SALVADOR CANTO

Octubre se pinta de rosa, las campañas se multiplican y los mensajes de prevención se repiten por todas partes. Pero el cáncer de mama no entiende de calendarios. Para quienes lo han enfrentado, como Perla Kumul Tuz, maestra quintanarroense y sobreviviente desde 2018, la lucha no dura un mes: se vive cada día.

Su historia es una lección de fortaleza, fe y esperanza, pero también un llamado a las autoridades y a la sociedad para que la prevención y la atención al cáncer sean permanentes, durante todo el año.

Ella es más que una sobreviviente: es una voz que exige empatía, acción y conciencia. Su historia nos recuerda que el cáncer no se combate con color, sino con compromiso, información y amor por la vida.

En entrevista para El Despertador de Quintana Roo, De Viva Voz afirma: “El cáncer me enseñó a vivir despacio y agradecer cada respiro. Porque después de tocar fondo, uno aprende a valorar hasta el aire que respira.”

—¿Cómo comenzó su historia con el cáncer de mama?

—Fue por casualidad. Un día estaba trabajando desde la cama y sentí algo raro en mi pecho. Llamé a mi esposo, nos asustamos y de inmediato fuimos al ginecólogo. Me mandaron a hacer estudios y el diagnóstico fue claro: cáncer de mama. Fue en 2018, y fue un golpe durísimo. Entré en shock, no pensé nada. Solo pensé en mis hijos, en mi familia. Ellos no podían verme caer.

—¿Había tenido antes el hábito de revisarse o hacerse chequeos médicos?

—No. Y eso fue parte del problema. Como muchas mujeres, me dedicaba completamente a mis hijos, a la casa y al trabajo, y me olvidé de mí. No tenía la cultura de la autoexploración ni de acudir al médico regularmente. Por eso es tan importante insistir en la prevención: si lo hubiera detectado antes, quizás no habría sido tan avanzado.

—¿Qué fue lo más difícil al recibir el diagnóstico?

—El impacto emocional. Sentí que todo se derrumbaba. No supe qué hacer. Pero al mismo tiempo pensé en mis hijos y eso me dio fuerza. Mi motor siempre ha sido mi familia.

—¿Cómo influyó su familia en su proceso de recuperación?

—Fue fundamental. Ellos me daban razones para seguir adelante todos los días. Veía su tristeza, pero también su esfuerzo por mantener la sonrisa, y eso me impulsaba a luchar. Mi esposo fue un gran apoyo; me dijo: “Tú enfócate en curarte, yo me encargo del resto”.

—¿Hubo momentos en los que pensó en rendirse?

—Sí, muchos. Hubo días en que lloraba sola, cuando todos dormían. Le pedía a Dios otra oportunidad para vivir. Ya no quería más agujas, más dolor, más quimioterapias. Pero luego pensaba en mis hijos y eso me levantaba. Mi fe y mi familia fueron mi fuerza para resistir.

—¿Cómo fue su experiencia con el sistema de salud?

—Difícil. Aunque tengo seguridad social en el ISSSTE, la atención tardó muchísimo. Cuando me diagnosticaron ya estaba avanzada, y no podía esperar. Empecé el tratamiento de manera privada, lo cual fue muy costoso. Cuando por fin me aceptaron en el ISSSTE, ya iba a la mitad de las quimioterapias.

El cáncer no espera a que te agenden una cita. Y los medicamentos son caros. Cuando hay desabasto, muchas personas no tienen otra opción más que comprarlos por su cuenta.

—¿Qué lección le dejó esa parte del proceso?

—Que el acceso a la salud no puede depender de trámites ni de tiempos administrativos. Hay que mejorar la atención y acortar los procesos. Una semana de retraso puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte.

—¿Recibió apoyo laboral durante su tratamiento?

—No el que esperaba. Soy docente y, por ley, tenía derecho a permisos especiales, pero en la práctica no los reconocieron. Pasé meses sin cobrar sueldo. Fue muy frustrante. Cada octubre vemos campañas, fotos, listones, pero en la realidad falta empatía.

—¿Qué mensaje le daría a las autoridades y a la sociedad?

—Que el cáncer no se combate solo en octubre. La atención, la información y la prevención deben darse todo el año. Hace falta más sensibilidad, más acompañamiento y mejor información para las personas diagnosticadas. Y también hay que recordar que el cáncer de mama no es exclusivo de las mujeres: los hombres también pueden padecerlo.

—¿Cómo cambió su manera de ver la vida después de superar el cáncer?

—Completamente. Ahora disfruto cada momento. Ver las nubes, respirar, comer, abrazar a mis hijos. Antes todo era prisa, trabajo, pendientes… ahora valoro cada segundo. Me volví más sensible, más agradecida. El cáncer me cambió la vida, pero también me la regaló otra vez.

—¿Qué consejo daría a quienes hoy están enfrentando un diagnóstico?

—Que no tengan miedo. Que se revisen, que acudan al médico y que no se rindan. El miedo paraliza, y a veces ese miedo es lo que nos impide actuar a tiempo. La autoexploración y la atención temprana pueden salvar vidas.

—¿Considera que octubre es suficiente para generar conciencia?

—No. Octubre ayuda, sí, pero no basta. Cada día hay más casos detectados, y muchos no saben qué hacer, a dónde acudir, cómo cuidarse o qué comer. Falta información y orientación constante. La prevención, la atención y la empatía deben ser de todo el año, no solo del mes rosa.

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