Inosente Alcudia Sánchez
Joaquinón era un experto: un generoso chorro de Bacardí blanco en la copa rebosante de hielo, unas gotas de limón y Coca-Cola hasta llenar el vaso —alto, de cristal delgado—. Lo preparaba él para no fallar en las medidas y, en sus últimos años, lo aderezaba con un shish de agua mineral Peñafiel, para él la mejor del mundo. Me entusiasmaba verlo preparar su cuba libre, porque era el preámbulo de larguísimas y fantásticas pláticas en las que no había lugar a dudas: él era el protagonista. Eran narraciones en primera persona que nos hipnotizaban. Pero hoy voy a hablarles de otra Cuba, que me emocionó igual cuando conocí aquel alto edificio art decó, en La Habana, coronado por una enorme imagen de murciélago que alguna vez brilló con luces de neón.
Fui un socialista precoz. Mientras mis compañeros se ocupaban en lo propio de la edad (enamorar chicas, jugar béisbol, pensar en qué iban a estudiar), yo me afanaba en comprender las leyes del materialismo histórico y, aunque fuera desde la retórica —imberbe miliciano de la palabra—, en apoyar al salvadoreño FMLN y al primer gobierno sandinista que, encabezado entonces por el joven revolucionario Daniel Ortega, enarbolaba las banderas de libertad, democracia y justicia social. Eran los años de la preparatoria y, quizás, todavía el mundo era campo propicio para alimentar utopías. Estaba distante la caída del muro de Berlín y la URSS encarnaba, en su fría lejanía, la promesa de una sociedad igualitaria: ese pedazo de paraíso donde, suponíamos, el hombre no era lobo del hombre.
Con la perspectiva que da la edad, entiendo que esa inclinación formaba parte de las contradicciones biológicas y de la lucha hormonal propias de la adolescencia. Sin embargo, con la guía del profe Waldemar Noh Tzec —que sabía leer más allá de las consignas—, exploré textos que me fueron útiles más allá de mi prematuro enamoramiento ideológico.
En esos años, nuestra Ítaca estaba cerca: tenía forma de caimán y era una isla, Cuba. No había socialista en el continente que no deseara desembarcar en La Habana, capital de las ilusiones de la fraternidad latinoamericana. Fui de los afortunados que pudo cumplir ese sueño cuando aún mantenía la beligerancia anticapitalista. Llegué a una ciudad gris, de arquitectura impresionante y bella, aunque en franco deterioro, pero rebosante de vitalidad y, seguramente, de alegría. Eran los años previos al llamado “Periodo Especial en Tiempos de Paz” y, con el apoyo de la Unión Soviética y la solidaridad de muchos países, el régimen cubano llevaba a cabo su experimento revolucionario: un furor abolicionista de la propiedad privada, de las clases sociales, de los privilegios y, subrepticiamente, de derechos y libertades. Todavía con el germen contestatario corriendo en mis venas, disfruté ese encuentro con la utopía: canciones, grafitis, consignas, discursos. Además, el seminario que cursé me dotó de herramientas académicas muy útiles en mi formación profesional.
Con los años, el estudio y la experiencia, se fue apagando el fervor idílico por los experimentos revolucionarios y, como muchos de mi generación, tras la caída del muro de Berlín y el fracaso del modelo socialista, asumí el liberalismo como la vía menos pedregosa para avanzar en los caminos del desarrollo. Por motivos laborales volví a la isla muchos años después. Me sorprendió el avance turístico: Cuba se había metido en las grandes ligas, con hoteles enormes, restaurantes lujosos, bares emblemáticos y discotecas donde sonaban los éxitos del momento, además de sus atractivos culturales y naturales. Tenía nivel para competir con cualquier destino del Caribe y representaba un desafío latente para el turismo mexicano, aunque limitado por el embargo comercial estadounidense, que contenía el flujo de visitantes. Aun así, en la isla se acumulaban inversiones privadas europeas y, año con año, llegaban por cientos de miles turistas del Viejo Continente.
El impulso económico del turismo no alcanzó para detonar otros sectores, ni para sacar de la pobreza a la mayoría de la población, ni para abrir el sistema político. Y así encontró a los cubanos la pandemia de Covid-19, primero, y el endurecimiento de la política estadounidense durante el gobierno de Donald Trump, después, agravando las fallas de un sistema claramente disfuncional.
Es difícil conciliar la Cuba que aparece en las noticias —apagones, basura, miseria— con la Cuba luminosa que guardo en la memoria. En estos días leo Ir a La Habana, de Leonardo Padura, y resulta sobrecogedora su descripción del proceso de degradación que ha padecido la isla en los últimos sesenta años. Tal vez Cuba ha llegado a un punto límite desde el cual tendrá que reinventarse para recuperar, por fin, la libertad y la prosperidad que el régimen le arrebató y que durante tanto tiempo le ha prometido.


