10 octubre, 2026

Después de la Carlota (II) – Desde El Rincón

Inosente Alcudia Sánchez

—Se me había pasado decirte que, ayer en la tarde, me agarraron en la tienda varios vecinos para pedirme que mande yo a los policías a tumbar el tinglado donde estuvo la Carlota —empezó a contar el comisario Doroteo Pech al tiempo que encendía el último cigarro de su cajetilla. El humo blanco se elevó en una delgada espiral hasta chocar con el techo.

—Dicen que llevan varias noches sin poder dormir, que no se acomodan en las hamacas ni en la cama con sus mujeres. Que el sueño les llega hasta entrado el día, cuando ya están trabajando.

Fijó la mirada en el esfuerzo que hacían los gendarmes para arrastrar el cochino y sonrió.

—Te vas a dar gusto, doctor, hasta bonito se ve el animal para que lo descuartices.

—Me aseguraron —siguió el comisario— que el que se descalabró ayer fue porque se quedó dormido cuando estaba encaramado en la mata cortando chicle y que ahora sí ya les dio miedo, no les vaya a pasar una desgracia.

El doctor Isaac sacó la cajetilla de Delicados de la bolsa de su camisa y, después de descartar varios cerillos húmedos, encendió un cigarro. El comisario seguía con el suyo entre los dedos. A un lado, un gendarme se afanaba en prender las brasas del fogón para calentar el agua con que pelarían el cochino.

—Y las mujeres les dijeron que ya averiguaron lo que les pasa, que la negra Carlota, ve tú a saber qué males del espíritu trajo, y que ahí se los dejó, como si fueran bestias amarradas en los palos de la champa. Que además el lugar está muy cerca de los difuntos, y eso es pecado, aunque el padre Antonio se haga tonto, por las utilidades que le dejaron las confesiones de tantos pecadores…

—¿Y qué les dijiste? —lo interrumpió el doctor Isaac, con sincera preocupación.

—Que no sean burros y que te vengan a ver a ti, porque lo que padecen es fiebre de melancolía y para eso ya hay pastillas.

—Pues todavía no aparece ninguno.

—Ni van a venir… Dicen que primero derribemos lo que quedó del burdel y, si siguen con el mal, entonces sí vendrían. Les dije que lo tiraran ellos, pero dicen que ellos no pueden ni voltear a verlo, porque les va a ir peor.

—¿Y qué piensas hacer, comisario?

El doctor Isaac se puso de pie. Se estiró, como los gatos cuando despiertan, en espera de que el comisario pusiera alto al suspenso.

—¿Hacer?… Ya hice, que no es lo mismo —continuó el comisario—. Allá andan los otros policías, desbaratando el ladillero de la Carlota, a ver si así regresa la alegría a esta parte del mundo. ¿No sentiste que anoche tuve que salir a soltar tres tiros para que los perros dejaran de aullar? Y es que, pensándolo bien, algo de razón tiene la gente, se ha asentado sobre el pueblo un hastío, una tristeza diría yo, que ha espesado el tiempo haciéndolo fluir lento. Si no, dime, ¿cuándo había durado tanto un temporal?

Como si de repente se hubiera descubierto en falta, el comisario sintió que la sangre se le apelmazó en la cara, quiso agarrar un cigarro de la cajetilla vacía y terminó sacando el pañuelo húmedo para untárselo en la cara. El doctor tiró sobre la mesa su cajetilla de Delicados y, de inmediato, con urgencia, el comisario encendió uno.

—¡No friegues, comisario, no me digas que tanta humedad ya te ablandó los huesos y el carácter! Esos cabrones putañeros lo que andan buscando es cómo congraciarse con sus mujeres para que los dejen otra vez encaramárseles… Y las mujeres, que son muy chingonas, los están apretando, comisario, les quieren exprimir el cerebro para que, cuando se acuesten, ellos no estén pensando en las cochinadas que hicieron con las chamacas de la Carlota. Pero no le hace mal a nadie que tires esa chingadera de burdel innecesario. Todo sea porque le regrese el sueño a los machos y el celo a las hembras. Y parece que tú ya vas para viejo, comisario… Vente, ayúdame, aunque sea a abrirle las patas al cochino.

Nunca le había hablado tanto ni con ese tono al comisario y el doctor se apenó. Porque él también había sentido el viento de la melancolía colándose en las noches entre los hilos de su hamaca, y había advertido cómo el tiempo comenzó a atascarse en la grisura de la humedad, a dudar igual que las gotas que se adhieren a las hojas y están que se caen y no, hasta que les entra el valor para soltarse y seguir su camino. Pero pensó que era nada más él y su enfermo estado de ánimo, el mal humor que a veces le traía el viento del norte.

Entró a la casa en busca de su cuchillo de tablajero, un pedazo de metal blanco, reluciente, con una cacha de madera café, que parecía siempre nuevo una vez que lo lavaba y le escurría la última gota de sangre y manteca.

—Pues sí, ye ves, mira nada más lo que provocan las mujeres —le dijo a la pasada al comisario.

El cochino estaba pálido, limpísimo, como si nunca hubiera conocido el lodo. Los policías le habían rapado hasta el pelo de las orejas, lo bañaron con agua hirviente y se antojaba darle un mordisco de lo bonito que se veía.

—Bueno —salmodió el doctor—, acerquen la cubeta para que empecemos como Dios manda.

Y, como si fuera en un pan de elote, hundió suavecito el cuchillo unos cuatro dedos abajo del cuello, casi en medio del pecho, y la sangre empezó a manar, entre roja y negra, para la morcilla del día siguiente.

…..

Antes del disparo con que el comisario mató al cochino, con su enredada letra, el doctor había escrito:

“Llueve. Las nubes blanquísimas se van pudriendo hasta que exprimen su pus y nos bañan de sus desechos. Desgranan su oscuridad como de una mazorca de dientes podridos. Escribo en agosto. No importa el mes en que me leas, de todos modos, lloverá a esta hora. No te asomes a la ventana a ver si llueve, la lluvia está dentro de ti, inundándote. La lluvia sigue. Todas estas letras están empapadas y el mundo blanquecino está como en medio de una polvareda.”

…..

El último domingo de julio del año siguiente, al terminar la misa del Ángelus que oficiaba el padre Antonio al medio día, las mujeres caminaron en procesión los escasos cien metros que separaban el templo de la comisaría para pedirle al comisario que, para los próximos festejos de La Asunción, impidiera el arribo de la Carlota o de cualquier otro prostíbulo ambulante que viniera a sonsacar a los bárbaros varones de la comunidad.

El comisario les explicó ampliamente aquello de que se trataba del “oficio más antiguo del mundo” y una práctica característica de las ciudades en progreso, pero las mujeres se mantuvieron firmes bajo el sol picante de la canícula, aguantando el bochorno que, como aliento de bestia, subía del suelo lamiéndoles las piernas.

Argumentaron con coraje cómo habían visto irse su patrimonio en las carretas de la Carlota; algunas lloraron al contar la angustia que sufrieron a causa de la fiebre del insomnio que padecieron sus maridos. Repitieron el sermón del padre Antonio sobre lo imperdonable de reincidir en el pecado de la lujuria y, cuando desde el fondo alguna gritó: “¡Pinche Doroteo, pervertido!”, el comisario alzó los brazos pidiendo calma y capituló: 

—Yo estoy para garantizar la felicidad del pueblo. Seguiremos viviendo como salvajes si eso les hace felices.

…..

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