10 octubre, 2026

ECONOMÍA PENINSULAR: TRES MODELOS SIN INTEGRACIÓN

El fin del monocultivo henequenero, el auge petrolero y el turismo definieron el rumbo económico de Yucatán, Campeche y Quintana Roo; hoy, sus capacidades complementarias conviven sin una estrategia regional que las articule

Eduardo May

En los últimos 50 años, la península de Yucatán ha experimentado una profunda transformación económica estructural. Pasó de ser una región aislada, dependiente del monocultivo del henequén y de la extracción de materias primas, a convertirse en un gigante del sector terciario globalizado y en un centro logístico e industrial, sin una planeación estratégica debidamente apuntalada.

Desde los años 70 del siglo pasado, los tres estados —Yucatán, Quintana Roo y Campeche— iniciaron un proceso de transformación vertiginosa. La economía regional, que durante varios años se sostuvo bajo esquemas obsoletos que finalmente entraron en crisis estructural, se modificó para dar paso a una serie de cambios significativos. Si bien Quintana Roo constituye un caso especial por su economía turística, Yucatán y Campeche lograron, de alguna manera, diversificarse, lo que les ha permitido encontrar nuevas oportunidades ante la globalización.

En cada caso, los estados enfrentaron retos significativos y el proceso para reestructurar sus condiciones tuvo momentos críticos que fueron superados, hay que decirlo, muchas veces de manera unilateral y sin la ayuda del gobierno federal; en otras, bajo el interés político del gobierno central y sin la concurrencia de las fuerzas económicas de cada entidad.

De manera específica, el colapso de la industria henequenera en los años 60 en Yucatán propició una pérdida significativa del sector agroindustrial, que había financiado al estado durante más de un siglo. La quiebra irreversible, debido a la competencia internacional de las fibras sintéticas y, con ello, al abuso del gobierno federal de una empresa paraestatal creada a modo como caja chica, que sirvió para financiar al partido oficialista y sojuzgar al campesino yucateco, derivó en una pérdida millonaria de recursos que terminaron en manos políticas.

También en la década de los 70, el denominado “boom” petrolero permitió a Campeche una dinámica de crecimiento y desarrollo que desplazó otros rubros importantes que habían permitido un equilibrio comercial. Así, el descubrimiento del complejo Cantarell, en la Sonda de Campeche, convirtió al estado en el principal productor de petróleo de México, distorsionando su economía local y llevándolo a una fuerte dependencia de los hidrocarburos.

En el caso de Quintana Roo, estado que se constituyó en 1974, al dejar de ser territorio federal para convertirse en “Estado Libre y Soberano”, se produjo un proceso diferenciado, al estructurar un modelo económico que impuso al turismo como eje, con el experimento de Cancún, posteriormente replicado con los mismos errores en otras áreas del estado y que ha impulsado una economía altamente vulnerable ante choques externos.

Cancún, un proyecto que alteró para siempre la demografía y la riqueza de la península, se ha replicado de manera indefinida, multiplicando los problemas sin soluciones adecuadas. Un ejemplo de ello se presentó durante la pandemia de Covid-19, que obligó a una pérdida económica significativa. De la misma forma, quedó expuesta la vulnerabilidad del sector turístico ante fenómenos climatológicos, como ocurrió en 1988 con el huracán Gilberto y en 2005 con el huracán Wilma.

Con un poco de historia

El fenómeno del cambio socioeconómico de la región peninsular ha sido poco estudiado por economistas y especialistas del quehacer social. Un documento publicado por el investigador Othón Baños Ramírez da cuenta de algunos de los problemas regionales. Publicada en 1997, la investigación La Península de Yucatán en la ruta de la modernidad (1970-1995) detalla aspectos importantes de los cambios registrados durante las últimas tres décadas del siglo pasado.

El autor destaca:

“En la esfera rural de los países subdesarrollados una nueva dimensión cultural, moderna y planetaria tiende a ganar terreno y profundidad. Este es un primer acercamiento, un tanto panorámico, al fenómeno de la modernidad, que recientemente cobró impulso en la península de Yucatán.

“Se ha documentado poco o casi nada de la modernización y la modernidad en regiones poco industrializadas y de baja concentración urbana, lo cual, a primera vista, parece lógico, puesto que las ideas predominantes acerca de tales fenómenos apuntan fundamentalmente hacia el cambio tecnológico, industrial y urbanístico, casi siempre localizados en las ciudades. Pocos privilegian el otro proceso de cambio en las subjetividades colectivas que corre de la mano con el anterior y que se extiende hacia los espacios rurales por vías diversas.

“La gran aportación al conocimiento, lograda por los estudios antropológicos mediante el enfoque ‘micro’ del cambio sociocultural comunitario o, mejor dicho, de las tradiciones indígenas y campesinas, está fuera de discusión. Diría, en cambio, que son contados los trabajos con un enfoque de la sociología de la cultura —visión ‘macro’— que abarquen espacios productivos y culturales interconectados entre vecinos y formando una región.

“De por sí, el concepto mismo de región provoca una discusión todavía vigente. No hablo de un vacío absoluto, quisiera dejar claro que para el caso de la península de Yucatán algunos estudios históricos sobre la cultura regional son sobresalientes.

“Empero, debido a que las condiciones tanto globales como locales han cambiado muy rápidamente, me refería particularmente al vacío del análisis en el nivel regional de los cambios socioculturales contemporáneos de las últimas tres décadas.

“En este orden de ideas, me propongo señalar algunas transformaciones culturales que experimentan determinadas regiones y que se pueden atribuir a la modernización. Me centro específicamente en la península de Yucatán, que comprende los estados de Campeche, Quintana Roo y Yucatán, durante las últimas tres décadas del siglo XX.

“Durante varios siglos, esta región permaneció marginada del desarrollo industrial y del urbanismo y, por consiguiente, la modernidad social no encontró los medios favorables para propagarse y desplazar a las tradiciones mayas. Recientemente, este escenario regional se ha visto envuelto por un proceso de cambio económico y social sumamente dinámico —equiparable, pero sin duda más amplio, al auge del henequén durante el último cuarto del siglo XIX— y sobresaliente en el ámbito nacional.

“De manera similar, muchas instituciones, costumbres e identidades tradicionales se han visto afectadas, aunque no necesariamente aniquiladas, por dicha modernización, que ha sido una mala copia de la europea y de la norteamericana; que ha quedado trunca y que ha sido desigual y excluyente, pero que ha permitido el paso a la diversidad cultural y, formalmente, no ha cancelado el derecho a la diferencia.

“Algunos efectos, a veces tenues y frecuentemente polivalentes, pueden ser observados hoy día en la península yucateca, donde muchas de las tradiciones mayas que sobrevivieron con gran vigor durante siglos tienden a escapar de la memoria colectiva. Los mitos locales empiezan a ser reemplazados por mitos externos del ‘Primer Mundo’, que llegan por la vía de imágenes vivas —turismo masivo— y de las imágenes hollywoodenses —la televisión—”.

Baños Ramírez no cuantifica aún los rubros económicos, pero de origen subraya las modificaciones y nuevas condiciones sociales de los “neo yucatecos”, que con sus formas y estilos van borrando aspectos culturales de la sociedad peninsular.

La literatura especializada enfatiza que tanto la globalización económica como la modernidad son fenómenos nuevos solo en la medida en que aceleran el proceso de cambio cultural, en comparación con las etapas precedentes.

Los medios de comunicación, especialmente la televisión, exacerban el anhelo de ser moderno, de estar todo el tiempo en tránsito, en la frontera entre el hoy y el ayer y, con ello, el trabajo de incontables generaciones incorporado al idioma y los hábitos y a las instituciones comunitarias se desplaza hacia una suerte de práctica folclórica.

Nuevos factores económicos, transformación peninsular

La crisis de la industria cordelera en los años 60 en Yucatán fue el germen del nuevo desarrollo turístico de la región. Si bien la península de Yucatán tuvo siempre una vocación turística vinculada con la investigación, el desarrollo y la reconstrucción de los vestigios arqueológicos mayas desde 1883, el turismo no se había masificado al grado que alcanzaría posteriormente en Quintana Roo.

Sobre este tema, Dulce María Sauri Riancho, historiadora y política yucateca, detalla en su libro Élites y desigualdad regional: los casos de Yucatán y Nuevo León: “Cuando esbocé la primera pregunta del porqué de las diferencias socioeconómicas entre Yucatán y Nuevo León, las respuestas recibidas fueron: Nuevo León está al norte, cerca de la frontera con Estados Unidos, su cercanía al gran mercado ha permitido el auge económico. En cambio, Yucatán dependió por años de un monocultivo agroindustrial, que estaba lejos del gran mercado, por ello, su pobreza económica”.

También detalla que fue la crisis henequenera yucateca la que obligó al gobierno centralista a establecer una serie de mecanismos económicos para reencauzar las condiciones sociales de Yucatán, donde cientos de ejidatarios que dependían de la producción del henequén se quedaron sin oportunidades de empleo y fuente de ingresos. Esto dio lugar a las primeras migraciones de yucatecos a Estados Unidos como braceros y, posteriormente, al desarrollo de una ciudad turística que permitiera ofrecer una oportunidad económica para los yucatecos.

Fue de esta manera como los primeros estudios y valoraciones de la entonces Secretaría de Programación y Presupuesto pusieron los ojos en las costas de Sisal para desarrollar el primer proyecto turístico de la región. La situación se modificó luego de las exigencias y condiciones planteadas para hacer visible la situación del entonces Territorio de Quintana Roo, que permanecía en el olvido por parte del gobierno del centro.

Así fue como el gobierno federal decidió impulsar el primer desarrollo turístico de Cancún, en el municipio de Isla Mujeres, entonces Territorio de Quintana Roo. Esto significó un cambio de dimensión en las estructuras sociales y económicas de la región, pero primordialmente para entidades como Tabasco, Veracruz, Puebla y Estado de México, donde las condiciones de vida eran aún más dramáticas, según refiere la investigadora.

En su caso, la crisis henequenera significó para Yucatán una disminución de la importancia del sector manufacturero frente a otras actividades económicas. Así, la industria pasó de ocupar 25 por ciento del Producto Interno Bruto del estado en 1975, cuando aún tenía cierto peso la industria desfibradora y cordelera dedicada a la producción de cordel de henequén, a 17 por ciento en 1980, 16 por ciento en 1985 y 12.5 por ciento en 1993.

Es decir, en 20 años la importancia de la producción industrial en la estructura económica global se redujo a la mitad. Este comportamiento sectorial fue, en definitiva, un reflejo de la condición económica del país, en años de devaluación, políticas erróneas y nacionalismos mal entendidos.

Así, en el primer quinquenio ya señalado, la participación de la manufactura en el PIB nacional se mantuvo estable, con 23 por ciento entre 1975 y 1980. Esta tendencia se mantuvo: en 1993, la industria manufacturera representó 20.12 por ciento del PIB del país, casi ocho puntos porcentuales por encima de lo que significó para Yucatán.

De origen, la vocación económica de la región ha estado vinculada con los sectores primario y terciario. Campeche y Yucatán tuvieron siempre una mayor presencia comercial y de servicios que Quintana Roo, hasta el florecimiento de este último estado a partir de 1974, cuando Chetumal experimentó un auge económico con la zona franca en la frontera con Belice, que permitió incrementar de manera importante el sector comercial, principalmente de importaciones extranjeras.

Factores de cambio económico en Yucatán

En Yucatán, la industria estaba monopolizada por las cordelerías. Con la quiebra de estas empresas se inició una reconstrucción de la industria regional, mediante el desarrollo de nuevas ramas, la diversificación y la generación de nuevas unidades productoras, en especial entre pequeños y medianos industriales.

Esto se vio motivado, en gran medida, por la ampliación de los mercados internos de la península, consecuencia de la creciente urbanización y del mayor equilibrio demográfico. En especial, sucedió con las ramas industriales relacionadas con la construcción y la producción de bienes de consumo no duradero.

En Mérida, la urbanización generó nuevas necesidades que impulsaron el desarrollo de actividades industriales emprendidas, en buena medida, por empresarios y capitalistas locales. La expansión de los mercados internos motivó este crecimiento industrial desde principios de los años 60.

En esos años eran pocos los empresarios yucatecos que tenían como perspectiva los mercados extranjeros y la mayor parte se dedicaba a producir para la península. La alternativa exportadora, fuera de la cordelería, tendría que esperar a la profunda crisis de los años 80 para desarrollarse a una escala importante como opción de crecimiento para algunas de las grandes empresas ya instaladas en Mérida, como Cementos Maya y Macayusa.

Si bien la quiebra de la industria henequenera disminuyó la importancia de la industria en la entidad, otras ramas comenzaron a desarrollarse. Entre ellas destacó la industria del vestido, cuyos talleres se concentraban principalmente en Mérida y que registró un crecimiento notable durante las últimas dos décadas del siglo pasado.

En 1979 confeccionaba dos millones de prendas y en 1985 casi llegó a 24 millones. Su participación en el valor de la producción industrial alcanzó 12 por ciento ese año. Incluso durante la contracción del mercado entre 1982 y 1985, cuando su producción cayó a 11.8 millones de prendas, su participación en el valor total apenas disminuyó a 11 por ciento.

Los empresarios del vestido conformaron un sector dinámico que logró sostenerse en medio de las crisis. Como prueba de ello, desde 1985 el valor de su producción superó al de la industria cordelera.

La importancia de la industria textil y del vestido radicó también en su capacidad para generar empleos y favorecer el desarrollo de pequeños y microempresarios. En 1993 concentraba 55 por ciento de las empresas manufactureras y 35 por ciento del personal ocupado en la industria, con 19 mil 507 de los 55 mil 472 empleos registrados, según el censo económico de ese año.

El subsector de alimentos, bebidas y tabaco también adquirió gran importancia. Aunque estaba orientado principalmente a la producción local, concentraba 60 por ciento de la producción bruta total de la industria yucateca y 41 por ciento de los salarios industriales, además de ocupar 35 por ciento de la mano de obra industrial estatal.

A diferencia del vestido, esta rama estaba integrada por unidades económicas de mayor tamaño, debido a sus mayores necesidades tecnológicas y de inversión. Entre las principales empresas figuraban la Hidrogenadora Yucateca, la Galletera Dondé, la Cervecería Yucateca, las embotelladoras de Coca-Cola y Pepsi-Cola y las fábricas de alimentos balanceados para consumo animal.

En su conjunto, el subsector de alimentos y bebidas fue uno de los más dinámicos de Yucatán, al fomentar inversiones, incorporar tecnología y establecer procesos de producción en cadena que llegaron a emplear a varios miles de personas.

Otro sector importante fue el de materiales para la construcción, con fábricas de cemento, polvo de piedra, grava, bloques y piedra ornamental. En él participaban 223 empresas, con poco más de cuatro mil trabajadores, equivalentes a poco más de 7 por ciento del empleo industrial estatal, y generaban 11 por ciento de la producción bruta total.

La industria pétrea aprovechó uno de los recursos naturales más abundantes de Yucatán: la piedra y sus derivados. La exportación hacia el sur de Estados Unidos y países de Centroamérica y el Caribe contribuyó a que esta actividad sobreviviera a las crisis económicas de 1982, 1987 y 1994.

Empresas como Cementos Maya y Macayusa abastecían tanto al mercado interno como al estadounidense, mientras cientos de pequeñas fábricas producían bloques, polvo y grava para la construcción regional.

A ello se sumaron otras ramas, como la industria siderúrgica —ya desaparecida— y establecimientos dedicados a productos metálicos, maquinaria, equipo y sustancias químicas. En conjunto, estas actividades representaban alrededor de 7 por ciento de las empresas del sector de la transformación y generaban unos cinco mil empleos, aunque su incorporación de nuevas tecnologías todavía era de pequeña escala.

A pesar de que pocas plantas introducían tecnología de punta y el proceso de modernización era lento, la aparición de nuevos productos y tecnologías en las distintas ramas permitía hablar de un proceso de diversificación industrial.

La afirmación debe entenderse en el contexto regional y en comparación con la situación existente dos décadas antes, cuando la estructura industrial gravitaba casi exclusivamente alrededor del henequén y la cordelería. Después de 1986, aunque esta última actividad continuó presente, el capital más dinámico se distribuyó entre al menos otras seis ramas y aumentó la participación del capital privado en la estructura industrial de Yucatán.

La modernización tecnológica también alcanzó firmas menores, dedicadas, por ejemplo, al ensamble de computadoras y la fabricación de herramientas especializadas. Sin embargo, estos establecimientos todavía tenían una participación reducida en empleo, generación de valor e inversión dentro de la industria formal.

En definitiva, el mayor peso del capital regional se concentraba en la industria de bienes de consumo no duradero y de bienes intermedios.

Campeche, el giro económico más dramático

La historia económica contemporánea de Campeche representa uno de los giros más drásticos en la historia regional. Durante siglos, su subsistencia y dinamismo giraron en torno a recursos primarios como la pesca, el comercio y la explotación forestal. Sin embargo, el descubrimiento de los yacimientos petroleros en la Sonda de Campeche, durante la década de 1970, trastocó profundamente su estructura social, económica y política. El estado pasó a convertirse en uno de los principales pilares del sector energético nacional y, posteriormente, enfrentó las vulnerabilidades de un modelo dependiente de un solo recurso.

Antes de la llegada de la industria petrolera, la economía campechana dependía primordialmente del sector primario y del intercambio comercial costero y peninsular. La pesca, particularmente la captura de camarón de altamar, constituía una de las principales fuentes de ingresos y empleo, mientras el comercio local y regional se sustentaba en la agricultura de temporal, la ganadería extensiva y la explotación forestal de maderas preciosas y chicle.

El panorama cambió radicalmente a mediados de la década de 1970 con el hallazgo de grandes yacimientos de hidrocarburos costa afuera en la Sonda de Campeche, entre ellos el complejo Cantarell. Este descubrimiento impulsó una transformación económica acelerada: Campeche pasó de ser una economía periférica y tradicional a convertirse en uno de los principales pilares del sector energético nacional.

La isla de Ciudad del Carmen experimentó un crecimiento poblacional acelerado y una fuerte llegada de inversiones vinculadas con los servicios de perforación, transporte marítimo y logística petrolera. Los ingresos públicos federales aumentaron y el estado registró tasas de crecimiento económico que lo colocaron entre los primeros lugares nacionales en generación de riqueza por habitante.

La transición hacia la petroeconomía dejó profundas huellas estructurales. Actividades tradicionales como la agricultura y la pesca comercial fueron relegadas, afectadas por la contaminación marina, el desplazamiento de mano de obra hacia el sector petrolero y la pérdida de incentivos gubernamentales.

Al mismo tiempo, se configuró una economía de enclave: mientras Ciudad del Carmen y la capital del estado concentraban la bonanza impulsada por la actividad de Petróleos Mexicanos (Pemex), otros municipios rurales quedaron al margen. La dependencia del presupuesto federal y de los recursos petroleros inhibió la diversificación económica y volvió a Campeche vulnerable a las fluctuaciones internacionales de los precios del crudo.

Durante décadas, Pemex funcionó como eje de la economía estatal, centralizando buena parte de las decisiones y los beneficios. El auge productivo de yacimientos como Cantarell consolidó la bonanza, pero también evidenció los límites de un modelo basado en la extracción de hidrocarburos.

Con el paso de los años, el agotamiento de los campos maduros, la falta de inversión sostenida en exploración y mantenimiento y la caída de la producción petrolera nacional marcaron el inicio de un declive económico severo. La reducción de las asignaciones presupuestales y la desaceleración de Pemex golpearon a la cadena de proveeduría local, generando desempleo, contracción comercial y una crisis fiscal que obligó al estado a replantear la necesidad de diversificar sus fuentes de ingreso hacia sectores como el turismo, el agronegocio sostenible y las energías limpias.

Visión globalizadora

La región de la península de Yucatán ha experimentado en los últimos 50 años una de las transformaciones socioeconómicas más profundas y contrastantes. Tradicionalmente aislada por barreras geográficas y sustentada en economías monoexportadoras de carácter agrario o extractivo, la región viró hacia tres modelos de desarrollo divergentes: la diversificación industrial y de servicios en Yucatán; la petrodependencia y desarticulación en Campeche, y la hiperespecialización turística en Quintana Roo.

Durante gran parte del siglo XX, la economía yucateca dependió casi exclusivamente de la agroindustria del henequén. Con la crisis y el agotamiento de este modelo, Yucatán enfrentó una transición forzada hacia la diversificación.

A diferencia del norte del país, la industrialización yucateca no se basó en la gran industria maquiladora de exportación, sino en ramas textiles, de confección y agroindustria alimentaria y, más recientemente, en la atracción de manufactura ligera y tecnologías de la información.

El papel de Mérida como polo regional consolidó a la ciudad como centro logístico, financiero, educativo y comercial del sureste. La expansión de parques industriales, la modernización del puerto de Progreso y la conectividad carretera contribuyeron a amortiguar el colapso del campo henequenero.

A pesar de los esfuerzos de industrialización, una proporción significativa de la economía yucateca descansa en el comercio al por menor, la proveeduría local y una alta tasa de informalidad laboral, que coexisten con un sector de servicios modernos impulsado por la migración.

Campeche pasó de la bonanza petrolera al declive estructural. El auge de los hidrocarburos a finales de los años 70 y durante los 80, con el descubrimiento de grandes yacimientos en la Sonda de Campeche, transformó al estado. Las finanzas estatales y federales se beneficiaron de la renta petrolera extraída costa afuera, pero la economía local no logró integrarse productivamente con el sector energético.

La infraestructura local resultó insuficiente para atender las necesidades de la industria petrolera, mientras el campo y la pesca tradicionales fueron marginados.

Con el agotamiento gradual de los pozos maduros y la caída de la producción de crudo en el siglo XXI, Campeche experimentó severas contracciones económicas. Al carecer de una base industrial alternativa y de un sector terciario diversificado, el estado quedó expuesto a los ciclos de los ingresos petroleros y las participaciones federales.

Otro caso es Quintana Roo, donde la economía turística de sol y playa impulsó uno de los procesos más acelerados de crecimiento demográfico y económico de la región, fundado exprofeso sobre el turismo internacional.

La creación de Cancún y posteriormente del Corredor del Caribe Mexicano transformó un territorio selvático y de baja densidad poblacional en el principal polo turístico del país.

El cambio económico produjo un notable crecimiento, pero también un desarrollo socialmente desequilibrado. El modelo generó durante décadas tasas de crecimiento del PIB superiores a la media nacional y atrajo grandes flujos de migración interna, principalmente de Yucatán, Tabasco, Chiapas y Veracruz. Sin embargo, creó una profunda dualidad entre zonas urbanas de lujo y periferias con rezagos en infraestructura social, además de una alta vulnerabilidad ante choques externos.

El modelo turístico quintanarroense también ha mostrado fragilidad ante huracanes como Gilberto y Wilma, crisis sanitarias, problemas de seguridad y factores ambientales como la llegada masiva de sargazo y la pérdida de manglares. Al mismo tiempo, el sector secundario mantiene una participación reducida y la economía depende en gran medida de la construcción y los servicios de alojamiento.

Históricamente, la península de Yucatán ha sufrido los efectos de decisiones centralistas tomadas desde la capital del país. Durante el siglo XIX y gran parte del XX, el centralismo fiscal y político trató a la región como proveedora de materias primas o como periferia aislada.

El modelo petrolero de Campeche fue diseñado para alimentar el presupuesto federal, mientras que el turismo de Quintana Roo respondió a una planeación federal encabezada por Fonatur, concebida para generar divisas, sin desarrollar suficientemente cadenas regionales de suministro.

Actualmente, ante el reordenamiento de las cadenas de valor globales, la reubicación de empresas estratégicas y los megaproyectos de infraestructura, la península enfrenta el desafío de superar la condición de tres economías desconectadas.

Yucatán aporta capital humano, logística y manufactura ligera; Quintana Roo concentra un mercado consumidor vinculado al turismo internacional, mientras Campeche enfrenta la necesidad de reconvertir su vocación energética hacia nuevas actividades, entre ellas las energías limpias y la agroindustria.

Para atraer inversiones industriales derivadas del traslado de empresas desde Asia hacia Norteamérica, la península enfrenta cuellos de botella históricos, entre ellos el costo y abasto de gas natural, las tarifas eléctricas y la necesidad de infraestructura de gran calado.

El modelo de desarrollo basado en la presión sobre selvas y arrecifes enfrenta límites cada vez mayores ante los criterios ambientales globales. El reto consiste en avanzar hacia una economía circular, un turismo regenerativo y tecnologías verdes que protejan el frágil ecosistema kárstico de la región.

La sustentabilidad puede convertirse así en un componente central de la competitividad peninsular, siempre que la diversificación económica y la integración regional permitan superar la fragmentación que ha caracterizado a sus tres entidades durante las últimas décadas.

Related Post