Inosente Alcudia Sánchez
Al día siguiente de la quemazón, como muchos acostumbraban hacer a diario, unos niños fueron temprano por agua a la laguna. Sin embargo, regresaron con los baldes vacíos, corriendo y alborotando al pueblo con sus gritos de azoro: la laguna estaba repleta de tortugas, unas sobre otras, y no había forma de llenar los recipientes.
Rápido, la gente se congregó en los bordes de la aguada y, asustados por la presencia humana, los quelonios comenzaron a dispersarse, presurosos en su lentitud, abriendo surcos con sus caparazones negros, añosos, entre las cenizas del suelo chamuscado. A pesar del asombro, los hombres no perdieron la oportunidad y aprovecharon para aprovisionarse de carne, capturando un buen número de las tortugas más grandes. Gracias a esta milagrosa reserva de alimentos, las familias consiguieron sobrellevar varias de las semanas de desventura que siguieron al incendio de la montaña.
De los estragos de la quemazón sacó provecho una caterva de zopilotes, gavilanes, halcones y garzas que apareció de un día para otro y se dedicaron a devorar la incalculable fauna asada que había perecido con el fuego. En el alimento de los carroñeros había de todo: culebras y ratas, chachalacas y venados, tlacuaches y tigrillos, y hasta un par de cristianos a los que sorprendió un brusco cambio de viento.
Los pájaros comieron y engordaron tanto que pasaron meses como aves corredoras, sin poder elevarse y, atraídas por su instinto volador, dormían amontonadas al tronco de árboles altos, cuyas ramas intentaban alcanzar en vano tarde tras tarde. En esos días en los que no había mucho qué hacer, la gente se entretenía observando los apuros en que la naturaleza había metido a esos pobres animales, nacidos para pasar hambre y ahora oprimidos en la abundancia.
Como las chozas habían perdido sus techos de palma, las familias tuvieron que acomodarse en las casas que habían construido los polacos, que, para esas fechas, eran dominios de lagartijas y alacranes. Después de desalojar culebras y murciélagos, ocuparon las viviendas más cercanas a la aguada para que las mujeres y los niños no acarrearan de tan lejos el agua, y a la larga fue muy buena decisión ya que quedaron retirados de donde los chicleros harían sus relajos. Al paso de los años, sin darse cuenta, se les volvió un hábito vivir apretados, como acontecía en las ciudades.
Con el tiempo, las familias empezaron a notar que por más que racionaran los alimentos, estos se agotaban y difícilmente les alcanzarían hasta la siguiente cosecha, que ni sabían para cuándo obtenerla. La montaña había quedado limpia, hecha una milpa inmensa en espera de la siembra.
No sólo la gente padecía: los monos hacían retumbar la montaña con sus aullidos de sed, las lechuzas aturdían con su “solsolsolsol” que se repetía hasta la inconsciencia y los sapos y las ranas ensordecían con su cantar nocturno. Había quienes tenían que dormir con tapones de tela en los oídos para no sufrir inesperados arrebatos de locura. Fue en esa época que muchos agarraron la mala costumbre de dormitar en las tardes, cuando el calor silenciaba a los animales, para compensar la falta de sueño que padecían en las noches.
Al paso de los meses, la ausencia de lluvias provocó que la laguna se secara y los hombres tuvieron que escarbar más de un metro, hasta alcanzar el nivel donde todavía se escondían los camarones transparentes, para que brotara el agua. A diario la limpiaban de sapos y culebras, que eran tercos como mulas, y en una ocasión, en pleno mayo, amaneció el agua hecha un atole de lodo porque un cocodrilo de más de tres metros de largo se había apropiado del oasis. Hubo opiniones en contra, de los que afirmaban que su presencia evitaría que se volviera a secar la aguada, pero decidieron matarlo porque sería un peligro para los niños y, sobre todo, porque su carne les alcanzó para que todas las familias comieran una semana.
Las lluvias se resistieron a caer varios meses más. Había tardes en que nubes negras y gordas, preñadas en serio de humedad, se formaban al fondo de la montaña y estallaban relámpagos verdaderos seguidos de truenos profundos, con resonancia a tormenta. Entonces, el pueblo se impregnaba de alegría. Se acercaba la lluvia y todos sentían su olor dulce, de jardines lejanos a los que había hecho florecer. “¡Ahí viene la lluvia!”, gritaban desde sus patios las mujeres, mientras corrían a recoger la ropa recién lavada y metían a las casas los pollos tiernos, pero la tormenta se detenía a lo lejos, como dándose a desear, y los nubarrones enflaquecían hasta desaparecer.
Un lunes comenzaron los aguaceros, fuertes y sucios. Como abriendo camino, primero llegó el viento de agua, ese ventarrón del que hay que cuidarse porque acarrea frialdades dañinas. Fueron las primeras lluvias que las familias pasaban en las casas de láminas, y el estrépito de las gotas al estrellarse contra el techo metálico era como el sonido de piedras molidas que silenciaban cualquier otro ruido, y la gente no entendía cómo es que se podía vivir así. Esos chubascos primerizos fueron como un baño para enjuagarle la cara al mundo: al principio, el agua escurría negra de tanta suciedad, pero renovaron la esperanza en las bondades del monte.
Nada más esperaron a que se aflojara el suelo y se formaran los primeros charcos para que los varones se fueran a sembrar las semillas, primero, y a cultivar la milpa después. Regresaban negros de tizne, porque pasaron meses para que se borraran los vestigios del incendio, pero con la ilusión en alto, regocijados de ver crecer las plantas de maíz y frijol, de yuca y calabaza. La montaña recobró pronto el color y la espesura, como si sólo estuviera aguardando una señal para restaurarse, y hubo que limpiar más de lo acostumbrado para que la maleza no ahogara las siembras. Los bejucos se estiraron hasta envolver los árboles más altos y tejieron la maraña vegetal que protege a todos los que habitan la montaña.
La milpa comenzó a espigar cobijada por una salvaje estridencia de vida, incluyendo las miríadas de mosquitos cuyo zumbido se había desvanecido después del incendio, y que resurgió con especial entusiasmo para volver a alterar la paz de los anocheceres.
Con las lluvias aparecieron toda clase de bichos que, eufóricos, competían por cada matorral, cada metro de hierba tupida, cada árbol, para asentar sus indescifrables formas de convivencia, de nacer y morir. Hasta donde se alcanzaba a ver, después de la sequía y del incendio, había vuelto la normalidad al monte.
Cuando aparecieron los primeros grillos grandes, que lo mismo saltaban que volaban, todos pensaron que era parte de la buena salud que disfrutaba la tierra. Pero en pocos días se convirtieron en un diluvio, en otra más de las conflagraciones que asolaban la montaña.
Los insectos avanzaban como una nube de tempestad que negreaba a lo lejos, enturbiando la luminosidad tempranera del sol. Se posaban sobre cuanto vegetal había y lo dejaban desnudo, hasta terminar con el último pedacito de hoja. Cayeron por millones en un denso aguacero de bichos, con un hambre antiquísima, como chivos diminutos que devoraban todo lo verde y la cáscara jugosa del tronco de las matas, arrasando con todo lo que oliera a monte. Ni al chechén respetaron y aunque caían muertos desde el primer mordisco, con su voracidad bestial dejaban medio pelonas a esas plantas venenosas.
Por fortuna las mazorcas de maíz habían madurado y el holoch las protegió de la plaga; igual las calabazas se salvaron por su cáscara dura, y las yucas y los camotes nomás la vieron pasar desde bajo tierra. Las familias repusieron sus reservas de alimentos y confiaron en que el diluvio de langostas se escurriría como los otros malos recuerdos de los caprichos de la naturaleza. Se fueron los saltones y con la humedad de los nortes largos no tardaron las hierbas en costurar nuevamente sus vestidos verdes.
El año siguiente, como si hubieran aprendido los ciclos de la milpa, las langostas se adelantaron al inicio de la cosecha y aparecieron cuando las mazorcas estaban tan tiernitas que no servían ni para atole y las calabazas, más blanditas que los huesos de los recién nacidos. Llegaron más que la temporada anterior y se anunciaron desde lejos con los fragores de una tormenta: se dejaba escuchar el ronquido inacabable de un ventarrón y una nube terrosa, densa, se movía sin rumbo, tanteando el lugar de la mejor comida. La manga volaba espesa e iba dejando caer pedazos que pintaban de gris las plantas en que se asentaban.
Y volvieron a aterrizar sobre las siembras con su hambre bestial: los campesinos hicieron enormes fogatas para ver si el humo los ahuyentaba y, desesperados, hasta les disparaban inocuos cartuchos de escopeta; las mujeres y los niños hicieron escandaleras con latas y trastes de cocina, pero las langostas se mantuvieron inmutables, concentradas en morder y tragar, hasta engullirse la totalidad de los cultivos junto con el poco ánimo de la gente. Todo se comieron los desgraciados bichos, todo lo verde, como si su misión fuera matar al pueblo de hambre.


