Situada en el municipio de Hopelchén, esta comunidad resguarda los ecos de un pasado estrechamente ligado a la selva y a la industria de extracción del chicle, actividad que definió su desarrollo económico y social durante varias décadas
HAROLD AMÁBILIS
La más reciente edición de la feria tradicional, impulsada por la Junta Municipal bajo la coordinación de Roger Martín Chablé López, Armando Martín Chablé Berlín y Wilberth Cervera Ferráez, congregó a la comunidad en una celebración que busca reafirmar los vínculos con su historia e identidad viva. Fue una fiesta mayor, un reencuentro de vecinos bajo ese mismo cielo que antaño viera surcar las avionetas cargadas con la resina del chicozapote. Pero más allá de esta celebración, lo verdaderamente invaluable de Dzibalchén reside en su gente, en su patrimonio y en los testimonios que custodian un legado único en la Península. En esta edición de El Despertador nos adentraremos en Hopelchén, rumbo a la región de la montaña, para develar el tesoro oculto de Campeche: el corazón palpitante de los Chenes, Dzibalchén.
El esplendor del chicle en Dzibalchén
Situada en el municipio de Hopelchén, la comunidad de Dzibalchén resguarda entre sus calles tranquilas y sus viviendas de muros anchos los ecos de un pasado enlazado a la selva. Si bien el sitio estaba poblado desde la época prehispánica, la fundación formal de la comunidad está intrínsecamente ligada a la visión productiva del Coronel Leocadio Prevé (1891-1895), quien gobernó el estado de Campeche en el último decenio del siglo XIX. Por disposición del mandatario, sus familiares tomaron posesión de estos terrenos para erigir una hacienda que se convertiría en el eje rector de una era de bonanza sustentada en un recurso natural aparentemente modesto: la resina del chicozapote.

Durante décadas, la actividad primordial de aquella hacienda y, por extensión, de la comunidad que creció a su alrededor, fue la extracción del sicté’ Cha’, conocido en el mercado internacional como goma de mascar. La explotación del chicle, junto con el cultivo de maíz, arroz y frijol, así como la tala de maderas preciosas, configuraron una economía robusta que transformó radicalmente la fisonomía social de la región. Este periodo de opulencia se sostuvo con vigor creciente hasta mediados del siglo XX, alcanzando su cenit en la década de 1940, cuando aproximadamente el sesenta por ciento de los habitantes de la zona dependían directamente de las faenas de recolección, así como del intrincado sistema logístico que movía la preciada resina hacia los centros de acopio y exportación.
El auge chiclero posicionó a la región de los Chenes en un lugar estratégico dentro de los mapas comerciales de la época. A finales del siglo XIX y principios del XX, esta era una zona escasamente poblada y marcada aún por las secuelas de conflictos como la Guerra de Castas; sin embargo, la creciente demanda de chicle en Estados Unidos y Europa la incorporó de lleno en las rutas de intercambio mercantil global. La región de los Chenes se consolidó en la década de 1930 como uno de los principales centros de acopio a nivel nacional, y Dzibalchén adquirió un papel protagónico en materia de infraestructura de transporte.





En el año de 1933, la “Compañía Francisco Sarabia” construyó en esta localidad un campo de aviación de grandes dimensiones; aquella pista aérea facilitó que Campeche contara con la red de comunicación aérea más densa de todo México en la primera mitad del siglo XX. Las aeronaves conectaban con asombrosa eficiencia los campamentos chicleros dispersos en la selva con las poblaciones de Dzibalchén, Nohsayob, Laguna Om, Icaiché, Iturbide, Hopelchén y la capital del estado. Este flujo constante de avionetas no solo garantizaba la salida expedita del producto, sino que también permitía la llegada de periódicos, así como la importación de bienes de lujo procedentes de Belice (entonces Honduras Británica) y Chetumal. Los testimonios de los pobladores que vivieron esa época recuerdan con nitidez la presencia en las mesas de la élite chiclera de productos europeos como mantequilla danesa y quesos holandeses, símbolos de una bonanza que elevó considerablemente el nivel de vida de los contratistas y trabajadores de mayor rango.
Paralelamente al rugir de los motores de la flotilla aérea, persistía una red terrestre formidable. Las arrias de mulas eran el corazón del transporte al interior de este territorio campechano. En la comunidad llegaron a contabilizarse más de dos mil mulas destinadas exclusivamente a movilizar los bloques de resina del chicozapote, los víveres para los campamentos, así como el resto de las mercancías que mantenían la economía de la región activa y vibrante. El trayecto en camión desde Hopelchén hacia la ciudad de Campeche podía consumir dos o tres días de camino sobre brechas polvorientas, para después continuar el traslado del cargamento de la goma hacia el norte del país o los puertos de exportación a través del ferrocarril. Los ingresos generados en una temporada exitosa permitían a los recolectores chicleros percibir ganancias notablemente superiores a las de un campesino dedicado exclusivamente a la milpa, circunstancia que fomentó una dinámica económica y de consumo muy por encima del promedio rural de la época.
La esencia de la comunidad también se nutre de la tradición oral y de un halo de enigma. La denominación Dzibalchén encuentra su explicación etimológica en la combinación de las voces mayas ts’íib (escrito) y Ch’e’ (pozo). De acuerdo con la leyenda local, el nombre surgió a raíz de un hallazgo singular ocurrido en un pozo de forma cuadrada localizado en el centro de la comunidad, justo frente a la casa principal que habitó la familia Prevé. Se relata que al interior de aquel vano de agua fue encontrada una piedra que, al ser extraída o girada, reveló una inscripción con dichas palabras. Este suceso, que mezcla la cotidianidad del acceso al agua con el misterio epigráfico, dotó a Dzibalchén de un gentilicio con profundo arraigo en la lengua maya, traduciéndose como “Pozo Escrito”.
La riqueza generada por la resina del zapote no se esfumó por completo con la caída de los precios internacionales. Aquella etapa dorada dejó una impronta indeleble en el paisaje urbano de Dzibalchén a través de su valiosa arquitectura vernácula. Aún hoy se pueden apreciar las residencias de cubiertas elevadas, diseñadas para mitigar el calor y almacenar la frescura, con amplios ventanales enmarcados por peanas y guardapolvos decorados con esmero. Estos elementos constructivos constituyen un reflejo directo del auge económico derivado de las operaciones de la hacienda.
La bonanza chiclera, que transformó a Dzibalchén en un enclave próspero y conectado con el mundo, encontró su fin hacia la década de 1950. La sustitución del chicle natural por gomas sintéticas de base petroquímica, promovida por los cambios en los hábitos de consumo y la industria bélica, provocó un desplome sostenido de los precios en el mercado internacional. Aquel declive marcó el cierre de un capítulo fundamental, redirigiendo la vocación productiva de la región hacia otras actividades.
No obstante, el legado histórico permanece inalterable. Hoy, muchos Cheneros de edad avanzada rememoran con entusiasmo los días de esplendor, las rutas aéreas surcando el cielo y la abundancia de aquellos campamentos chicleros. A este patrimonio cultural inmaterial se suma la riqueza tangible del entorno. Dzibalchén se encuentra en las cercanías de importantes zonas arqueológicas como Tabasqueño, Hochob y Dzibilnocac, sitios que complementan la oferta histórica del poblado. Asimismo, la comunidad cuenta con artesanos locales que mantienen vivas técnicas tradicionales, ofreciendo al visitante la oportunidad de apreciar un pueblo cuya identidad está labrada tanto en la piedra de sus pozos como en la madera de sus antiguas casonas y en la memoria de un tiempo en que el chicle dictaba el ritmo de la vida en la espesura de los Chenes.
La tradición de los granizados de don Siqui
Frente al atrio de la iglesia, donde el sol rebota contra el cemento y los niños corren a refugiarse en los juegos del parque, don Candelario acomoda los frascos de colorantes y enciende su máquina de moler hielo con la paciencia de quien lleva cincuenta años repitiendo el mismo gesto. En esta comunidad lo conocen como don Siqui, un apodo que arrastra desde la infancia y que antes le perteneció a su padre, el hombre que le enseñó el oficio de los granizados cuando el pueblo era todavía una comunidad chiclera y el hielo llegaba en bloques que había que raspar a pulso con una herramienta que ya nadie recuerda cómo se llamaba.

El viejo Siqui, como le decían al padre, no usaba triciclos ni bocinas eléctricas para anunciarse, sino que recorría las subidas y bajadas del pueblo empujando una carretilla de madera con un cajón encima y las ollas del jarabe bien amarradas para que no se volcaran en los baches. Todo lo cocinaba con leña sobre tres piedras colocadas en el patio de la casa, un método que don Candelario todavía conserva porque asegura que el fuego de la madera le da al líquido un espesor distinto, un cuerpo que la estufa de gas no logra imitar. Cuando el padre se acercaba a las casas no tocaba ningún timbre, sino que soltaba un pregón anunciando la llegada del granizado, y acto seguido pronunciaba la frase que los vecinos más antiguos aún le recuerdan: “No lloren niños”, decía con la voz ronca, y los chiquillos dejaban de hacer berrinche porque sabían que en unos minutos tendrían la lengua pintada de rojo o de verde limón.
Esa voz ya no suena en Dzibalchén. Don Candelario utiliza ahora un silbato metálico para avisar que está estacionado junto a la escuela o frente a la iglesia, y la máquina eléctrica le entrega el hielo molido en segundos, marcando la transformación del oficio. El triciclo que maneja lo compró hace unos cuarenta años y su padre llegó a usarlo también, aunque el viejo prefería la carretilla porque podía meterse por los callejones más angostos y subir a los cerros sin depender de una cadena o de un pedal. Don Candelario heredó formalmente el negocio hace apenas una década, cuando su padre falleció, pero la verdad es que lleva toda la vida envuelto en este trajín de ollas y sabores, ayudando a cocinar los jarabes desde que era un muchacho y acompañando al viejo en sus recorridos interminables bajo el sol.
El problema que enfrenta ahora no es el cansancio de las piernas ni el precio del hielo, sino la certeza de que este oficio no pasará a la siguiente generación porque sus hijos han elegido trabajos distintos y solo se acercan al puesto cuando hay mucha clientela y hace falta una mano extra para cobrar o para llenar los vasos. “Nadie quiere guerra”, suelta don Candelario sin dramatismo, como quien comenta que va a llover, y en esa frase seca se resume la suerte de muchos oficios tradicionales que se van apagando sin estridencia en los pueblos de la región.
Mientras tanto, los niños de la escuela primaria siguen formando fila frente a su triciclo con las monedas apretadas en la mano, ajenos a la historia que carga ese señor de gesto tranquilo que les llena el vaso hasta el tope. En Dzibalchén, el granizado sabe a leña, a calle de tierra y a un grito lejano que pedía calma. Sabe, en definitiva, a lo que se hereda sin papeles y se transmite con el simple acto de revolver una olla en el momento exacto. Cuando don Candelario guarde su silbato por última vez, en este pueblo ya nadie volverá a escuchar aquel “no lloren niños” que durante tantos veranos endulzó las tardes de los Chenes.
Sergio Baltazar Calderón Herrera y la llama del béisbol
La historia del béisbol en esta tierra de Los Chenes se escribe con la tinta indeleble de la pasión heredada. Aunque el presente competitivo local enfrenta un compás de espera en la formación de nuevos talentos, el pulso de la afición late con una fuerza inusitada que promete, tarde o temprano, reverdecer los diamantes con el talento surgido del propio terruño.

Quien mejor puede dar fe de esta historia viva es Sergio Baltazar Calderón Herrera, figura entrañable a quien todos identifican con el apelativo de Tatay. Su romance con el béisbol tuvo un origen profundamente escolar y comunitario. Fue en los años de la educación primaria cuando el recordado maestro Juan Jesús Pacheco González, un apasionado del deporte formativo, le mostró los rudimentos del juego. Aquella dedicación pedagógica quedó inmortalizada para la posteridad al asignarle al estadio municipal el nombre de aquel mentor incansable. En esos albores, Tatay defendió los colores del equipo “Campesinos”, una escuadra infantil cuyo nombre rendía homenaje a un comerciante benefactor del mercado local que, año tras año, proveía los uniformes a los pequeños peloteros.
De aquella época germinal, Tatay conserva el recuerdo nítido de compañeros que ya despuntaban con carácter en el terreno. Destaca en su memoria la presencia de Cornelio Pérez, un receptor de temperamento fogoso que hoy reside en la ciudad de Campeche y que continúa siendo un devoto seguidor del rey de los deportes. Aquellos juegos, celebrados en torneos internos de la escuela, fueron la antesala de una tradición mucho más amplia que colocaría a Dzibalchén en el mapa de la competencia regional.
El legado familiar y comunitario se fortaleció con el paso de los años. Tatay evoca con una sonrisa las alineaciones en las que brillaban peloteros de gran calado, incluyendo a su señor padre, Amílcar Calderón, y a personajes que hoy son leyenda en la conversación beisbolera de Los Chenes, como Enrique El Diablo Calderón, el profesor Manuel Pacheco González o Ramón Rodríguez. En aquella constelación de talentos figuraba también un joven forastero apodado Franklin, cuya capacidad para castigar la esférica lo convirtió en una atracción imperdible cada vez que se paraba en la caja de bateo.
Una dolencia en el brazo obligó a Tatay a colgar el guante como jugador activo, pero su espíritu competitivo encontró un nuevo cauce en la promoción y el patrocinio. Convertido en un referente indiscutible para la afición local, su gestión al frente de diversos proyectos ha sido fructífera, cosechando un palmarés envidiable que incluye tres trofeos de campeón y dos subcampeonatos en justas municipales. Su dedicación no conoce de pausas. Apenas la semana anterior, la comunidad fue testigo del cierre de la intensa temporada de la Liga Chenera, donde la novena de Diamantes de Xcanhá, impulsada por el respaldo logístico y económico del propio Tatay y un grupo reducido de colaboradores, ofreció a los aficionados de Dzibalchén tardes de sana distracción y buen espectáculo deportivo.
Tatay observa una pausa generacional atribuible a la ausencia de instructores dedicados exclusivamente al trabajo con las bases infantiles y a los altos costos que implica equipar debidamente a una novena competitiva. Sin embargo, lejos de instalarse en la nostalgia, su discurso se convierte en una invitación a la acción. Reconoce con admiración que comunidades más pequeñas de la montaña han logrado mantener viva la llama con uno o hasta dos equipos representativos, circunstancia que debería servir de acicate para que Dzibalchén, con su probada afición y su rica historia, recupere ese protagonismo.
En el baúl de sus recuerdos más preciados, Tatay guarda un instante de gloria personal que lo reconcilia con su trayectoria deportiva. Durante el que sería su último partido como jugador, enfrentando a la poderosa escuadra de Sahcabchén, logró conectar de manera impecable un envío de un refuerzo de apellido Franco. Ese batazo, conservado en la memoria con la claridad de lo ocurrido ayer, representa la esencia de una vida consagrada a la emoción del diamante.
El eco de aquel batazo resuena hoy como un llamado al futuro. Dzibalchén cuenta con el ingrediente principal: una afición apasionada que abarrota las tribunas y que mantiene intacta la mística de este deporte. El terreno de juego aguarda, paciente, el retorno de los jóvenes que habrán de escribir las próximas páginas doradas del béisbol en esta tierra de campeones.
La Romanita: el latido centenario de Dzibalchén

En una esquina discreta de este poblado chenero, donde el tiempo parece transcurrir con una cadencia distinta al resto del mundo, se levanta un establecimiento que ha presenciado más transformaciones que cualquier otro rincón de la localidad. La Romanita, como la conocen propios y extraños, no es simplemente una tienda de abarrotes. Representa un fragmento palpitante de la historia regional, un punto de convergencia donde durante más de cien años han coincidido los pasos de campesinos, chicleros, artistas de renombre y autoridades estatales. Se trata de una de las últimas tiendas tradicionales que aún permanecen activas en la región de los Chenes, un vestigio de una época donde el comercio se ejercía con mostrador de madera, papel de estraza y trato directo. Al frente de este negocio se encuentra Néstor Cervera Murillo, un hombre que desde hace 54 años atiende junto a su esposa Alía, honrando la herencia que dejó su padre, Néstor Cervera Zapata.


El origen de La Romanita se remonta a una época donde la economía de la región de los Chenes giraba en torno a la explotación de la resina del chicozapote. A principios y mediados del siglo XX, el local operaba como una tienda de dimensiones modestas, donde los trabajadores del chicle encontraban allí todo lo necesario para sus largas jornadas. El señor Cervera Murillo describe con precisión la estampa interior de aquel entonces, muy diferente a la distribución actual. Las paredes lucían incrustaciones de madera que servían para colgar las enjalmas destinadas a las cabalgaduras, y los aperos como perchas y demás arreos se exhibían a la vista de los compradores. La venta de productos básicos seguía una lógica de menudeo riguroso, donde el frijol, el arroz y el maíz se almacenaban en grandes cubos y se despachaban por porciones pequeñas, envueltas cuidadosamente en papel de estraza. Para la iluminación de los hogares se ofrecía el característico petróleo morado que alimentaba las llamas de los quinqués.
La permanencia de La Romanita a lo largo de las décadas le ha conferido un estatus de testigo privilegiado de la vida social chenera. Su propietario, quien tuvo una breve estancia formativa en Mérida y Campeche antes de reintegrarse al negocio familiar, asumió en otro momento de su trayectoria responsabilidades públicas. Durante el período comprendido entre 1982 y 1985, Néstor Cervera Murillo ocupó el cargo de presidente de la Junta Municipal de Dzibalchén. En aquellos años, el recinto ubicado en los bajos del Palacio Municipal sirvió como escenario para espectáculos que quedaron grabados en la memoria colectiva de la región, hechos que el entrevistado recuerda con total claridad.
El señor Cervera Murillo evoca con una sonrisa la ocasión en que las agrupaciones Los Babies y Carmito y los Supremos llegaron para ofrecer sus conciertos en el pueblo. Néstor no recuerda aquello como un simple espectador lejano, sino que su posición al frente de La Romanita le permitió atender personalmente a los músicos, ofreciéndoles un refresco y compartiendo anécdotas con ellos en un ambiente distendido y cordial. Aquel suceso congregó a una multitud proveniente de Hopelchén y otras demarcaciones vecinas, transformando la tranquila rutina del lugar en una auténtica fiesta popular que aún se comenta entre los habitantes de mayor edad.
De manera paralela, la política encontró su espacio entre los anaqueles de La Romanita. La visita del entonces gobernador del estado, el ingeniero Eugenio Echeverría Castellot, constituyó otro de los hitos que Néstor Cervera Murillo atesora en su memoria. La charla sostenida con el mandatario estatal transcurrió en un plano de absoluta horizontalidad y enfoque productivo. Durante aquel diálogo se discutieron diversas gestiones encaminadas a mejorar las condiciones de la Junta Municipal. Fruto de aquellas conversaciones fueron la reubicación del reloj comunitario hacia su emplazamiento definitivo y la construcción del parque sobre el solar que antiguamente perteneciera a la señora Lola. Como detalle que ilustra la hospitalidad local, se relata que el gobernador abandonó Dzibalchén llevando consigo una provisión de bizcochos, el dulce artesanal que constituye el orgullo gastronómico de esta comunidad chenera.
Interrogado acerca del porvenir de La Romanita, Néstor Cervera Murillo responde con una serenidad que refleja su carácter. Manifiesta su intención de permanecer al frente del negocio ofreciendo el mismo trato amable y respetuoso que ha caracterizado a la tienda desde su fundación. Describe a la gente de Dzibalchén como la más cálida y acogedora que existe, y asegura que mientras conserve la salud y la voluntad divina se lo permita, el mostrador de La Romanita continuará abierto. En una era donde los comercios tradicionales sucumben ante la modernidad acelerada, este espacio con más de un siglo de vida se erige como un bastión de la identidad campechana, un lugar donde las voces del pasado chiclero, las melodías de antaño y el ir y venir de generaciones enteras conforman un patrimonio intangible de valor incalculable para la región de los Chenes.
Raúl Medina Peralta: la feria que se niega a olvidar sus orígenes

Para llegar al corazón de la región de los Chenes había que internarse entre lomeríos cubiertos de vegetación y caminos que aún hoy guardan el eco de los antiguos campamentos chicleros. Allí, donde la montaña campechana se vuelve refugio de tradiciones, el pueblo de Dzibalchén vivía estos días la efervescencia de su Feria Tradicional. El estruendo de los juegos mecánicos competía con la música de viento, mientras las calles recuperaban ese hormigueo festivo que, según los mayores, hoy ha cambiado de forma, sin necesariamente mudar el espíritu.
Llegar a Dzibalchén en 2026 es adentrarse en el bullicio de un pueblo que desafía el sol inclemente con la algarabía de su feria. Gracias a la guía de personajes entrañables como Martín Chablé El Camello, Wilberth Cervera Ferráez o Armando Martín Chablé, la jornada ha sido un éxito rotundo. Pero para comprender la hondura de esta fiesta, hay que escarbar en sus orígenes, asomarse a la memoria frágil que atesoran las fotografías salvadas por el maestro Raúl Medina Peralta, el cronista que lucha para que el polvo del tiempo no sepulte la historia de los suyos.
Sus palabras tienden un puente hacia aquellos días en que la fiesta nacía de las manos familiares. Nos llevan de vuelta a los palcos, esos entrañables armazones de madera que hoy ceden su lugar a estructuras metálicas de alquiler. A mediados del siglo pasado, la fiesta brava respiraba distinto, otro era el horizonte y otro el temple de las almas. El maestro Raúl señala un recuerdo imborrable que la humedad quiso robarse, la imagen de don Francisco I. Rodríguez Ucán, antigua autoridad del pueblo. En ese reflejo del pasado aún se adivinan, tras su figura, unos entablados rústicos que ya no existen. Eran los palcos del linaje, heredados de generación en generación no como propiedad, sino como argamasa viva para estrechar corazones y tejer comunidad.
Aquellos que construían sus palcos adquirían su sitio frente al ruedo y luego partían rumbo al monte. Allí cortaban horcones y varas, los ataban con bejuco o alambre, y alzaban su propia estructura. Después venía el adorno, mantas gastadas por el uso de los ocupantes, colchas rescatadas de los baúles de las abuelas, retazos de luna para que ningún lance de la corrida escapara a la mirada, y bancas de madera dispuestas a recibir a los parientes que venían desde los ranchos vecinos. Aquella arquitectura efímera duraba lo que la feria. Al consumirse los festejos, todo volvía a desarmarse sin dejar huella… hasta que el año siguiente llamaba de nuevo.
En aquel tiempo los toros también tenían otro origen. El cronista recuerda que el ganado era mayoritariamente cebú de la región. Los animales llegaban arreados desde los potreros cercanos y no faltaba el incidente que ponía al pueblo entero en vilo. Se escapaba un bureo del corral y salía trotando calle abajo. La estampa era digna de verse. Los jinetes montaban a pelo y se lanzaban tras él entre gritos y polvaredas, mientras los vecinos buscaban refugio en los zaguanes. El maestro Medina Peralta conserva una anécdota particular sobre don Carmen Yeh. Le llamaban el torero natural; cuando la faena concluía y el animal yacía sobre la arena, don Carmen se aproximaba sin aspavientos, hundía las manos y bebía un puño de sangre ante la mirada atónita y complacida de la concurrencia. El público le aplaudía a rabiar, aquel gesto, que hoy parecería insólito, formaba parte entonces del ritual bravo del pueblo.
La feria fue transformándose con los años. El maestro Raúl ubica en algún momento de la década de los ochenta la llegada del rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza. El empresario ganadero César Cervera fue el artífice de aquella presentación que llenó la plaza hasta el borde. Los mariachis tocaron en el ruedo y la gente se apretujó para ver al caballista español. El cronista no logra precisar la fecha exacta. Su memoria retiene la imagen de una tarde grandiosa, de esas que marcan un antes y un después en la crónica local, pero el año se le difumina entre las brumas de la juventud.
Mientras los toros ocupaban las tardes, las noches pertenecían a la vaquería. Bajo el techo del palacio municipal se armaba el baile. Las muchachas acudían con sus ternos blancos y el rebozo bordado, acompañadas por la familia completa. Los músicos llegaban de otros puntos de la península y la jarana se prolongaba hasta que el cielo empezaba a clarear por el oriente. El maestro Raúl evoca esas madrugadas con una sonrisa cómplice. Cuando la música cesaba, los trasnochadores emprendían una última caminata. El rumbo era fijo. El puesto de doña Marina Hau aguardaba con el comal caliente. Ella guardaba para los más fieles una bola de masa que ellos mismos palmeaban para hacerse unos panuchos sencillos. Con el estómago caliente y los pies cansados de tanto zapateado, cada quien regresaba a su casa a dormir un par de horas antes de que el sol volviera a calentar el pueblo.
En aquel entramado festivo lo religioso tenía un lugar preponderante. La imagen de la Virgen Dolorosa entraba al ruedo al iniciar el tercer o cuarto toro. El cronista describe la escena con una frase que retrata el fervor popular. La gente estaba desbocada de alegría. La procesión unía a las autoridades civiles con las eclesiásticas y la fe le ponía un piso solemne a la algarabía. El maestro Raúl observa que esa costumbre se ha ido desvaneciendo con el paso del tiempo. La edición 2026 tuvo bendición del ruedo, detalle que el cronista celebra como una pequeña resistencia de aquella antigua tradición.
La feria de este año ha tenido sus propios momentos para el recuerdo. La vaquería mantuvo el ánimo hasta el amanecer y por primera vez se presentó un comediante en el programa, un añadido que la gente recibió con gusto. El maestro Raúl Medina Peralta despide la entrevista con una invitación que desborda el perímetro ferial. Dzibalchén es el corazón de la montaña campechana. Afuera del jolgorio esperan los vestigios arqueológicos escondidos entre la selva, los recursos naturales para quien gusta del monte y una comunidad dispuesta a compartir sus anécdotas, sus fotos viejas y sus documentos. La feria es el latido anual del pueblo, pero el patrimonio verdadero permanece el año completo, callado y firme, en la memoria de sus cronistas y en el rostro de sus habitantes.










