Inosente Alcudia Sánchez
No recuerdo cuándo fue la última carta o telegrama que escribí. Supongo que fue por ahí de los 80 del siglo pasado, cuando todavía el amor ameritaba declaraciones que resultaban demasiadas onerosas para hacerlas en llamadas telefónicas de larga distancia. Pero mi evocación de las epístolas me lleva hasta la conmoción que causaban en mis días de infancia. Les cuento. En mis años de niñez, hasta donde me alcanza la memoria, pasaba largas temporadas en el rancho (un islote cercado por el río, un arroyo y pantanos que se extendían hasta el fin del horizonte) al cobijo de padre y del mayor de mis hermanos. En esos tiempos, lejos estábamos de cualquier asomo de civilización: Tepetitán, el pueblo en el que había nacido unos años antes, quedaba a unos ocho kilómetros de caminos sólo transitables a lomo de caballo. En Tepetitán estaban las tiendas de abarrotes, el mercado, la energía eléctrica, el telégrafo y el correo. De ahí partían, también, los autobuses que podían trasladarnos a destinos tan exóticos como Macuspana, la cabecera del municipio, o a Villahermosa que era cúspide de la inundable urbanidad de esos tiempos.
En el rancho, a lo largo del camino real, se sucedía un número infinito de postes de madera, negros por el alquitrán que los protegía de comejenes y pájaros carpinteros, que acarreaban dos cables por los que corrían miles de palabras que formaban frases entrecortadas que a velocidades inconcebibles se convertían en telegramas. Al menos eso me decía padre. A veces pegaba el oído a esos postes que eran un accidente en la fisonomía pantanosa del planeta y escuchaba zumbidos extraños, el ruido inentendible de mensajes que corrían con la urgencia que caracteriza por igual a las buenas y a las malas noticias. Había una temporada, probablemente en otoño, en que los cables se cubrían de miles y miles de golondrinas que descansaban durante varios días de su viaje por el mundo. Yo tenía prohibido molestar su reposo. Padre me había advertido sobre los dolorosos tumores que sufrían quienes se atrevían a fastidiar a aquellas pequeñas aves de paso que, por lo demás, eran inofensivas, pues se alimentaban de mosquitos y otros insectos que asomaban al anochecer.
En ese entorno, el telégrafo era algo más que especial. Sus operarios eran personajes superdotados, héroes de la comunidad, con la capacidad prodigiosa de traducir sonidos en puntos y rayas y estos en palabras. El telégrafo poseía, además, una cualidad selectiva: el cobro por palabras obligaba a contracciones gramaticales que podrían ser envidiadas por el propio Cervantes y su uso se reservaba para comunicados de emergencia. La normalidad no corría por los dos cables que unían el infinito: o era el presagio de la fatalidad o la inminencia de la felicidad.
A casa a veces llegaban telegramas. Mi hermano los recogía en el pueblo, cuando iba a comprar los enseres que demandaba nuestra existencia montuna. Así que, regularmente, las buenas noticias nos llegaban con varios días de atraso. Las malas arribaban a tiempo: el telegrafista, que a sus inconcebibles prodigios técnicos sumaba el valor de la discreción, conocía la intimidad de toda la comunidad de usuarios y valoraba la urgencia del comunicado. De tratarse de una emergencia, se las arreglaba para que avisaran al interesado que un telegrama con información fatídica lo estaba aguardando. Cuando el telegrama era transmisor de buenas nuevas, el operario se cuidaba de externar su contenido y aguardaba hasta que el interesado hiciera la visita rutinaria por las oficinas de correos y telégrafos.
Por lo general, mi hermano acudía al pueblo una vez a la semana y retornaba entrada la noche. Yo lo aguardaba con desaforado entusiasmo: sabía que, entre la carga de abarrotes, además del costal de galletas de animalitos vendría alguna bolsa de golosinas que dosificaría mi felicidad durante la próxima semana. Y, en ocasiones, a este entusiasmo se sumaba la incertidumbre de un telegrama. Invariablemente, estaba dirigido a padre y no recuerdo si mi hermano se lo entregaba sellado o ya leído. El caso es que, a la luz del quinqué, entre una tormenta de nervios, padre leía las escasas palabras y compartía su contenido. Padre guardaba por igual telegramas y cartas en un gran baúl de madera que hacía las funciones de caja fuerte. Creo que era una manera de preservar la cercanía de sus querencias, es decir, de mis hermanos que habían migrado lejos en pos de la educación que en aquellos rumbos era inexistente. Imagino que en ocasiones la nostalgia lo apretaba y, para superar el trance, releía los breves telegramas o las extensas cartas con las que mis hermanos le daban cuenta de cómo sobrevivían al otro lado del mundo. Por lo general, los telegramas eran portadores de buenas nuevas: casi siempre anunciaban la llegada de algún familiar, lo que daba inicio a una etapa de feliz espera.
Las cartas igual ameritaban una sesión especial. Aquel sobre que llegaba semanas o meses después de haber sido depositado en la inexplicable ranura de un mostrador de Correos de México, contenía un manojo de hojas manuscritas que eran una especie de ruta para trasladarnos en tiempo y espacio a la vida lejana de nuestros seres queridos. Con la emoción humedeciéndole los ojos, padre leía lento y en silencio. Después, nos compartía una lectura en voz alta, en la que se reservaba, seguramente, asuntos personales que le confiaban sus hijos. En lo que padre leía silente, yo revisaba el sobre: admiraba las letras diáfanas y grandes que nombraban al destinatario y las más pequeñas que, pulcras, describían al remitente. Siempre quise tener esa letra maravillosa que convertía a mis hermanos en héroes a quienes imitar. Los timbres eran fascinantes y ocupaban mi atención largo rato, hasta que olfateaba el sobre vacío en busca de algún olor de la humanidad de mis consanguíneos.
No fui un gran escribidor de cartas. En compensación, la vida me convirtió en un profesional de la redacción de oficios y memorándums. Lo que sí es que, en las mañanas en que recibo un whatsapp de mi hijo, viene a mí, desde el fondo de la memoria, la misma emoción con que padre alisaba, con sus manos temblorosas, las hojas dobladas que en un milagroso viaje le traían el lejano latir de sus querencias.


