17 julio, 2026

De Descartes y otros escenarios – La Covacha del Aj Men

Claudio Obregón Clairin

En Piedra de Sol, Octavio Paz dictó la sentencia: “Para que pueda ser he de ser otro, / salir de mí, buscarme entre los otros, / los otros que no son si yo no existo, / los que me dan plena existencia”. Es una recreación metafórica que embelesa, pero también aturde: salir de mí y buscarme entre los otros conlleva dependencia y apego emocional; la realidad es que “los otros” ya existían y existirán después de mi último pensamiento. Subjetivo y limitado creer que “los otros” son una experiencia generada en el interior de mi ser y encuentro carente de verdad que me dan plena existencia: el anacoreta prescinde voluntariamente de los demás para realizarse.

Entre 1600 y 1602, William Shakespeare escribió “Una tragedia de venganza” y en la reflexión del personaje Hamlet colocó el soliloquio: ¿ser o no ser? Esa es la pregunta. Y cuando soy me pregunto ¿cómo soy? En un marco histórico y en “Meditaciones del Quijote”, Ortega y Gasset confiesa: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Aunque las circunstancias son circunstanciales, alejadas de mí mismo y mi voluntad me permite evolucionar, entendiéndolas, pero también ignorarlas o trascendiéndolas.

Para renovarse, los pensamientos de los europeos del siglo XVII indagaron en los clásicos. La reforma protestante eliminó a la unidad europea; los seres de aquellos soles se reconocieron insignificantes delante al cosmos. A la Tierra se le concedió un lugar de comparsa en el concierto planetario y se descubrieron nuevos territorios. En el centro de las confusiones y renovaciones, apareció René Descartes, quien buscó respuestas en los libros y en sus reflexiones, más tarde, decidió explorar un método que pudiera dar sentido a la existencia.

Descartes buscaba absolutos y tuvo la idea de otorgarle a la filosofía el grado de exactitud matemática, fundamentando así la fe de la razón. Según él, toda actividad de la conciencia supone la existencia de un Yo que piensa, que duda, que engaña… Entonces se puede dudar de todo menos de lo que pensamos, por tanto, existimos. Ahora bien, para pensar se precisan ideas y Descartes se preguntó: ¿de dónde salen las ideas? Concluyó que nos son innatas. 

René recopiló los conceptos de San Anselmo y valiéndose de silogismos determinó que la idea más perfecta es la existencia de Dios, por tanto, Dios existe porque sería un absurdo que la idea más perfecta que se puede pensar no existiese. Dios garantiza que nuestra razón no se equivoca y a través de ella podemos volver tangible la verdad. René aseguró que los seres humanos tenemos la misma razón, lo cual es inexacto ya que los razonamientos están influenciados y hasta condicionados por nuestro marco cultural y por el espíritu de cada época, de tal suerte que lo que para unos puede ser normal para otros se revela inaceptable. Descartes publicó en 1637 un método que resultó más bien un recurso para sustentar al monoteísmo católico. Descartes determinó que pensando se existe y hay un único camino para la interpretación de la verdad.

Espejos

Físicamente, el pensamiento se crea en nuestro cerebro por una actividad bioeléctrica, los pensamientos pueden considerarse una expresión de la realidad y también crean a un pensador que conduce nuestros actos y se confronta con las emociones. Dejar de pensar es un gran desafío y en ocasiones, cuando se logra, nos despojamos del pensador que nos guía y accedemos a la sensación de vivir en la unicidad, dejamos de dudar y de creer que las creencias son sólidas e inmutables. 

Descartes fue un gran pensador, pero condicionó la existencia a un único marco de referencia, lo que resulta inexacto frente a la diversidad religiosa mundial. Su influencia filosófica ha condicionado a Occidente a entender que su verdad es la única que puede considerarse válida, por lo que su razonamiento se torna fundamentalista.

En el Museo del Hombre en París se exhibe el cráneo de Descartes, descubrimos que en él, fueron inscritos los nombres de las personas que lo tuvieron en su custodia. Resulta fascinante que los museógrafos lo colocaron junto al esqueleto de un chimpancé que parece mirarlo con compasión, a una reproducción de un alegre orangután y  está acompañado de una talla en madera de un ídolo africano. Alejado de su percepción del origen humano y de la razón que sustenta al monoteísmo, actualmente el padre del racionalismo teológico católico reposa en un marco evolutivo y fetichista. 

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Fotografías Claudio Obregón Clairin

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