadas, se ha intensificado en los últimos años, consolidándose como uno de los procesos migratorios más prolongados y significativos del continente.
La diáspora no solo implica movilidad, sino también pérdida de capital humano y fragmentación social. Además, ha generado una ruptura familiar profunda, donde generaciones enteras quedan separadas entre la isla y el extranjero. Las remesas se han convertido en un sostén económico clave para quienes permanecen, pero también evidencian la dependencia de ingresos externos. Este proceso transforma no solo la economía, sino la identidad misma de la sociedad cubana, cada vez más marcada por la migración.
Cancún: el rostro visible de la crisis
México, y particularmente Quintana Roo, se han convertido en un punto clave donde esta crisis se hace visible. En Cancún, el impacto ya forma parte del paisaje cotidiano. En zonas como las avenidas Yaxchilán y Uxmal, así como en la supermanzana 23, el acento cubano es común en restaurantes, negocios y viviendas compartidas por migrantes que buscan reconstruir su vida tras largos trayectos marcados por la incertidumbre.

A esta zona se le conoce desde hace algunos años como “la Pequeña Habana”, por esa particular concentración de población cubana.
Cientos de miles de cubanos han cruzado el país durante los últimos años con la intención de llegar a Estados Unidos. Sin embargo, el endurecimiento de las políticas migratorias a partir de que Donald Trump asumió la presidencia, en enero de 2025, ha provocado que muchos permanezcan en territorio mexicano, y Cancún se ha convertido en uno de los destinos donde han decidido establecerse.






El equipo de investigación de El Despertador recorrió la zona y constató la presencia de una comunidad cubana que, en muchos casos, ya se ha asentado de forma permanente.
Dentro de los negocios que han abierto no solo hay restaurantes, venta de ropa, calzado y electrodomésticos, sino también establecimientos dedicados a la comercialización de productos esotéricos, así como servicios de lectura de cartas, entre otros.
Presencia de la mafia “cubano-americana” en Cancún
Dentro de la migración cubana también existe una cara incómoda y pocas veces narrada: la de quienes, desde la propia diáspora, han tejido redes de abuso, control y lucro a costa de sus compatriotas. No todos huyen para empezar de nuevo; algunos han convertido ese mismo éxodo en un negocio clandestino.

La travesía no termina al tocar tierra. Para muchos migrantes, el arribo a las costas de Quintana Roo —especialmente en Isla Mujeres— marca apenas el inicio de un capítulo más oscuro. Lo que parecía una promesa de libertad se transforma, en cuestión de horas, en una red de miedo y sometimiento. Algunos llegan desde la isla mediante rutas clandestinas; otros sobreviven al mar en balsas improvisadas. Sin embargo, en tierra firme, varios son interceptados por estructuras criminales que operan con precisión: retenciones, extorsiones y amenazas que los convierten en mercancía dentro de un sistema ilegal.
Cancún se ha consolidado como un nodo clave de estas operaciones, donde durante años la línea entre omisión y complicidad institucional ha sido difusa. El caso del pelotero Yasiel Puig ilustra la dimensión del fenómeno. En 2012, tras salir de Cuba con la promesa de llegar a las Grandes Ligas, fue trasladado a México y retenido en una casa de seguridad mientras terceros negociaban su destino.


Años después, la confesión en Estados Unidos del empresario Gilberto Suárez, quien se declaró de conspiración y tráfico humano por el caso del beisbolista, confirmó la existencia de estas redes. El patrón se repite: migrantes atrapados en circuitos donde su vida tiene precio. En enero pasado, la captura de Remigio “N”, vinculado a una red cubano-americana y a una filial del Cártel de Sinaloa, evidenció que esta dinámica aún está lejos de desaparecer.
Contradicciones del modelo cubano: entre logros y colapso
El caso de Cuba está marcado por profundas contradicciones. Durante décadas, el régimen proyectó avances significativos en educación, salud y cultura, posicionándose como referente en la erradicación del analfabetismo y en la formación de profesionales en medicina, artes y deporte.

Sin embargo, estos logros conviven hoy con un deterioro evidente. Instituciones que antes eran símbolo de excelencia enfrentan carencias materiales, pérdida de calidad académica y prácticas informales derivadas de la necesidad económica, como pagos extraoficiales o intercambio de favores.
A nivel estructural, el modelo también evidencia una dualidad. Mientras el discurso oficial promueve igualdad, en la práctica existe una élite política con acceso a privilegios, recursos y condiciones de vida muy por encima del promedio de la población.
Figuras históricas como Fidel Castro y Raúl Castro consolidaron un sistema de control centralizado, donde incluso aspectos cotidianos estaban sujetos a dinámicas de poder cerradas.
Este contraste se refleja en la vida diaria: mientras una minoría mantiene acceso a bienes y servicios, la mayoría enfrenta escasez, apagones y limitaciones constantes. La existencia de mercados paralelos y redes informales evidencia que el propio sistema ha generado mecanismos alternos de subsistencia fuera del control estatal.
Más que un modelo homogéneo, Cuba se presenta hoy como un sistema fragmentado, donde coexisten logros históricos, desigualdades internas y un desgaste estructural que pone en duda su viabilidad a futuro.
Del mito revolucionario al desgaste estructural
Desde la revolución encabezada por Fidel Castro, Cuba construyó un sistema que durante décadas fue símbolo de resistencia y soberanía. Sin embargo, ese modelo dependió en gran medida de apoyos externos: primero de la Unión Soviética y posteriormente de Venezuela, además de vínculos económicos y políticos con España que contribuyeron a sostener sectores clave como el turismo y la inversión extranjera.

La desaparición o el debilitamiento de estos respaldos dejó expuestas las debilidades estructurales de la economía cubana, mientras sectores estratégicos como el turismo continúan rezagados.
Bajo el gobierno de Miguel Díaz-Canel, el sistema se mantiene, pero enfrenta un deterioro evidente marcado por la rigidez institucional, el control estatal y la falta de incentivos productivos. A ello se suma la brecha entre la élite política y la población, así como una creciente desconexión generacional.
El resultado es un modelo que sobrevive, pero con menor legitimidad y mayor presión interna por cambios estructurales profundos.
Radiografía de la crisis
La crisis cubana no se mide únicamente en indicadores macroeconómicos, sino en la vida cotidiana. La escasez de alimentos, medicamentos, gasolina e incluso de servicios básicos como salud y agua potable se ha vuelto recurrente.


A esta situación se suma el deterioro de servicios públicos esenciales como la recolección de basura, la infraestructura urbana y la protección civil ante derrumbes, lo que refleja un desgaste estructural del Estado.
El colapso energético agrava el panorama. Cuba requiere alrededor de 110,000 barriles diarios de petróleo, pero enfrenta déficits constantes.
Ante estas condiciones, la economía informal se ha consolidado como un mecanismo de supervivencia. El mercado negro se ha vuelto omnipresente: desde alimentos hasta combustible, pasando por servicios básicos, lo que evidencia una contradicción central del sistema, donde el control estatal coexiste con una economía paralela indispensable para subsistir.

En este contexto, la vida cotidiana se organiza en función de la escasez: largas filas, racionamiento y estrategias informales para acceder a bienes básicos forman parte de la rutina. Esta dinámica no solo impacta la economía familiar, sino también el tejido social, al generar frustración, desigualdad y una creciente percepción de abandono institucional.
¿Perestroika o colapso? El futuro inmediato de Cuba

La perestroika —término ruso que significa “reestructuración”— fue un proceso de reformas impulsado por Mijaíl Gorbachov a partir de 1985 en la Unión Soviética. Surgió en un contexto de estancamiento económico, baja productividad y creciente descontento social. Tras la muerte de Leonid Brézhnev y los breves gobiernos de Yuri Andropóv y Konstantín Chernenko, Gorbachov apostó por transformar el sistema sin desmantelarlo de inmediato. La perestroika buscaba liberalizar la economía mediante una apertura limitada al mercado, mientras que la glásnost promovía mayor transparencia y participación política. Aunque no pretendía abandonar el socialismo, sí cuestionó prácticas heredadas desde la era de Iósif Stalin y abrió la puerta a cambios estructurales que terminarían acelerando el colapso del sistema soviético.



Hoy, en medio de su crisis estructural, Cuba enfrenta una disyuntiva similar. En círculos políticos y académicos ya se habla de una posible “perestroika cubana”: una apertura gradual, controlada desde el propio Estado, que permita reformas económicas sin una ruptura inmediata del sistema político. Este modelo implicaría flexibilizar sectores productivos, ampliar el papel de la iniciativa privada y ajustar el marco legal para atraer inversión, sin perder el control central.
Sin embargo, la experiencia soviética también advierte sobre los riesgos. Procesos diseñados para estabilizar pueden terminar acelerando transformaciones más profundas de lo previsto. En el caso cubano, el desgaste acumulado —escasez, migración y presión social— podría convertir cualquier reforma en un detonante de cambio mayor.
Más que una decisión ideológica, el futuro inmediato de Cuba parece depender del ritmo y la profundidad de sus reformas. La verdadera incógnita no es si el cambio llegará, sino si ocurrirá como una transición ordenada desde dentro o como un colapso que rebase al propio Estado.

Datos curiosos del poder en Cuba: entre el mito y las contradicciones
La historia del gobierno cubano bajo Fidel Castro, Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel está rodeada de relatos que contrastan con la narrativa oficial de austeridad. A continuación, algunos de los más llamativos:
1.- Jardines de la Reina: el paraíso reservado
El paradisiaco archipiélago de Jardines de la Reina fue considerado durante años un espacio prácticamente exclusivo para Fidel Castro. Mientras gran parte de la población enfrentaba restricciones pesqueras, este ecosistema se mantenía intacto y accesible solo para el líder y sus invitados.
2.- ¿Dobles presidenciales?
Según testimonios de colaboradores cercanos, como el exguardaespaldas Juan Reinaldo Sánchez, Fidel habría utilizado dobles en momentos clave para evadir posibles atentados. Esta estrategia se complementaba con un complejo sistema de seguridad que incluía túneles y refugios en La Habana.
3.- Más de 30 residencias ocultas
Lejos de la imagen de austeridad, diversos reportes señalan que Fidel Castro contaba con una red de más de 30 propiedades distribuidas por la isla. Muchas incluían comodidades como piscinas, helipuertos y clínicas privadas. Su residencia principal, “Punto Cero”, era un complejo altamente resguardado.
4.- Seguridad extrema como estilo de vida
El líder cubano evitaba rutinas: dormía en distintas casas, cambiaba constantemente de ubicación y mantenía un esquema de movilidad impredecible. Todo ello reflejaba un entorno de alerta permanente.
5.- Raúl Castro: discreción con privilegios
Aunque con un perfil más bajo, Raúl Castro mantuvo acceso a residencias exclusivas, especialmente en zonas rurales o de alta seguridad. Algunas propiedades, según reportes, eran accesibles únicamente por aire o bajo estrictos controles militares.
6.- El poder económico de los militares
Durante el mandato de Raúl, las Fuerzas Armadas ampliaron su influencia económica, controlando sectores clave como el turismo y el comercio, lo que consolidó una élite con acceso diferenciado a recursos.
7.- La “nueva generación” y el exterior
Bajo Miguel Díaz-Canel han surgido señalamientos sobre vínculos de familiares de altos dirigentes con estudios o actividades en el extranjero, lo que contrasta con las limitaciones migratorias que históricamente han enfrentado muchos cubanos.
8.- Las Navidades suspendidas
Entre 1969 y 1998, el gobierno de Fidel Castro eliminó oficialmente la Navidad, argumentando razones económicas y políticas. La celebración fue restituida tras la visita de Juan Pablo II a la isla, en enero de 1998.
9.- Caravanas de lujo en medio de la escasez
Mientras el transporte era limitado para la población, Fidel se desplazaba en caravanas de vehículos blindados, incluidos modelos de Mercedes-Benz. También se le veía conduciendo jeeps militares, reforzando su imagen de líder activo.
10.- El contraste como constante
Más allá de cada anécdota, estos datos reflejan una constante: la distancia entre el discurso de igualdad y las dinámicas internas del poder en Cuba, donde la élite ha operado bajo condiciones muy distintas a las del ciudadano común.

Desde la mesa de redacción de El Despertador se considera que la transformación de Cuba no debe construirse desde la imposición ni desde la fuerza, sino desde la voluntad de su gente, acompañada por la comunidad internacional. No se trata de repetir errores del pasado ni de trasladar tensiones geopolíticas al Caribe.
Desde México, y como testigos de nuestra historia, se sostiene una postura clara: la solución no está en una invasión, ni en bloques ideológicos, ni en nuevas dependencias. Está en el diálogo, la transparencia y la cooperación internacional.
Una transición acompañada, vigilada por la prensa, respaldada por organismos multilaterales y abierta al mundo fortalecerá no solo a Cuba, sino a toda la región.
Porque, al final, la estabilidad de la isla también es la estabilidad del Caribe, y ese es un interés compartido.
10 PUNTOS CLAVE PARA UNA TRANSICIÓN EN CUBA SIN INTERVENCIÓN MILITAR
1.- ¿Es necesaria una intervención de Estados Unidos para cambiar la situación en Cuba?
No. Una intervención militar no solo es innecesaria, sino que podría agravar la crisis humanitaria y política. La salida debe construirse desde la autodeterminación del pueblo cubano.
2.- ¿Qué modelo de cambio podría explorarse sin romper la soberanía?
Un proceso similar a la perestroika impulsada por Mijaíl Gorbachov, pero adaptado al contexto cubano: reformas económicas graduales, apertura política controlada y una transición ordenada.
3.- ¿Qué papel puede jugar la Organización de las Naciones Unidas?
Actuar como árbitro y acompañante del proceso de transformación, no como fuerza de ocupación. Puede facilitar acuerdos, verificar compromisos y contribuir a la estabilidad.
4.- ¿Qué otros organismos internacionales podrían intervenir?
Organismos como el Comité Internacional de la Cruz Roja podrían supervisar el sistema de salud y garantizar que no existan crisis humanitarias ni uso indebido de recursos médicos.
5.- ¿Cómo atender la crisis alimentaria durante la transición?
A través de acuerdos humanitarios multilaterales con países como China y otros donantes, que permitan garantizar el abasto de alimentos básicos mientras se estabiliza la economía.
6.- ¿Es viable integrar a Cuba en un sistema financiero internacional distinto al estadounidense?
Sí. Cuba podría explorar vínculos con mecanismos financieros de la Unión Europea para acceder a financiamiento sin depender de Estados Unidos ni aumentar tensiones geopolíticas.
7.- ¿Qué papel juega la base de Guantánamo Bay Naval Base en este escenario?
Debe formar parte del debate internacional. Su existencia simboliza tensiones históricas y su revisión podría integrarse en una negociación más amplia sobre soberanía y seguridad regional.
8.- ¿Cómo garantizar que la transición sea transparente?
Mediante la apertura a medios de comunicación nacionales e internacionales, así como la conformación de comisiones independientes de periodistas que documenten el proceso en tiempo real.
9.- ¿Qué rol deben tener los medios, intelectuales y plataformas digitales?
Fundamental. Desde periodistas hasta líderes tecnológicos como Elon Musk y Mark Zuckerberg podrían contribuir a garantizar acceso abierto a internet, libertad de expresión y flujo de información.
10.- ¿Cuál debe ser la postura de México ante este escenario?
Una posición neutral, basada en la no intervención y el respeto a la soberanía, coherente con su tradición diplomática y el principio de autodeterminación de los pueblos.

