11 octubre, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

Enciendo la computadora y me avisa que es día de Acción de Gracias. La fecha no está en mi catálogo de celebraciones, pero sé que es la fiesta más importante en Estados Unidos. En redes sociales circulan publicaciones alusivas y, ni modos, me detuve a ver algunas. Resumo: el festejo nació en 1621, cuando colonizadores celebraron junto a los nativos una buena cosecha, en un gesto de cooperación y gratitud. En 1863, Abraham Lincoln lo convirtió en un feriado nacional anual, como una medida para unir al país ante la Guerra Civil. A la fecha, es un día que reúne familias y amigos que comparten alimentos, agradecen por los beneficios recibidos y reflexionan sobre las adversidades superadas. Es una convivencia de gratitud, afectos y unidad.

He suspendido, entonces, la redacción de mi artículo semanal y, sin proponérmelo, me ensimismé en un ejercicio de búsqueda de gratitudes que inesperadamente se volvió interminable. He descubierto que, si no me detengo a pensar en ello, no habría encontrado el inventario de bendiciones que me han traído hasta aquí. Me han sobrecogido las oscuridades, pero los amaneceres han sido luminosos y vastos. Las tormentas han sido sólo preámbulos de días soleados y, en la balanza, aun en los resquicios más duros del infortunio, los motivos de gratitud se multiplican, se vuelven una avalancha multicolor que pinta el día de un júbilo nuevo, escondido atrás de las emergencias cotidianas.

Creo que todos deberíamos concedernos un día al año, una hora al día, nomás para agradecer y, con ello, regocijarnos en el repaso de las bondades que nos regala la existencia. Repasar a diario lo bueno que nos ha pasado y dar gracias desde nuestro yo más íntimo hoy me ha parecido la más elemental y fuerte de las terapias para afrontar los inevitables embates de esas malas horas que, ni modos, siempre nos acechan.

Han sido, estos, tiempos difíciles. Pero, quizás, nunca ha habido tiempos fáciles. Cada quien, desde su propia trinchera, libra sus batallas, sobrevive, vive. Al fin y al cabo —decía el poeta— la única ciencia es sobrevivir, y cada uno lo hace como puede. Por eso siempre habrá motivos para agradecer. Declárenme, entonces, agradecido por el miedo que obligó a mi padre a cobijarme en su regazo y por el miedo —que es el mismo— que obligó a mi hijo a buscar cobijo en el mío.

Hay tantas cosas por las que uno debería agradecer, más allá del pan de cada día y del milagro que es soñar la vida, que ahora entiendo a los vecinos del norte: como el recalentado del guiso que más nos agrada, festejar los buenos momentos es un gozo concentrado que nadie debería perderse.

Me declaro, entonces, un hombre agradecido.

Evoco luciérnagas escondidas entre la claridad de lunas llenas y oscuridades iluminadas por el Camino de Santiago. También vuelven a mí la estridencia de tragos y cigarros de noches irrepetibles y la ansiedad de aquella mañana soleada de noviembre cuando Daniel comenzó a iluminar con su presencia el mundo. Nublada la mirada, empañado el vidrio de la incubadora que lo protegía de las amenazas de la intemperie, sollocé, y mis lágrimas de agradecimiento se extendieron hasta el sol de hoy.

No he celebrado el día de Acción de Gracias. Y, sin embargo, qué gratificante ha sido mirar hacia atrás y reconocer que, incluso en los días más duros, algo ha brillado para mantenerme en pie. Agradecer, al final, es otra forma de seguir viviendo.

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