6 septiembre, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

El profesor Waldemar Noh Tzec reunía a cuatro o cinco de sus alumnos y alumnas de la prepa para revisar y corregir sus poemas. Incluso llegó a organizar concursos con quienes habían entregado los mejores textos en la clase de Literatura. En aquellos tiempos, sus esfuerzos eran una anomalía en una comunidad dominada por las urgencias del día a día: ciertamente, los lodosos corrales de ordeña no eran el sitio más propicio para convocar a las musas, ni en la aldeana cultura predominante había mucho espacio para que floreciera la creación artística. Sin embargo, yo veía esos ejercicios como parte de las obligaciones de la clase y, muchos años después, descubrí que lo poco que conocía de poética lo había aprendido en esas sesiones que, sin saberlo, eran de un “taller literario”.

Yo sabía de otros talleres. Sabía, por ejemplo, del taller del sastre, adonde iba con mi hermano, antes de que aparecieran las boutiques, para que nos fabricaran y ajustaran los pantalones. También, frecuentaba un taller mecánico. En casa había una vieja camioneta Ford, amarilla, que por su edad y la rudeza de sus servicios requería reparaciones constantes. Una de mis tareas era llevar el armatoste al taller, un lugar donde los mecánicos sobrellevaban la vida entre el aceite y la grasa, escuchando música a todo volumen y fumando marihuana. Sus mejores horas de trabajo eran las de la mañana, antes de que los efluvios de la mota, aderezados con cerveza o licor, entorpecieran sus habilidades milimétricas, de cirujanos del metal. Entre otras cosas, ahí aprendí que, a pesar de la buena fama que gozaba en esos años, la yerba no era para mí. Nunca superé el asombro ante las habilidades de aquel sastre y de aquellos mecánicos, verdaderos poetas del corte y la costura, de la tuerca y el tornillo, respectivamente.

Con el gobierno de Enrique González Pedrero (1983-1987), la cultura adquirió en Tabasco un protagonismo inusitado. Un buen día, la imagen de las cabeceras municipales cambió por completo: habían amanecido con un edificio nuevo, la biblioteca pública. Aquello fue un acontecimiento comparable a que, hoy, todos los estudiantes hubieran recibido un dispositivo Kindle.

Casi al mismo tiempo que los libros que rebosaban sus anaqueles, llegaron a la biblioteca los Círculos de Lectura y, más tarde, un Taller Literario. Así, desde el cuarto semestre del bachillerato, me incorporé a las reuniones donde unos cuantos muchachos leíamos en voz alta nuestros escritos e intercambiábamos correcciones y críticas bajo la moderación de un Coordinador profesional, pagado por el gobierno. Al igual que en el taller mecánico, donde se desmontan y arman piezas, en el taller literario se revisan, corrigen y se reorganizan textos. Y casi todos funcionan igual: “Leemos por turnos y tenemos una copia del que leerá en ese momento. La lectura es en voz alta y los demás podemos escribir, tachar, anotar impresiones sobre el texto con el flujo de la voz. Después comentamos voluntariamente externando nuestra apreciación lectora y luego el maestro, el escritor al frente del taller, da una conclusión que recoge algunas de las cosas dichas y añade. Así nos provee de herramientas para mirar no solo el texto ajeno sino el texto propio. El dueño del texto habla hasta el final. Y solo si es necesario” (Irene Levy, El Universal). 

La maestra argentina Delia Samberino Birri fue la primera coordinadora del taller literario del pueblo. Le siguieron el escritor tabasqueño Ciprián Cabrera Jasso y el poeta ecuatoriano Fernando Nieto Cadena. Ella y ellos, junto con el profesor Waldemar Noh, contribuyeron a la formación de generaciones que, más allá de desarrollar habilidades literarias, adquirieron una sólida formación humanista.

Con el fin del gobierno de González Pedrero, también terminó el sueño cultural, y las bibliotecas y demás actividades culturales regresaron a la marginalidad acostumbrada en las prioridades gubernamentales.

Ya en la universidad, en Campeche, recuerdo haber acudido solo a una de las sesiones del taller que se efectuaba cada mes, con escritores enviados por el CONACULTA. Me tocó Daniel Sada, que en esos días se afanaba en la escritura de su novela Lampa Vida. Lo evoco corpulento y afable, con la respiración entrecortada y sudando a raudales en una de las crujías del claustro que alojaba a la Dirección de Cultura.

La verdad es que tanto las clases como el trabajo me exigían la redacción de textos en prosa y nada de versos, por lo que puse en pausa mis afanes de poeta y usé las metáforas para acicalar discursos e informes públicos. La tregua fue larga y se prolongó hasta finales del 2011, cuando me inscribí al proyecto cultural/literario más ambicioso que haya conocido: la Academia Literaria de Campeche, que coordinaría el escritor Jorge Volpi.

El proyecto, cuyo eje era, en esencia, un taller literario, tenía objetivos ambiciosos que trascendían lo estrictamente literario. Buscaba establecer en Campeche un centro de formación de escritores de altísima calidad, con instructores de prestigio internacional. Así, la Academia Literaria de Campeche atraería, a través de sus cursos, a estudiantes de todo el país y del extranjero, convirtiendo a la ciudad en un polo de atracción para el “turismo literario”. Además, la Academia establecería acuerdos de intercambio de alumnos y maestros con centros similares de América Latina, impulsaría convenios con diversos grupos editoriales para la publicación de las obras surgidas del trabajo de sus alumnos y promovería la organización de eventos de alcance nacional e internacional, como encuentros de escritores y seminarios especializados.

La primera sesión de la Academia fue multitudinaria. Sin embargo, en ese encuentro inicial, el maestro Volpi disertó sobre lo más denso de su ensayo “Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción”, lo que aminoró el entusiasmo de los asistentes y, al siguiente módulo, sólo acudimos menos de veinte empecinados transgresores del lenguaje que, casi indemnes, un año después llegamos al gratificante final de lo que sería el primer módulo de la célebre Academia Literaria de Campeche. Y digo gratificante porque, en recompensa a nuestra perseverancia –más que a nuestros méritos literarios–, clausuramos el curso con una comida en un prestigiado restaurante de mariscos.

Jorge Volpi hizo su trabajo: pocos nos enteramos, pero durante dos años, arribaron a Campeche muchos de los mejores escritores contemporáneos del país, así como otros provenientes de Sudamérica. En efecto, la ciudad colonial fue sede de un esfuerzo portentoso para la formación de escritores, de un proyecto cultural de gran alcance. Extraordinario. Visionario. Fallido.

Y aquí vamos, como el sastre y los mecánicos de antaño, afinando la imaginación y zurciendo textos con retazos de memoria.

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