Inosente Alcudia Sánchez
Al principio, en las pláticas de patio a patio mientras lavaban ropa, algunas mujeres explicaban que, acosada por tanta y tan contradictoria información religiosa que inundaba las calles, doña Chonita —objetivo recurrente de los predicadores de todos los cultos—, en sus desvaríos presintió la cercanía del fin del mundo y se autonombró elegida para edificar el navío de salvación de los poquísimos justos que todavía quedaban en el pueblo.
Empezó la misión nomás con sus hijos, limpiando la ladera del cerro donde levantaría la nave, y contándole a todos, hasta a quienes no querían escucharla, que el fin del mundo estaba a la vuelta de unos meses, y que era indispensable construir un barco que salvara a los creyentes. Un diluvio se avecinaba —así lo predijo—, una tormenta que borraría el mal de la faz de la tierra y dejaría el suelo propicio para la siembra del bien. Ella escuchó “la voz” varias noches: la instruyó, le explicó que en la historia de los hombres no había lugar para otra Sodoma y que la tempestad se acercaba, inevitable. Conocía las dimensiones de la nave y hasta dibujó, en una hoja de papel de la cocina, la fachada del barco con sus velas y las ventanitas de sus camarotes.
Doña Chonita sabía lo que hacía. Por las tardes acarreaba tablas carcomidas del aserradero, emparejaba el piso y arrancaba piedras, y al mismo tiempo intensificó la propaganda del diluvio en el comedor de la compañía chiclera, donde hostigaba la conciencia de los hombres solos, y en las viviendas donde las mujeres andaban siempre con el Dios en la boca hasta no ver regresar a sus maridos del trabajo en el monte. A la carrera, contrastando su prisa con la floja parsimonia de los misioneros, recorría desde muy temprano las blancuzcas calles del pueblo, compartiendo de casa en casa la revelación divina. Mientras para los predicadores el fin de los tiempos no era asunto de urgencia terrenal, para doña Chonita la tormenta universal estaba a la vuelta de los días.
Alertados por el tufo a cocina que la acompañaba, muchos vecinos cerraron sus puertas para evitar las letanías de la iluminada. Sin embargo, la indiferencia y las burlas iniciales no la desanimaron. Al paso de las semanas, su terquedad mereció elogios y su profecía obtuvo la merced de la duda cuando no regresó al trabajo de la cocina y se dedicó, con sus cinco criaturas, a acelerar la construcción del navío de la esperanza.
Así como en las cárceles no hay culpables, en el mundo no hay inocentes.
Poco a poco, primero a escondidas para evitar bromas o regaños, luego a la vista de todos, los pobladores entregaban sus donativos para comprar las lonas de las inacabables velas, clavos y tornillos de todas las medidas, cebo para ablandar las cuerdas y petróleo para proteger la madera. En los bolsillos nunca faltaban unas monedas para contribuir al sustento de la profetisa y, por cualquier cosa, asegurar un lugarcito en el galeón de las ilusiones.
Sólo los adventistas no sucumbieron a la tentación del barco: ellos esperaban un torbellino de fuego para el que cualquier navío resultaba inútil. Los demás aportaban sin reparos sus centavitos y, en los ratos libres, se sumaban a las tareas constructivas que, a pesar de la urgencia, se atrasaban por variaciones en las medidas o por la confusión al interpretar las instrucciones sagradas que doña Asunción copiaba con una caligrafía incomprensible hasta para los más leídos.
Curiosamente, a los pobladores originarios tampoco los contagió la fiebre del fin del mundo. No conocían los barcos y con trabajo les alcanzaba la imaginación para concebir el mar; aun así, les parecía insensato que un corral de piedras, tablas y horcones pudiera llegar a flotar, aunque fuera en aguas plácidas.
El caso es que, al paso de los meses, doña Asunción había ganado más adeptos que cualquiera de las religiones del poblado. Un gentío permanente de hombres y mujeres, bajo el sol o la lluvia, se ocupaba a diario en labores de calafate y elevaba plegarias para ganarle tiempo al diluvio.
Ella parecía estar en todas partes: acompañando a los que entonaban un himno o a quienes rezaban, discutiendo con los carpinteros las dimensiones de las ventanas y marcando los puntos para coser las velas, probando la comida de los que trabajaban jornada doble, predicando desde un extremo del barco acerca de la oscuridad que envolvería al mundo y de las olas inmensas que muy pronto destruirían todo. De la miedosa y urgida guisandera no quedaba ni el olor: hablaba con voz firme y alta, se soltó el cabello para que el viento lo moviera a su gusto y, en lugar del mandil percudido, se había enfundado una bata blanca, limpia, que era muestra de su nueva condición en la tierra. Sólo la Carlota y su caravana de chamacas hicieron un alboroto parecido, pero fue mucho tiempo después.
El comisario Doroteo Pech se enteró rápido de los afanes de doña Asunción. Al día siguiente de su arribo, en su primera borrachera en el pueblo, escuchó del capataz de la compañía chiclera la historia de la cocinera desquiciada que había resultado más viva que sus burlones malquerientes y llevaba meses sacándole dinero a casi todos, sin que hubiera consejo que hiciera entrar en razón a la bola de fanáticos del Apocalipsis.
Mientras policías, guardaespaldas y chicleros espantaban murciélagos y ratones, reparaban puertas y clavaban láminas en el remozamiento de la comisaría, agasajado con los olores de un venado que se cocía bajo tierra envuelto en hojas aromáticas, el comisario se enteró de los anuncios del fin del mundo y de la nueva secta que había formado doña Asunción, la profetisa, a quien de un día para otro se le apartaron los miedos y ahora llenaba cubetas con las limosnas de sus adeptos. Decían los donantes que había tantas monedas y joyas que podrían significar un lastre excesivo para la flotación del navío.
Ya de noche, con el ánimo encendido después de una comida de reyes y con un litro de ron blanco entre las tripas, el comisario se asomó, acompañado de la sonrisa abotagada del capataz, al adoratorio en que se había convertido la colina donde se levantaba el adefesio que llamaban arca. Humeaban unas fogatas y había gente regada por todo el cerro: algunos oraban, otros platicaban en voz baja, como si se tratara de un velorio y no de la ruta de salvación.
La dirigente espiritual y material —escuchó el comisario, enternecido—, Asunción de los Ángeles, antes doña Chonita, no daba señales de vida desde el día anterior, y el rebaño intentaba ocultar el desconcierto que les ocasionaba la falta de pastor.
Conmovido por la sincera aflicción de los creyentes, el comisario Doroteo Pech suspiró desde el fondo de la borrachera:
—Hay que enrumbar a este pueblo.
Tenía razón. Los adeptos pasaron semanas haciendo turnos de oración en espera del retorno de la guía, con la esperanza de verla salir del monte, aunque fuera temblorosa y sucia como antaño, sin que los alterara el escarnio de los adventistas, las burlas del padre Antonio o los consejos del capataz, quien aprovechaba sus ratos lúcidos entre borracheras para ir hasta el falso barco a intentar convencerlos de sus desvaríos.
El tiempo fue persuadiendo a la feligresía de la inutilidad de la espera, de lo falaz de la profecía, y con más vergüenza que rabia fueron dejando de asistir al adoratorio. Las rondas constantes de los agentes contribuyeron a que ese trago amargo no desembocara en algún hecho de sangre, y las reglas del comisario empezaron a ordenar la convivencia entre los esforzados chicleros y los oportunistas que nunca faltaban en los caminos de la montaña.
La autoridad prohibió los cultos en áreas públicas y las milicias de proselitismo que a cualquier hora obstruían el libre tránsito en las calles y violaban la intimidad de solteros y familias. Como estas medidas afectaban sobre todo a los protestantes, el comisario arrebató el monopolio de la iglesia al padre Antonio y convirtió el alargado salón en un templo donde todas las creencias y ritos tenían cabida, siempre y cuando se solicitara su uso con anticipación y se pagaran los derechos correspondientes. Además, emitió un reglamento con los requisitos para los servicios religiosos: dos puntos eran innegociables, recoger la basura y no hablar mal de ningún vecino.
Las nuevas condiciones volvieron obligatorias las limosnas, y la asistencia a misas y cultos fue disminuyendo hasta hacer poco rentable la prédica. En poco tiempo, los líderes protestantes abandonaron el pueblo y el padre Antonio recuperó para siempre la exclusividad católica del templo.
Con la ayuda de chicleros, policías y guardias del capataz, rápido arreglaron la destartalada casa donde el comisario instaló su oficina y su vivienda. En el corredor colocó una mesa para atender los asuntos del pueblo, y a un cuarto mandó tapiarle la ventana y ponerle una puerta con barrotes para que funcionara como cárcel. A pesar de las tablas descoloridas y de las manchas de óxido en las láminas de zinc, la casa despedía autoridad: era como una amenaza para las malas intenciones.
—La ley es la ley —les soltaba el comisario a los ebrios impertinentes y a los peleoneros cuando intentaban evitar la prisión, la multa o acarrear agua desde la laguna hasta los depósitos de la comisaría, sanciones invariables para quienes quebrantaban las reglas con que don Doroteo Pech devolvió el carácter de pueblo a lo que se había convertido en refugio de malandrines y buscadores de fortuna.
Igual que doña Chonita y los protestantes, sin despedirse se largaron los que vivían de la venta clandestina de alcohol o de los juegos de azar, los prestamistas y quienes disfrutaban de una libertad mal habida. La llegada del doctor Isaac, primero, y de la Carlota, años después, hizo creer a muchos que el pueblo había agarrado rumbo.


