14 agosto, 2026

¿Dónde quedó el Tulum que conocimos?… – Así nos vemos

Edgar Prz

Viajar a Tulum hasta hace algunos años era una aventura inigualable, era un escape a lo cotidiano, un refugio de paz y tranquilidad que te transmitían el ruido del mar y lo apacible de las olas.

Todo era semirrupestre, estaba al alcance de todos y era una odisea avanzar por Punta Piedra, caminar sobre la arena, subirse a los pequeños acantilados o a las rocas para sentarse y mirar fijamente al horizonte, dejar que tu mente viaje y busque justificaciones de cómo vivieron en ese paraíso los mayas, cómo construyeron las únicas ruinas que son bañadas por el mar Caribe. ¿Cuántos años, décadas, siglos han pasado y se mantienen estoicas, firmes, soportando tempestades, ciclones, conservando su estilo, su misticismo, siempre enigmáticas y fascinantes?

En esa Zona Arqueológica, en el interior del Castillo, se podían disfrutar pinturas, frescos, simbologías y figuras de deidades. Hay templos en donde el Dios Descendente es uno de los principales personajes, además de sitios donde la claridad de los rayos del sol inunda los espacios de una manera perfecta, asimétrica, con una certeza quirúrgica que impresiona. Andar por esos sitios te embadurna de historia, te enteras de cosas que los libros no te dicen, no te cuentan los profesores y haces válido un refrán ruso que dice: “Más vale ver una vez que te lo cuenten cien veces”…

Este Tulum del que les narro era nuestro, era de los locales. No había turismo a gran escala, no habían llegado las invasiones de artesanos y de otras gentes que se fueron estableciendo; venían a apostarle a Tulum, tenían fe en que les iría bien. Así se fue moldeando, poco a poco. Eran dos: el Tulum de la Zona Arqueológica y el Tulum del pueblo, así se les conocía. El pueblo era bastante pequeño, era una sola franja urbana que crecía por donde está ahora el casco antiguo, la Plaza Maya. Todo quedaba cerca, hasta el cementerio, y era una manzana completa. Alguien dijo que era mucho terreno; muy pronto, con la avalancha de gente, se saturó y ahora, con el nuevo trazo urbano, está mal ubicado. Lo cierto es que no está mal ubicado, simplemente el éxodo ganó, superó las intenciones del gobierno de poner orden, establecer una armonía entre desarrollo y crecimiento.

Hoy Tulum padece, sufre las incomodidades de los “caprichos” de los gobernantes. Basta caminar una cuadra después de la avenida Tulum y encontrarás calles con un carril de circulación, de un solo sentido. Obras que se hicieron sin el consenso ciudadano; a los vecinos les mutiló de tajo el acceso a sus domicilios, ahora sus coches los ponen encima de la banqueta. Otra perla son las enormes jardineras vacías de la avenida principal, sin uso y convertidas en basureros, mientras limitan el desplazamiento vehicular.

Otra serían los amplios carriles en las banquetas para el tránsito de bicicletas, pocos señalamientos y, en las temporadas de buen turismo, debías tener cuidado de que no te atropellaran. La jach es la enorme glorieta que pusieron en la entrada a Tulum. Así ha crecido, sin orden, sin regulación, sin disciplina, y eso poco a poco fue llenando el sabucán. Parecía que la autoridad se hacía de la vista gorda, no le interesaba el pueblo; su mirada estaba en administrar el caudal de recursos que generaba el turismo, en apropiarse de enormes franjas de tierra para fraccionarlas y venderlas, en aprovecharse de información privilegiada para obtener beneficios. Las autoridades estaban inmersas en el boom turístico y no miraban hacia abajo.

Caminas pocas calles paralelas a la avenida principal y encuentras el verdadero Tulum, el olvidado, el oculto, el guardado, el pobre, el que solo sirve para las elecciones, pero después es invisible ante los ojos del gobierno. Ese es el Tulum pujante, el que no se raja, el que contribuye con el pago de sus sagrados impuestos, mismos que hasta hoy no se han significado en una mejoría en sus condiciones de vida, en elevar su calidad de vida. Siguen viviendo en el anonimato: calles de terracería, si es que hay calles, si no, caminitos para salir de sus madrigueras; las pocas calles están para llorar, cráteres, no baches, por su dimensión, son los que las adornan. Telarañas de cables de donde roban energía eléctrica para sus casitas; postes, en su mayoría, de árboles de la región. Lo mismo sucede con el agua potable: poliductos, mangueras interminables, cubetas, latas de leche, de pintura, tambos improvisados para almacenar un poco de agua. No hay espacio para que los niños disfruten su infancia; los patios se demarcan con sogas de lavado y la ropa tendida exhibe todo su ajuar de vestuario, su outfit de temporada…

La postal que les acabo de contar es real y quedo corto ante la realidad. El hacinamiento es bárbaro y más lamentable es la ausencia de drenaje. Todas las aguas de los sumideros (si es que tienen) buscan el manto freático y los olores invaden el ambiente; es la antesala del infierno, es la Divina Comedia, versión Tulum. El peligro inminente de enfermedades y contagios está generando una bomba de tiempo de salud pública, mientras las familias sufren y se exponen, el señor secretario de Salud, Carlos Flavio Rosado, está obsesionado con ser presidente municipal de Isla Mujeres y tiene desatendido el resto del estado. Piensa que con las selfies que sube diario a las redes, con eso será tomado en cuenta. Pobre iluso, es simplemente un “cándido soñador”…

Mejor seguiré caminando y cantando: “Pasarán los días, pasarán los años, nuevas ilusiones, nuevas despedidas, pero a ti olvidarte nunca”…

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