HAROLD AMÁBILIS
TENABO.- En el corazón del barrio Jacinto Canek, en Tenabo, una tradición se mantiene viva gracias al esfuerzo de una familia que ha custodiado por décadas la devoción al Cristo del Amor. En casa de doña Juanita Uc Basulto, la fe se respira y la tradición se renueva para el goce de los locales y visitantes.
La historia de esta imagen religiosa comenzó hace más de un siglo, cuando el suegro de doña Juanita encontró la figura enterrada en la base de una penca. Al principio solo asomaba una patita, como de niño. Con cuidado, dejó el machete y empezó a raspar la tierra con sus propias manos hasta que la imagen quedó al descubierto. La llevó a su casa, la limpió con alcohol y algodón, y ahí empezó una historia que hoy cumple varias generaciones.
La suegra de doña Juanita lo vio claro desde el primer momento. “Ese santito es muy milagroso”, dijo. Y propuso hacerle nueve noches de novena. Él aceptó. Así nació un compromiso que con el tiempo se convertiría en la tradición más importante de la familia.
Los años pasaron. La novena se repitió cada año, con veladoras, flores y música. Las muchachas bailaban en la puerta, los vecinos llegaban con arreglos y promesas. El sábado de gloria se volvió el día más esperado. La imagen salía de su nicho, se llevaba a la iglesia y regresaba entre el bullicio alegre de quienes se reunían para celebrar.
“Ya estoy viejita”, dice doña Juanita con una mezcla de emoción y paz. “Casi no veo. Pero ella aprendió, porque me ayuda cuando rezo. Si yo falto, ya hay quien sepa”.
En la casa, el Cristo descansa en su nicho la mayor parte del año. Solo sale para el novenario. Cada noche, una veladora arde junto a él. Doña Juanita no ha dejado de prenderla ni un solo día. La fe, para ella, se demuestra en pequeños gestos que se repiten sin falta.
Recuerda con nostalgia las señales que ha recibido. Una vez, al terminar la novena, una rosa blanca se desprendió sola de un arreglo. Rodó hasta caer. Ella la besó y le preguntó al santito por qué había botado su flor. Meses después, falleció su suegro. En otra ocasión, la mesa donde colocan la imagen chilló como si algo se anunciara. Poco después murió su suegra. También la corona del Cristo cayó el día que falleció un nietecito. Para doña Juanita, esos momentos confirman que la imagen está viva en su casa, que siente y advierte.
Cada año, la ropa del Cristo se renueva. La gente trae las vestimentas como parte de sus promesas. El cabello que alguna vez donó un niño inocente se sigue guardando en una bolsa, porque también eso forma parte de la historia. Y aunque la figura ya tiene pelo, la costumbre se mantiene.
Cuando llega el sábado de gloria, la casa se llena. Los conjuntos tocan, las muchachas bailan, los vecinos se reúnen. A las dos de la tarde, cuando la imagen regresa de la iglesia, ya esperan los tacos y los refrescos. La fiesta se extiende hasta que el cansancio empieza a ganar la calle.
Doña Juanita sabe que la gente de Tenabo espera este momento. Cada año le preguntan: “Doña Juanita, ¿cuándo empieza la novena?”. Y ella responde con la misma calma de siempre, invitando a todos a participar. “Ya saben que son bienvenidos”, dice.
En una ocasión, un señor de fuera pidió llevar la imagen para tomarle fotos. La vistieron con sus estandartes, la llevaron hasta el Santuario del Cristo Negro, Señor de San Román, en Campeche, y la gente se acercaba a mirarla, a persignarse, a sonreír. Doña Juanita recuerda ese día con orgullo, como aquellos ecos del pasado que dejaron una huella en el corazón en los tenabeños.
Hoy, doña Juanita sigue rezando. En su voz se escucha el peso de los años y también la ternura de quien ha visto crecer una tradición desde sus raíces. Su hija ya sabe los cantos, los misterios y las oraciones. En algún momento, ella tomará el relevo.
Al despedirse, doña Juanita sonríe y agradece. Sabe que su historia no es solo suya. Es la historia de un barrio, de una familia, de un Cristo encontrado entre pencas que hoy mueve la fe de Tenabo. Y mientras haya una veladora encendida y alguien que sepa rezar, la novena seguirá cumpliéndose cada año, como ha sido desde el principio.





