Inosente Alcudia Sánchez
Pronto reanudó don Ciro sus quehaceres habituales en la milpa, aunque no volvió a ocuparse en las tareas de extracción del chicle. Sin embargo, a pesar de los lazos de confianza que construimos, siempre mantuvo una actitud distante, de enfermo y doctor, dirían algunos, como si el extravío en la montaña le hubiera descompuesto para siempre el espíritu. La falta de un hijo varón, además, le acrecentaba la sensación de ser un hombre incompleto. La estirpe es un poco la proyección del pretérito en el futuro y los apellidos cargan, para bien o para mal, la lápida de nuestro pasado. La falta de un heredero, entonces, era para don Ciro una de las peores condenas, la del olvido de la historia que lo había traído hasta el sol de hoy.
—La carencia de pasado —me aleccionó don Ciro— confiere a los hombres la ligereza errática de una hoja seca al aire.
De mi parte, si pudiese, habría aniquilado mi memoria, pero, a cambio, se la compartí en el entendido de que no encontraría nada rescatable. Y ello equilibraba nuestras pláticas: un desnaturalizado como yo, sin recuerdos salvables por transmitir; y él, un malogrado personaje que se ahogaba de historias que ameritaban la eternidad. En mi caso, se trataba de purgar lo que fui; en el de él, de recordar para conservar.
Se me volvió una rutina, también, apuntar en mis cuadernos de recetas algunos de los temas que conversábamos. Yo no hablaba su lengua, pero a lo largo de mis años en la montaña había aprendido lo elemental para comunicarme y, aunque don Ciro se daba a entender en español, aprovechaba sus pláticas para sumar palabras nuevas a mi vocabulario. Por las mañanas, en lo que esperaba a que apareciera algún paciente, me entretenía escribiendo las ideas y frases de la noche anterior que me parecían extrañas o curiosas. Se trataba de un divertimento inocuo, como un solitario juego de cartas que, sin embargo, me ayudó a memorizar sus relatos.
Nos acomodábamos en su terraza uno al lado del otro, él siempre a mi derecha, viendo hacia la calle de sascab, donde escurrían arroyos de agua blancuzca durante las lluvias o se elevaban diminutos torbellinos de polvo blanco azuzados por el aire caliente de la canícula. Nunca platicamos de frente, cruzando miradas, sino que fijábamos la vista en las cosas que transcurrían delante de nosotros, en los niños que corrían desnudos o en los vecinos que acarreaban agua, semejantes a las luciérnagas que cargan sus trozos de luz.
La tarde que me sorprendió espiando sus pies, don Ciro estaba especialmente reflexivo. Aprovechó su desprecio por los calcetines para remitirse a la época en que vivían «a la buena de Dios», ajustados al orden de la naturaleza.
—El progreso, doctor, tú lo has de saber mejor que yo, es causa de muchas penurias, de carencias que sólo reflejan nuestra debilidad por lo novedoso. A nadie hizo mal cocinar en fogón y traer el cuerpo impregnado con olor a leña; sorber el caldo de la jícara y meterse con la mano el bocado a la boca; andar con los pies desnudos; acostarse y despertar con el estallido de los pájaros. Dejamos el paraíso atrás, doctor, el verdadero, de eso no tengo dudas.
—Eso es cuestionable, don Ciro —le rebatí, nomás para seguir la plática—. Si nos dejáramos llevar por la idea melancólica, infantil, de que el pasado fue mejor, entonces nos remitiríamos hasta los trogloditas, más atrás de los indefensos salvajes que, dice usted, poblaron los montes.
—No se confunda, doctor. Yo hablo de una forma de vida, de una manera de convivir, de una relación con la naturaleza que se perdió para siempre.
—De todas formas, no son aceptables las generalizaciones. De donde yo provengo, y hasta donde la retentiva me alcanza, es muy poco lo que vale la pena. Más bien creo, don Ciro, que cada quien acarrea su pedacito de cielo y de infierno, y que toda nuestra vida es un ir y venir entre esos dos lugares…
Comencé a regodearme en la contundencia de esas imbatibles verdades que nutren la habitual superficialidad de las reflexiones que presumimos profundas.
—Sigue usted confundido, doctor —me interrumpió con su mismo tono de voz calmo, acaso un poco más fuerte de lo habitual—. Eso de que cada quien acarrea su propio infierno se aprende rápido. Si te hablo de lo que dejamos atrás, es para pensar en lo que iremos perdiendo y, acaso, ganando en el tiempo por venir. Al menos a mí, doctor, me parece que el progreso quita más de lo que da.
En el caudal de ese río desbordado que eran sus anécdotas y reflexiones —a veces agitadas, otras apacibles— no había datos, ni fechas ni horas, sino sucesos que se habían instalado en su memoria por la importancia que tenían en la historia de su familia y del pueblo. Sin orden, registré algunos hechos como: «La plaga de langostas nos cayó cuando los elotes estaban más blanditos que los huesos de un recién nacido» o «En las noches de luna alta nos reuníamos a hacer el recuento de los asuntos del día» o «El ruido de los madereros espantó a los gigantes y quién sabe si sobrevivieron a la quemazón que barrió la montaña» o «En los días en que me dedicaba a destruir huevos de gallo conocí de cerca a los aluxes». Más que el rigor de la veracidad, sus evocaciones contenían la certeza de la añoranza y daban cuenta de un mundo que estuvo ahí, a la vuelta de la esquina de sus recuerdos, pero ya irremediablemente perdido para todos.
En esos tiempos en que don Ciro y yo nos regodeábamos en conversaciones y silencios, algo sucedió en otros lugares del planeta que hizo innecesaria la resina del árbol de chicozapote y, de un año para otro, el auge, la bulla que motivó la explotación del chicle, se transformó en desbandada y silencio. El mismo ímpetu con que los chicleros alzaron sus campamentos fue empleado para desbaratarlos, y pronto se vaciaron los caminos de la montaña. El pueblo en que vivíamos no fue ajeno a esa estampida y no tardó en convertirse en un nido vacío de comejenes, donde todo estaba igual, pero sin gente que levantara el polvo de las calles. Yo también llegué arrebatado por el vendaval de la fiebre chiclera, así que mi partida era inevitable. Apenas acabó el desfile de hombres solos y de familias que a pie o a caballo se iban cargados de sus escasas pertenencias, como hormigas anunciando lluvia y sin ni siquiera decir adiós, igual marché en busca de un lugar en el que demandaran mis servicios. No volví a la ciudad. Me avecindé en uno de los caseríos que sobrevivieron a la desbandada chiclera y desde ahí ejercí como «practicante», impedido de acreditar mi carrera de médico, ya que había extraviado muchos años atrás las constancias de mi profesión.
Casi al partir, en un arranque inconsciente, acaso creyendo que es posible quemar lo que fuimos y escapar del pasado con sólo negarlo, eché a la lumbre la mayor parte de mis notas. No me arrepiento. Al fin y al cabo, las palabras no tienen más destino que la inutilidad de aprisionar vivencias ajenas, deformadas en el ir y venir de la memoria de esos otros que fuimos y ya no somos; y seguro estoy de que no faltará quien dé fe de ese mundo que, por las tardes, don Ciro y yo nos sacábamos de los bolsillos, igual que los pañuelos para limpiarnos el polvo y el sudor de los senderos que, quizás, alguna vez andamos. La memoria, lo sé, no es nada más para ahuyentar olvidos: es, ante todo, un ancla a la eternidad, un boleto a la utopía.
—Hable y, usted que sabe, escriba —me conminó don Ciro en nuestra última plática—. Aporree con palabras los sentimientos, los buenos y los malos, porque a la larga todos son igual.
Y lo he seguido haciendo, hasta ahora en que lo evoco gatuno y fuerte, resignado a una existencia larga y sin conocer el mar.
Quizás por lo grandilocuente de mis apellidos nunca percibí en sus ojos la familiaridad de los afectos, sino la engañosa y convenenciera mirada de los gatos viejos. No me molestó, porque quién puede confiar en un indio doctor que se llama Isaac y se apellida Salvatierra Castilla. Sin embargo, la noche estrellada en que nos despedimos, mientras nos decíamos adiós con las manos en alto, me apretó la garganta un deseo inédito, abrupto, de propinarle un abrazo fuerte, que hasta le tronara los huesos. Y en ese momento supe que —sin buscarla— me había llegado la cura a la enfermedad que durante años me había podrido los afectos: la aversión a tocar y a ser tocado por otro ser humano.
—Deje de cavilar, don Ciro —me despedí—. Todavía la vida le va a regalar un nieto.

