GERARDO RUIZ
Mi historia familiar es como la de muchos mexicanos.
Crecí y fui educado en un matriarcado; era el más chico de la familia. Desde siempre admiré a las mujeres fuertes, capaces de realizar cualquier actividad o profesión, tal como lo hicieron las mujeres de mi entorno, comenzando por mi madre, a quien siempre respeté y admiré profundamente.
Todo iba muy bien hasta que empezaron a aparecer en la escena familiar los “cuñados”.
Cuñado que llegaba, cuñado que se sentía el “papá de los pollitos”. Pronto la autoridad y las decisiones del matriarcado dejaron de ser del todo de mi madre: comenzaron a estar influenciadas por mis hermanas, y ellas, a su vez, por los “cuñados”.
Viví una adolescencia difícil, pero agradezco esa experiencia: gracias a ella, al cumplir la mayoría de edad, decidí independizarme.
Cualquier semejanza con la realidad y la situación que hoy vive México no es mera coincidencia.
Desde hace tiempo se decía que el país necesitaba una mujer que fuera líder. Yo mismo lo deseaba, aunque con una advertencia: —Sólo espero que no sea como mi familia—.
Hoy, México tiene su primer mujer presidenta. Francamente espero que las órdenes no sean influenciadas por los fastidiosos y castrosos cuñados.
Y es que la independencia, sea personal o colectiva, no se trata sólo de romper cadenas visibles. Las verdaderas cadenas son invisibles: la costumbre, el miedo, la conveniencia o la manipulación.
Creemos tener libre albedrío, pero nuestras decisiones rara vez son completamente libres. Siempre hay algo —o alguien— que nos detiene: la opinión ajena, el deber moral, la necesidad económica, la lealtad mal entendida o la dependencia emocional.
La libertad plena es una ilusión peligrosa. Nos la venden como si bastara con decidir, pero decidir sin conciencia también puede ser una forma de esclavitud. La sociedad nos repite que debemos ser obedientes, prudentes, “cordiales”. Sin embargo, la cordura a veces es el disfraz más elegante de la sumisión. Nos enseñan a aceptar lo que hay, a no mover mucho la cuna para no despertar a quien duerme cómodamente sobre nosotros.
Tomar decisiones libres implica riesgo. Implica pensar, equivocarse, perder y volver a empezar. Quien actúa con autonomía puede parecer terco o insensato, pero también es quien abre camino. Porque la libertad sin acción no existe; sólo es un espejismo para mantenernos quietos.
Por eso insisto: para ser libre e independiente hay que actuar. Hay que decidirse a tomar acción, aunque la sociedad nos tache de rebeldes o locos. Al final, la locura más grande es seguir dormidos mientras otros mecen nuestra cuna.
X: @gruizCun
*Gerardo Ruiz Sánchez es presidente de la Red de Ciegos de Quintana Roo.

