Inosente Alcudia Sánchez
Luego del ensordecedor bullicio diario del aserradero, una mañana el pueblo despertó aturdido por el silencio. Pero no era el silencio natural del principio, sino uno cargado de malos presagios. De repente, los pobladores originales se descubrieron poseedores de cosas inservibles, afectados de hábitos nuevos y, lo peor, sabiéndose pobres y víctimas del aislamiento que antes los había protegido. Sentimientos desconocidos se acomodaron entre ellos: lo que Richard, el gringo, llamaba “progreso” se convirtió en un espejismo que provocó malos humores, algo así como un novedoso estado de ánimo invento de mercaderes. Encandilados por las placenteras novedades que disfrutaron gracias al auge traído por los taladores, hubo días en que muchos se sumieron en los extravíos de la frustración y la desesperanza, dos aflicciones nuevas que les había heredado el progreso.
Ahí estaba pulcro lo que había sido el hospital, sin doctores ni medicinas, ni siquiera con un frasco de Merthiolate para pintar de rojo las heridas pequeñas; las casas bonitas convirtiéndose en nidos de comejenes y refugios de murciélagos; las herramientas que eran indispensables para los foráneos se transformaron en fierros inútiles, tiñéndose del inevitable óxido que infecta las cosas en desuso; la tienda era un local atascado de cartones y costales vacíos, dispuestos para dar cobijo a ratas y lagartijas; y el motor del aserradero yacía en quietud, como si se tratara de uno de esos animales muertos que se pudren en la intemperie. En un parpadeo el pueblo volvió a su origen aldeano, pero a sus habitantes se les apretaba el corazón cuando en las tardes se levantaban remolinos de polvo blanco en las calles solitarias. Sin gente que las habitara, era mayor el calor que soltaban los techos brillantes de las casas, y el silencio parecía un hueco que se tragaba el sonido de las voces. Así que nomás para evitar el peso de la nostalgia todos evitaban cruzar el pueblo.
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Poco después de la mudanza de los taladores mi padre me reveló su deseo de partir, de entregar el cuerpo al polvo y el alma a Dios, porque ya había conocido demasiado y no era bueno aferrarse de más a este mundo. Sus antepasados lo visitaban por las tardes y a la familia se le volvió normal descubrirlo en largas pláticas con nadie, poniéndose al tanto de los últimos chismes sobre parientes y conocidos muertos cuando él era niño. La casa se llenó de espíritus que tropezaban con los perros, que se gastaban el agua, que se la pasaban murmurando a nuestras espaldas, como si estuvieran en un velorio o a la espera de un parto.
Con todo y el acoso de sus fantasmas, mi padre se quedó unos meses a ayudarme a preparar la milpa, y otra vez, como en los viejos tiempos, agarramos el machete y el hacha, volvimos a rozar el mismo pedazo de monte que habíamos trabajado años atrás y que se había convertido en un acahual denso, y con fuego dejamos limpio el terreno, listo para la siembra de maíz y frijol, de calabaza y yuca. La verdad es que ardió bonito, como si la tierra estuviera ganosa de que le echáramos encima las semillas, pero mi padre ya no esperó a ver la cosecha, que ese año fue abundante.
Al amanecer de un día cuya fecha olvidamos para no cargar un mal recuerdo, mi padre se internó en la montaña, y no regresó. En vano lo buscamos durante dos semanas todos los varones de la aldea, azuzamos a los perros que eran capaces de rastrear la huella del más escurridizo de los tepezcuintes, disparábamos al aire en lo profundo de la montaña para enterarlo de nuestra presencia, encendimos fogatas en los alrededores del pueblo para que el resplandor pudiera orientarlo en la oscuridad y el humo durante el día, estuvimos atentos al vuelo de los zopilotes en espera de que nos guiaran a descubrir su cadáver, olfateamos los olores que nos traía el viento de la noche, pero el monte no nos devolvió su cuerpo. En efecto, la gente de esos tiempos tenía la mala costumbre de no morirse como Dios manda.
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Esa primera temporada sin los madereros las estrellas empezaron sus confusiones y llovió con tantas ganas que para octubre hasta habían germinado dentro de los costales los granos de frijol cosechados en junio, y los camotes, que son guías rastreras, tejían sus bejucos sobre las caobas. Se dejaron caer aguaceros intensos y prolongados, que eran precedidos por ventarrones que se anunciaban con un estruendo que sacudía a la montaña completa, y corríamos a guarecernos en el interior de la iglesia ante el temor de que nuestras chozas no resistieran la tempestad. El camino por el que las carretas acarreaban los árboles destazados y retornaban con sus cargas de mercadería, se sumergió en el lodo, y en poco tiempo las hierbas se encargaron de desaparecerlo, como si la naturaleza hubiera decidido hacer un borrón y cuenta nueva.
Así, nos volvimos a quedar solos, obligados de nuevo a vivir del monte. Y, por primera vez, nos descubrimos en el abandono, aislados y miserables. La vieja felicidad de sabernos protegidos con la bendición del monte, se nos había contaminado: las mujeres se quejaban de la falta de jabón para lavar la ropa y los platos; los niños añoraban los dulces y las galletas; los varones recordábamos los cigarros y el café; por la falta de condimentos todos sufríamos con el desabrido sabor de las comidas, y cuando los quinqués se quedaron sin petróleo hasta renegamos de la escasa claridad de los luceros y de la luna llena.
La remota y feliz prosperidad que nos dio el monte cedió su lugar al lamento: “y por qué no nos fuimos con los madereros del gringo Richard, aquí vamos a morir como animales, una cosa es ser indio y otra vivir como bestias, y a los pobres niños qué futuro les espera, en estos montes se trabaja como burro para nada”.
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Para marzo del año siguiente se había evaporado la humedad de los nortes intensos y la tierra otra vez estaba seca, lista para los calores demenciales de la canícula, y se podía caminar por la montaña sin que el barro te atara al suelo. La cosecha de maíz y frijol había sido buena y las matas de yuca no dejaban de crecer, por lo que avizorábamos un retorno a lo que habíamos sido hasta antes de que apareciera el gringo Richard con su carga de civilización.
Cuatro familias, las únicas que se habían mudado a las viviendas abandonadas por los taladores, fueron las que aprovecharon la sequía para salir de la montaña y marchar tras la ilusión de las galletas de soda. Eran de las últimas asentadas en la aldea, que llegaron huyendo, dijeron, de la embestida militar que finiquitó la guerra entre indios y blancos. Desde que aparecieron en la aldea, casi desnudos, se corrió el chisme de que eran ladinos, no de fiar, indios alzados tirados al monte por la fatalidad de la derrota y no por la decisión de recomenzar sus vidas.
Aunque mantuvieron la grosera costumbre de hablar mirando el suelo, no atentaron contra nadie y quizás entre ellos renegaban de las tareas comunales, pero nunca se rehusaron a acompañarnos de cacería ni a limpiar de hierbas los alrededores de la aldea. Se adaptaron bien al tumulto de los madereros y hasta encontraron conocidos de sus conocidos con los que platicaban para poner al día sus recuerdos.
Nos enteramos de su determinación de abandonar el pueblo e ir tras el progreso por la indiscreción de sus hijos más pequeños, que comentaban jubilosos lo cerca que estaban de volver a sentir el granulado amargodulce del chocolate y que comerían sal hasta escaldarse los labios y azúcar hasta que orinaran dulce.
Los papás nos lo confirmaron un día antes de partir: casi para el anochecer, los ocho adultos fueron de choza en choza a despedirse porque querían otro mundo para sus hijos, y “la verdad antes de remontarse ellos vivían muy bien en la ciudad y además el gobierno había cambiado y ahora sí los pobres tenían un mejor futuro y por eso iban a aprovechar la sequía para caminar sin lodo los varios días que los separaban de la civilización, y cuando decidan dejar estos mosquiteros nomás nos buscan, que estamos para ayudarlos; y ya nos vamos porque todavía hay que empacar y nos queremos ir antes del amanecer para aprovechar el tiempo, que no sé, pero como que de repente se va más rápido o se merma igual que el pellejo de cochino cuando se hace chicharrón”.
Y, efectivamente, cuando nos paramos a desgranar el maíz para hacer las tortillas y a partir calabazas para que comieran los marranos, ya se habían ido. Salieron con tanta urgencia que ni las puertas de sus viviendas aseguraron y alguien tuvo que ir a cerrarlas para que el viento no las aporreara. Y qué bueno que se fueron porque, como dirían las Sagradas Escrituras, se nos vinieron encima las vacas flacas, y si con buena cosecha se quejaban, ¡imagínalos sufriendo por la comida! Años después, algunos volvieron para la fiesta de la Asunción, y lo sé porque los reconocimos en las misas, orgullosos con sus camisas domingueras, y de ahí no volvimos a saber de ellos.



