12 abril, 2026

De los golpes al reglamento, la vida de Florentino López Cruz

Sergio Masté

* El comisionado de box, lucha libre y MMA en Benito Juárez forjó su camino entre la adversidad, el ring y la docencia.

La vida de Florentino López Cruz parece escrita entre rounds, sacrificios y segundas oportunidades. Originario de Chahuites municipio de Oaxaca, en el Istmo de Tehuantepec, su historia comenzó entre mangos y carencias, pero también entre sueños grandes. A los 13 años emigró a la Ciudad de México, donde enfrentó discriminación y violencia escolar que lo obligaron a cambiar de rumbo. Fue entonces cuando el deporte de contacto decidió como refugio… y como destino.

Primero inspirado por figuras como El Solitario y Ángel Blanco, el joven Florentino pretendió entrenar lucha libre pero no le fue posible. El box lo encontró en el gimnasio Jordán, primero para una forma de defenderse y salir adelante. A los 15 años ya tenía licencia profesional y subía al ring con determinación, acumulando peleas en distintos estados del país. Sin embargo, un duro golpe —literal— cambiaría su historia: una fractura de mandíbula durante una prueba en Chiapas lo obligó a dejar el boxeo competitivo, truncando su sueño de gloria sobre el cuadrilátero.

Lejos de rendirse, retomó los estudios hasta convertirse en maestro, profesión que lo llevó en 1983 a Quintana Roo. Desde poblaciones apartadas como Isla Holbox hasta escuelas técnicas en Cancún, dejó huella durante más de tres décadas como docente. Paralelamente, el deporte nunca se fue del todo: el boxeo regresó a su vida desde otra trinchera, ahora como formador, promotor y autoridad.

Fue en Cancún donde el destino le tenía guardado su verdadero combate: la refereada. Desde finales de los años 90, López Cruz se abrió paso como réferi, enfrentando escenarios difíciles y ganándose el respeto función tras función. Con más de mil 500 peleas profesionales en su trayectoria, incluyendo combates de campeonato mundial, su nombre cruzó fronteras y llegó a países como Colombia, Guatemala y Estados Unidos. A pesar de los reflectores, nunca perdió la sencillez: el maestro que rotulaba lanchas y daba clases en comunidades apartadas es el mismo que dirigió combates de alto nivel. Su historia no solo habla de boxeo, sino de resiliencia, de un hombre que convierte cada golpe de la vida en impulso para seguir de pie.

EL VETERANO DEL RING AHORA LIBRA BATALLAS POR LA JUSTICIA

Lejos de los reflectores del ring, Florentino López Cruz enfrenta hoy una de las peleas más complejas de su vida: dirigir con ética y humanidad la Comisión de Box, Lucha Libre y Artes Marciales Mixtas en Benito Juárez. Reconoce que su nueva responsabilidad pesa más y paga menos, pero implica decisiones que pueden cambiar destinos. “Ahora me toca velar por los muchachos”, afirma, al recordar que muchos pugilistas inician sin recursos, con entrenamientos precarios y apenas unos pesos en el bolsillo. Por ello, no duda en apoyar de su propia mano, incluso perdonando pagos de licencias o gastos, consciente de que cada peso puede significar comida o preparación para quienes sueñan con una oportunidad.

Su visión está marcada por lo vivido: jornadas con hambre, entrenamientos sin dieta y combates por apenas 200 pesos. Hoy, desde su cargo, busca evitar abusos, resistiendo presiones, intentos de soborno y hasta amenazas. Relata episodios tensos dentro y fuera del cuadrilátero, donde la integridad deportiva ha estado en juego, pero mantiene firme su postura: “No vendo decisiones”. Incluso ha tenido que salir disfrazado de una arena tras disturbios, prueba de los riesgos que implica el oficio. Aun así, el amor al boxeo lo mantiene en pie, decidido a dignificar el deporte desde la base, proteger a los peleadores y demostrar que, más allá de los golpes, también se pelea por justicia.

SACRIFICIO, TRAMPAS EN EL RING Y…

López Cruz asegura que su principal misión es proteger al peleador, especialmente al que empieza desde abajo. “Hay muchachos que ganan tres mil pesos y si les quitas para licencias o salidas, los dejas sin nada. A veces uno prefiere apoyarlos”, explica, evidenciando la precariedad que aún persiste en el boxeo.

Pero el reto no termina ahí. Como autoridad, también le ha tocado enfrentar presiones, intentos de soborno y situaciones límite. Recuerda casos en los que entrenadores buscan “arreglar” resultados o esconder lesiones graves para no perder oportunidades. “A mí no me mueve el dinero. Si hay una fractura, se reporta. Primero está la salud del boxeador”, sentencia.

El experimentado referee también revela las “mañas” que aún rondan el deporte: desde vendajes manipulados para endurecer los golpes, hasta guantes alterados para reducir la protección. Prácticas ilegales que, asegura, pueden pasar desapercibidas si no hay vigilancia estricta en vestidores.

“Hay que revisar todo: cómo vendan, cómo amarran los guantes, quién está presente. Un descuido y se puede cometer una injusticia”, advierte.

Pese a los riesgos —incluyendo amenazas y salidas discretas tras funciones conflictivas—, López Cruz sigue firme en su labor. Lo mueve, dice, el amor por un deporte que también deja secuelas invisibles: dolor al comer, heridas que no sanan rápido y sacrificios que el público rara vez ve.

“El boxeo es un juego serio. Si lo haces, hazlo al cien”, aconseja.

Entre viajes, cursos internacionales y años de experiencia, su historia refleja que, fuera del ring, también se libra una pelea constante: la de mantener limpio un deporte que, como sus protagonistas, resiste golpe tras golpe.

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