La gente feliz no crea civilizaciones. La justicia es una aspiración humana que se sustrae de una realidad siempre inequitativa y violenta.
La culpa pertenece a la moral que la sostiene y no de quien la percibe. Fue así como Seneca, por ejemplo, instruyó a Nerón cuestionándole “quién eres y qué quieres”, al llegar al Poder, en algún momento, el Emperador reflexionó al respecto y decidió matar a su madre; después obligó a un estoico suicidio a su tutor.
Cuando la interpretación de la existencia parte del individuo y de su individualidad, ocurre que el absolutismo, la frustración y el desencanto acechan a su Ego, es por ello que además de cuestionarse delante al espejo y a futuro, es preciso preguntarse también: ¿qué es qué y quién es quién? Sin embargo, las preguntas no siempre contienen respuestas para comprender la realidad, en ocasiones, percibir es suficiente.
Perseguir obcecadamente a la iluminación o a la luz, irremediablemente nos conduce a la ceguera: reconocer nuestras sombras, aceptarlas haciéndolas propias, nos libera de los dogmas y de la simulación; entendemos la bipolaridad del pensamiento humano y advertimos la irracionalidad de nuestras conductas, tocamos con nuestros pensamientos una atmósfera de desapego y de libertad, pero por ningún lado avistamos a la justicia.
El orden jerárquico y violento del universo es propio de la conducta humana por ello no existe —ni existirá jamás— la justicia que por definición se le considera ciega y, como no ve, actúa en función de los intereses de quienes transitoriamente ocupan su gerencia. La justicia tiene su bemoles, por ello, amar al prójimo y procurar el bien, es lo deseable, hacer lo contrario, es lo normal.
Mircea Eliade reflexionó que somos lo que somos por haber matado al otro y luego compartir los alimentos e Ikram Antaki sugirió que desde el punto de vista vocal estamos emparentados con las aves pero en actitud, con los felinos. De sus conclusiones deconstruyo que estamos como estamos por la calidad de nuestros pensamientos y por la intencionalidad de nuestras palabras que condicionan a nuestras emociones y éstas dirigen a nuestros actos; me intriga observar que, a pesar de nuestra capacidad de estar conscientes de nuestra conciencia, algunos de nuestros hábitos atentan contra nuestras vidas, nos regodeamos en violentas imágenes y vamos perdiendo la capacidad de asombro.
Cuando nuestro desarrollo intelectual nos permitió colocar a nuestros predadores en jaulas, coliseos y zoológicos, no tuvimos de quién defendernos, empezamos entonces eliminamos a nuestros iguales como un reflejo natural de la violencia cósmica que nos constituye y que sustenta a la primera certeza universal: el movimiento.
Nada se destruye ni desaparece, sino que todo se transforma concluyó Einstein, pero le faltó puntualizar que en medio hay una muerte. Percibiendo ésta realidad y la inmensidad del universo, podríamos reconsiderar la falsa sensación de sentirnos eternos y comprender que desperdiciamos nuestros instantes entregando nuestro corazón a emociones y a obsesivos pensamientos ubicados en abstracciones y en recapitulaciones de lo que debiera ser o no fue, de lo que debe ser justo, es más, desearíamos proclamarlo en un enunciado, en un pronunciamiento o en una ley que por ley es igual para todos pero para algunos es más igual que para otros.
La Justicia no es justa, simplemente es una abstracción de una aspiración humana que genera insatisfacción y también una desenfocada interpretación del devenir del universo, de las sociedades y de nosotros mismos.
Fotografía: Claudio Obregón Clairin
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