INOSENTE ALCUDIA SÁNCHEZ
Cuando la Carlota se internó en la oscuridad de la madrugada acuosa de agosto, con una de sus carretas atiborrada de gallinas, pavos, cochinos, borregos y cotorros, aunque nadie lo percibió, atrás de su caravana se fue el sueño de los hombres del pueblo. El cobertizo desde donde las suripantas nómadas habían satisfecho las fantasías de los varones se convirtió en una especie de hueco de silencio, un lunar oscuro en el rostro demacrado del pueblo, “un túnel en la memoria que conducía directo a los territorios del pecado”, según el padre Antonio.
Las mujeres evitaban voltear a ver la abandonada choza de huano; los hombres casados escondían las miradas, como con vergüenza por los recuerdos que ahí se habían quedado y, por esos mismos recuerdos, los solteros tenían que disimular los suspiros que se les escabullían desde el fondo del alma.
Una modorra extraña, parecida a la quietud de las tardes de mayo, se apoderó de las calles enlodadas en los días posteriores a la partida de la Carlota. La actividad de los trabajadores del chicle no se detuvo, pero como que todo se movía más lento y se había agotado la euforia habitual que animaba las comidas en el galpón de los solteros. En esas fechas se dejó caer un temporal largo, en el que se intercalaban aguaceros escandalosos y lloviznas interminables, pintando de gris melancólico los atardeceres.
El comisario Doroteo Pech y el doctor Isaac mataban las horas entre partidas de dominó y silenciosas contemplaciones de los hilos de agua que escurrían por las láminas del techo.
—¡Sin novedad!
Era el grito recurrente de los gendarmes que, enchumbados, entraban siempre a prisa a la terraza. La lluvia se alborotaba por ratos apagando el croar de las ranas y el chillido de las chicharras; de repente aparecían rachas de viento que hacían zumbar las hojas empapadas de las buganvilias y despertaban del sueño a los monos, pero el bochorno se mantenía intacto, obligándolos a secarse el sudor con pañuelos olorosos a naftalina. La vida languidecía, lenta y mojada, en el ambiente plomizo de nubes gordas que se habían asentado sobre el pueblo, tan bajitas que algunas se enredaban entre las ramas altas de los cedros.
—Mira nada más lo que provocan las mujeres, doctor —soltó el comisario, en medio de un bostezo.
Se levantó del butaque desde el que observaba una zanja por la que escurría el agua a la calle, donde se había formado un charco grande en el que se remojaba un cochino. Hacía meses que él había establecido la prohibición de que los puercos anduvieran a la deriva y determinó sanciones para los propietarios que no cumplieran el ordenamiento de amarrarlos.
—El que tenga cochino que lo amarre —decretó en una asamblea de vecinos donde éstos se quejaron de los cerdos remontados, salvajes y sin dueño, que hacían destrozos en los patios de las casas.
Desde entonces, no había puercos sueltos en las vías públicas del caserío.
Entró a la sala y descolgó un rifle de un clavo incrustado en la madera. Revisó que estuviera cargado; el chasquido metálico al cortar cartucho hizo que el doctor Isaac volteara a verlo, suspendiendo la enmarañada escritura en la que estaba inmerso. Llegó hasta el horcón de una esquina de la terraza y apoyó el rifle. Tardó unos segundos apuntando. El disparo sonó seco, sin hacer olas en el viento acuoso.
El cochino soltó un chillido de espanto y se quedó temblando, como si de pronto le hubiera entrado el frío, pintando con la sangre que le manaba de la cabeza el agua turbia y lodosa del charco.
Un ayudante del padre Antonio, que se afanaba en secar el agua que se colaba por las goteras del techo herrumbrado, se asomó a la puerta del templo, vio a los hombres en la comisaría y siguió el rumbo de sus miradas.
—¡Me avisan cuando vayan a freír el chicharrón! —gritó, antes de volver adentro.
—¿Y qué tienen que ver las mujeres con los marranos? —preguntó el doctor Isaac.
El estruendo y el olor de la pólvora habían terminado de arrancarlo de la añoranza meditabunda que intentaba superar a fuerza de dibujar letras emperifolladas en su block de recetas.
Desde su llegada al pueblo, hacía más de dos años, el doctor Isaac nunca había ido más allá de los linderos, como si hubiera venido dispuesto a enterrarse en aquel caserío inexistente en los mapas de la época. Los medicamentos se los encargaba al jefe de los chicleros y, de un día para otro, aparecían sobre su escritorio, transportados como minúsculos lastres en las avionetas que iban por el chicle. En la maleta nueva con que se le vio llegar venían acomodados —evidencias de su improbable profesión— el termómetro, el estetoscopio, dos jeringas de vidrio con agujas reusables de distintas medidas, algunos antibióticos, un paquete de algodón y una botella grande de alcohol. Y envuelta entre sus pantalones y camisas, más protegida que las jeringas, llevaba una radio de baterías.
Todas las tardes dedicaba horas a limpiarle el polvo y la humedad e intentar, inútilmente, sintonizar alguna estación que le hablara del mundo. Pero casi siempre era un sonido eléctrico lo único que brotaba de las bocinas cuando, con paciencia de cirujano, giraba la perilla de izquierda a derecha, de derecha a izquierda.
Sin embargo, supo que esa tarde ya no podría ocuparse de su reluciente Zenith, ventana portátil por la que en las madrugadas sentía el aire fresco de lejanísimas latitudes y único instrumento que conseguía aislarlo de los malos humores del monte. Más que a sus servicios médicos, en el pueblo demandaban sus habilidades de cirujano carnicero y, como siempre, a él le tocaría destazar el cerdo recién fusilado por el comisario.
El comisario no quitaba la vista del animal que aún se estremecía, pintando de sangre el lodo blancuzco en el que estaba semienterrado.
—Con los puercos nada. Con las rameras, todo.
Entró a colgar el arma en el lugar de donde la había tomado y ordenó a los cuatro agentes que hacían guardia en la casa recoger el cerdo.
—Prepárenlo para que el doctor no se entuma ni se nos vaya a cubrir de verdín por falta de acción. A ver si hay algún valiente que venga a reclamarlo.
Luego se acomodó en su silla de madera, como si fuera a atender algún asunto oficial o a jugar una partida de dominó, disfrutando la expectativa que había provocado en el doctor.
Llevaban conviviendo más de dos años y las pláticas entre ellos eran lacónicas, como entre desconocidos: uno hablaba y el otro respondía con monosílabos o frases cortas, más por una fraternidad silenciosa que por verdadero interés. Sus vidas y sus palabras transcurrían en la rutina de un pueblo que acababan de inventar.
En las noches, solapados por la oscuridad que separaba sus hamacas, hablaban y escuchaban, escuchaban y hablaban, hasta que el ronquido de alguno dejaba al otro en la intemperie del insomnio. De día, el doctor manifestaba su atención entrecerrando los ojos, como si adivinara la frase siguiente o viera más allá de las palabras.
Por eso, cuando el comisario notó el ceño fruncido, supo que el doctor ya no esperaba una ocurrencia, sino el anuncio de algún infortunio.
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