Con 17 municipios que generan casi la mitad de la producción agrícola del estado, el sur de Yucatán sostiene una contradicción persistente: una región de gran potencial natural que no ha logrado traducirlo en bienestar para quienes trabajan la tierra
Eduardo May
El sur de Yucatán es una de las principales regiones agrícolas del estado, pero la riqueza de sus tierras contrasta con la pobreza, la migración y las dificultades que enfrentan quienes todavía viven del campo. Allí, la producción de frutas, hortalizas y cítricos convive con bajos precios, dependencia del temporal, falta de infraestructura y el abandono progresivo de actividades tradicionales como la milpa.
Esta contradicción tiene raíces profundas. Durante siglos, los habitantes del sur yucateco desarrollaron sistemas agrícolas adaptados a las condiciones de la península y construyeron una economía rural que fue incorporando nuevos cultivos y formas de producción. Sin embargo, la transformación del campo no siempre se tradujo en mejores condiciones de vida para sus productores.
La riqueza del centro de la Península
El denominado Cono Sur de Yucatán abarca 17 municipios y constituye el centro de la zona peninsular donde confluyen Campeche, Quintana Roo y Yucatán. Su conformación, condición social y vocación económica, sustentada en una alta actividad agrícola y citrícola, le han valido los distintivos populares de “La Tierra de la Fruta” y “la Huerta del Estado”.


En esta demarcación se ubican Akil, Chapab, Chumayel, Dzán, Mama, Maní, Mayapán, Muna, Oxkutzcab, Sacalum, Santa Elena, Teabo, Tekax, Tekit, Tixméhuac y Tzucacab, con Ticul como principal referente, donde la producción de frutas y verduras constituye uno de los motores económicos de la región.
Los 17 municipios ocupan una superficie aproximada de 7 mil 411 kilómetros cuadrados, equivalente a alrededor de 18.7 por ciento de la superficie total del estado. Aportan entre 2.5 y 4 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) estatal y constituyen casi la quinta parte del territorio yucateco.
En contraste, la economía estatal se encuentra altamente concentrada en la zona metropolitana de Mérida y en las regiones industrial y terciaria del norte y poniente, que generan más de 80 por ciento de la riqueza total del estado.
La importancia del Cono Sur, sin embargo, no se limita a su participación en el PIB. Aunque el sector primario representa apenas 3.4 por ciento de la economía yucateca, esta región constituye el principal motor agrícola de la entidad. Sus tierras aptas para la mecanización y sus áreas de riego generan casi la mitad de la producción agrícola estatal, con una destacada participación en cítricos, frutas y hortalizas.
La región también ocupa un lugar relevante en la migración y el flujo de remesas. Los municipios del sur de Yucatán se encuentran entre los principales expulsores de población hacia Estados Unidos, particularmente hacia California, Oregón, Nuevo México y Arizona.
Oxkutzcab y Tekax figuran de manera constante entre los principales municipios captadores de remesas, sólo superados por Mérida.
El proceso de transformación agrícola de Yucatán
Los registros históricos señalan que, aproximadamente entre los años 2 mil 800 y 2 mil 600 antes de Cristo, grupos, familias o clanes que practicaban la agricultura comenzaron a asentarse en el área maya de la península de Yucatán. Ese conocimiento se extendió por la región y proporcionó a esta civilización nuevas fuentes de alimentación, hasta entonces sustentada principalmente en la caza, la pesca y la recolección.


Los primeros agricultores de Yucatán se ubicaron en el centro de la zona peninsular, en comunidades situadas al sur de Mayapán, donde el tipo de suelo y las condiciones para el cultivo de temporal ofrecían mejores posibilidades para producir frutos y vegetales que formaron parte de la alimentación de los mayas del norte de Yucatán.
Los registros históricos señalan que los mayas del norte —Nuevo Imperio Maya— cultivaron maíz, frijol, calabaza, camote, chaya, algodón y henequén desde los primeros grupos de colonización. Estos productos constituyeron, hace unos 3 mil años, una base fundamental de su economía.
Los agricultores mayas también elaboraban objetos de barro, madera, hueso, obsidiana, jade y conchas de mar, utilizados para la preparación de alimentos y otros fines. Sabían fabricar trampas, lazos y cerbatanas para cazar, así como cuchillos y hachas; hilaban prendas de algodón y elaboraban collares de cuentas para su adorno personal. Al mismo tiempo, cultivaban semillas, flores y verduras que cosechaban de acuerdo con las temporadas.
El intercambio permitió ampliar todavía más esta diversidad. Inicialmente, los mayas practicaban el trueque con regiones aledañas y con otras más lejanas. La amplitud de sus redes comerciales hizo posible llevar frutos, pieles y productos elaborados en la región, pero también introducir y cultivar especies provenientes de otros lugares.
La agricultura de la milpa exigía observar la naturaleza y sus constantes cambios. Era necesario saber cuándo preparar el terreno, en qué momento realizar las siembras y levantar las cosechas, así como conocer las semillas adecuadas y las formas de obtener mejores cultivos y frutos.
De ese conocimiento surgió la clase de los h-menoob, considerados “brujos” mayas, quienes por sus conocimientos sobre la naturaleza dirigían las labores del campo y los grupos de trabajo dedicados a la producción en huertas y sembradíos. Esos conocimientos les permitieron convertirse en líderes de los clanes y familias que migraron desde el sur, es decir, desde Guatemala, Belice y Honduras, considerado el Antiguo Imperio Maya.
Al convertirse en sedentarios hacia el siglo II antes de Cristo, los mayas se congregaron en pequeñas aldeas y, conforme aumentó su población, formaron asentamientos más extensos. La producción se basó en la milpa tradicional, con maíz, calabaza, frijol y otros frutos propios de la región.
La agricultura tenía además un profundo significado religioso. Los sabios mayas atribuyeron un carácter sagrado a los frutos de la tierra y convirtieron en dioses los elementos relacionados con la siembra y el cultivo. La lluvia, representada por Chaac, ocupaba un lugar central en la germinación de los productos agrícolas; el sol, Kin, y el viento también eran considerados fundamentales para proporcionar a la tierra las condiciones necesarias para la cosecha.
La relación entre agricultura, asentamiento y religión acompañó la sedentarización de los grupos y clanes y contribuyó a la construcción de los grandes centros ceremoniales, testimonio del desarrollo de esta civilización. Posteriormente surgieron la escritura, la numerología y el calendario del pueblo maya.
Los tiempos de la Colonia
La colonización de la península de Yucatán, realizada entre 1527 y 1547, tuvo características distintas a la del centro de México. Al no encontrarse yacimientos importantes de metales preciosos, los españoles orientaron sus intereses hacia el control de la mano de obra indígena mediante las encomiendas y la explotación de los recursos agrícolas y forestales.



La península, con sus suelos calcáreos y selva baja, desarrolló una economía regional en la que coexistieron el sistema tradicional maya y las nuevas demandas del mercado europeo.
Conforme a los relatos de fray Diego de Landa, evangelizador franciscano que vivió en Yucatán a mediados del siglo XVI, “las mujeres y hombres de la península de Yucatán y sus islas adyacentes obtenían su sustento de la agricultura, la apicultura, la caza, la cría de animales, la pesca y la recolección de infinidad de plantas. Además, procesaban sal y elaboraban textiles de algodón, productos muy demandados por sus contemporáneos”.
Las rutas marítimas conducían hacia la Chontalpa, en la llanura costera de los actuales estados de Campeche y Tabasco, y hacia los puertos del Golfo de Honduras. La primera constituía una región de intercambio con el resto de Mesoamérica, mientras los segundos permitían el comercio con pueblos de otra macroárea cultural, conocida como área intermedia.
Según Landa, la colonización produjo una profunda transformación agrícola y alimentaria. A diferencia de otras regiones de la Nueva España, las características del suelo pedregoso y el clima dificultaron la adaptación de cultivos europeos tradicionales, como el trigo.
Esto obligó a un proceso de adaptación en el que los españoles incorporaron el sistema de la milpa maya —maíz, frijol y calabaza—, mientras introducían nuevas especies que terminaron modificando el paisaje y la alimentación de la región.
Desde el tradicional solar o traspatio, conocido como Tan-kabal, se produjo buena parte de la incorporación de esas nuevas plantas. Hacia finales del siglo XVI, casi no había traspatio de casas mayas que no hubiera adoptado árboles frutales traídos por los españoles.
Las verduras europeas, en cambio, enfrentaron mayores dificultades debido al suelo y al clima cálido. Durante buena parte de la Colonia, las semillas debían importarse del centro de la Nueva España en cada ciclo, y para mejorar los rendimientos se recurría al uso intensivo de abonos orgánicos y sedimentos de las sartenejas o jaltunes.
También hubo intentos de introducir cultivos de manera extensiva. Francisco de Montejo, “El Adelantado”, intentó establecer la caña de azúcar en la región de Champotón, pero los conflictos y las restricciones de mano de obra indígena hicieron que la producción azucarera permaneciera marginal durante siglos.
El arroz, procedente del sur de Asia y cuya introducción también se intentó de forma extensiva, obtuvo resultados mínimos. En su lugar, se desarrolló una incorporación paulatina de vegetales europeos tropicales y viandas africanas que fueron plantándose para su producción.
Entre los productos llegados de Europa estuvieron la papa, la cebolla y el ajo, que se adaptaron con relativa facilidad a los huertos americanos. Con ellos llegó también la lechuga, introducida desde los primeros viajes para su consumo en fresco.
Posteriormente llegaron la zanahoria y los rábanos, así como la col o repollo, los espárragos, el apio, las espinacas y las acelgas. Estas plantas fueron sembradas en conventos, haciendas y huertos domésticos y terminaron incorporándose a la cocina regional.
Después de su aclimatación a las condiciones tropicales, esas especies pasaron a formar parte de las plantaciones de traspatio que todavía caracterizan muchas casas, quintas y plantaciones domésticas de las poblaciones yucatecas.
El crecimiento y desarrollo agroindustrial del sur
Pero la transformación agrícola no significó que el desarrollo llegara de manera uniforme a la región. Las políticas públicas aplicadas mediante programas sociales y económicos de dependencias federales y estatales no han resuelto problemas como la estabilización de los precios, las cadenas productivas y la dependencia de los apoyos gubernamentales. Para los productores, esto se ha traducido en dificultades para competir y subsistir.


En su momento, esta situación contribuyó a que miles de yucatecos migraran a Estados Unidos, principalmente desde los municipios del sur. Se estima que cerca de 350 mil migrantes radicados en la Unión Americana son originarios de esta zona, lo que genera un importante flujo de divisas hacia sus familias.
Según el Banco de México, en 2025 Yucatán recibió alrededor de 462 millones de dólares en remesas, equivalentes a unos 8 mil 316 millones de pesos, casi 15 por ciento del presupuesto total del estado. Estos recursos tienen especial importancia para la economía regional y permiten sostener emprendimientos agrícolas, agroindustriales y comerciales, además de contribuir al sustento de cerca de 90 mil familias, incluyendo municipios como Mérida y otras 14 poblaciones de las zonas centro y oriente.
La transformación del campo cobró nuevo impulso a partir de los años 60 del siglo pasado, con programas federales de inversión agropecuaria que promovieron la mecanización de los suelos y nuevos procesos productivos en el sur del estado.
En 1976 se intentó nuevamente desarrollar plantaciones de caña de azúcar, aprovechando el clima y las condiciones del suelo, pero el proyecto no prosperó. En cambio, la citricultura comenzó a desarrollarse con mayor intensidad, especialmente en Ticul y los municipios de su entorno, gracias a la instalación de Distritos y Unidades de Riego impulsados por la entonces Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos.
Los registros estatales de los años 70 muestran una estructura agraria marcada por el predominio de pequeñas unidades ejidales. En la región sur se registraron 71 mil 731 unidades de producción ejidales con superficies menores de cinco hectáreas y sólo 16 mil 596 con una extensión mayor.
En las unidades privadas la situación era distinta: 4 mil 865 tenían menos de cinco hectáreas, mientras que 9 mil 751 eran de mayor extensión.
Los propietarios de estas últimas unidades integraban el grupo de principales ganaderos y agricultores del estado, dedicados a cultivos y actividades pecuarias de mayor valor comercial. En cambio, las casi 75 mil unidades menores de cinco hectáreas estaban constituidas principalmente por ejidatarios y pequeños propietarios pobres, cuyas actividades se orientaban fundamentalmente a la subsistencia y a proyectos agrícolas de baja productividad.
La dependencia del temporal sigue siendo, además, un factor determinante tanto para propietarios privados como ejidales. Del total de la superficie de labor de Yucatán, que en 2025 sumó 805 mil 821.3 hectáreas, sólo 14 mil 394.7 hectáreas, menos de 2 por ciento, eran de riego.
Si se consideran las superficies mixtas de riego y temporal, la cifra alcanza 78 mil 124.3 hectáreas. El 90 por ciento restante de la superficie sembrada depende de la lluvia. Incluso la distribución del riego disponible es desigual: 57.6 por ciento de la superficie irrigada corresponde a la propiedad privada y el resto a la ejidal mixta.

Pero ¿qué se siembra, qué se cosecha y cuánto producen esas tierras?
Desde una perspectiva amplia, el principal cultivo, tanto por superficie sembrada y cosechada como por volumen y valor de producción, son los pastos para el ganado.
El pasto ocupa casi 60 y 70 por ciento de la superficie total sembrada y cosechada, respectivamente, y representa alrededor de 40 por ciento del valor total de la producción. En otras palabras, el campo yucateco se orienta cada vez con mayor fuerza hacia la ganadería tropical extensiva.
El segundo cultivo en importancia es el maíz, que ocupa prácticamente 20 por ciento de la superficie sembrada, acompañado por frijol y calabaza dentro del sistema de milpa.
El maíz ocupa también el segundo lugar en valor de producción, pero su importancia fundamental está en que constituye un cultivo de subsistencia que contribuye a la alimentación, de manera central o secundaria, de la cuarta parte de la población estatal.
El complejo de la milpa, bajo el sistema de roza-tumba-quema, con su combinación de maíz y cultivos asociados, continúa siendo, como hace miles de años, la base de subsistencia de más de un millar de comunidades campesinas mayas y conserva buena parte de los fundamentos de su cultura, sus ritmos de vida y su visión del mundo.
Después del maíz, la naranja dulce y los cítricos en general son los cultivos que mayor impacto tienen entre los agricultores, tanto en unidades privadas como ejidales, convirtiéndose en una alternativa ante el declive del henequén.
Con 16 por ciento del valor de la producción en menos de 3 por ciento de la superficie sembrada, los cítricos representan una importante fuente de ingresos. El henequén, por su parte, dejó de ser el gigante que monopolizó el campo yucateco durante un siglo y ocupa un tercer lugar, con 9 por ciento del valor total de la producción. Aunque en superficie continúa siendo uno de los cultivos más comunes después del maíz, representa 12 por ciento del total sembrado.
A ellos se suman otros cultivos cíclicos de importancia, como sandía, melón, tomate y chile verde, además de otros cítricos, especialmente limón, entre los cultivos perennes.
Pifias y dislates
Pero la diversificación productiva no ha impedido el deterioro de buena parte del campo.



Entre los componentes de la nueva ruralidad yucateca, Luis Ramírez Carrillo, investigador social de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), destaca dos particularmente importantes: la emigración y el abandono de la milpa. Ambos fenómenos, señala, están estrechamente relacionados.
“La crisis del campo yucateco es evidente en las últimas décadas”, refiere en una entrevista publicada por un medio local.
“En 1970 el sector primario representó el 7.8% del PIB de Yucatán, hoy sólo es 3.7%”, señala al explicar cómo la agricultura tradicional fue desplazada por actividades agropecuarias controladas por el capital privado.
“Esto genera una pobreza generalizada, donde los jóvenes sólo ven dos opciones: emigrar o resignarse a vivir en la pobreza”, añade. Década tras década, explica, los habitantes del campo han visto caer la actividad henequenera, los precios de garantía y los precios reales del maíz.
También menciona la eliminación de subsidios a los campesinos, la urbanización de las cabeceras municipales y el acaparamiento de tierras fomentado por los cambios a la reforma agraria de 1992 y 1994, que permitieron su venta.
“Estas son las verdaderas causas estructurales de la crisis actual del campo, y las provocan las políticas económicas de todos los gobiernos: los del PRI, del PAN y los de Morena. Las cifras no mienten, en el 2000 había bajado al 7.4 por ciento del PIB y en 2025 se redujo al 3.7 por ciento, cifra ridícula en el valor de la economía yucateca”, detalló el investigador.
Ramírez Carrillo subraya además la reducción de la superficie dedicada a la milpa. En el año 2000, señala, ésta ocupaba entre 140 mil y 160 mil hectáreas; para 2025 había disminuido a 100 mil, con una productividad de apenas mil kilos por hectárea.
El deterioro del campo sureño responde a múltiples factores: fenómenos climáticos extremos, condiciones adversas para los pequeños productores y el abandono estructural de las políticas públicas hacia el sector.
El cambio climático ha provocado periodos de sequía prolongados. Los registros pluviales del sur de Yucatán advierten una disminución de las lluvias durante los últimos 15 años y periodos críticos sin precipitaciones que impiden la germinación de las semillas de temporal, especialmente las de maíz.
En municipios como Tzucacab se ha reportado la pérdida de cientos de hectáreas de cultivos debido al estrés hídrico extremo. A esto se suman los señalamientos de investigadores y especialistas sobre la sobreexplotación de los mantos acuíferos en otras zonas del estado y sus efectos sobre la disponibilidad de agua para riego.
Paradójicamente, cuando las lluvias llegan, pueden hacerlo mediante tormentas tropicales intensas que mantienen inundados los terrenos durante días y dañan las cosechas listas para el corte.
Otro factor determinante es el comportamiento de los precios de mercado. La crisis del limón y la naranja afecta a dos de los pilares de la economía del sur yucateco, cuyos precios de comercialización han registrado fuertes desplomes.
En temporadas recientes, el precio del limón cayó por debajo de los dos pesos por kilogramo, un valor insuficiente para cubrir los costos de flete y mano de obra. Esto provocó pérdidas y, en algunos casos, desincentivó la cosecha.
A ello se suman el abuso de intermediarios y la sobreoferta. La falta de canales directos de distribución deja a los campesinos a merced de “coyotes”, especuladores y de la volatilidad del mercado, lo que reduce la capacidad de los pequeños productores para obtener mayores beneficios de su trabajo.

Otro problema es la falta de infraestructura financiera y el retiro de apoyos al campo. Aunque la península cuenta con agua subterránea, extraerla para riego resulta costoso debido a las tarifas eléctricas, mientras que el acceso a subsidios puede resultar burocrático.
Quienes dependen exclusivamente del temporal o carecen de sistemas tecnificados quedan especialmente vulnerables ante los cambios del clima y las fluctuaciones del mercado.
A esto se suma, según el texto, el debilitamiento institucional de los últimos años, con políticas consideradas ineficientes, burocracia excesiva y recursos erogados sin programas específicos. Organizaciones campesinas y ejidales han denunciado la eliminación o el retraso de programas de financiamiento rural y subsidios para insumos básicos, lo que limita la capacidad operativa de los pequeños productores y su acceso a seguros para enfrentar desastres naturales.
Las dificultades económicas y productivas también han afectado el relevo generacional. La baja rentabilidad del campo y el desplazamiento de la milpa han contribuido al éxodo juvenil. El costo de los agroquímicos y la falta de interés de las nuevas generaciones dificultan la continuidad de la producción de maíz, frijol y calabaza.
Ante ese panorama, muchos jóvenes prefieren emigrar hacia las ciudades o las zonas turísticas antes que permanecer en comunidades donde las posibilidades de mejorar sus condiciones de vida son limitadas.
La riqueza del suelo y la pobreza de la gente
La contradicción central del sur de Yucatán está, precisamente, en que una región con una importante riqueza agrícola continúa registrando elevados niveles de pobreza y exclusión social.
Considerada históricamente como la “huerta del estado” por la fertilidad y riqueza de sus tierras de transición entre la planicie kárstica y la sierrita (Puc), la zona reúne una producción diversificada y, al mismo tiempo, enfrenta pobreza estructural y un fenómeno migratorio que ha modificado profundamente la vida de sus comunidades.



La situación actual del agro sureño no es resultado de una incapacidad de sus productores, sino, de acuerdo con el análisis presentado, de la acumulación de políticas públicas desacertadas, asistencialismo y una deficiente aplicación de recursos.
La tierra mantiene un amplio mosaico de productos y una diversidad agrícola que se debate entre la tradición y las exigencias del mercado. A diferencia de la zona henequenera, afectada por el colapso de la industria de la fibra, el sur consolidó un modelo basado en citricultura, fruticultura, horticultura y milpa tradicional.
La citricultura se mantiene como uno de los motores económicos regionales. Oxkutzcab se consolidó como uno de los principales centros de acopio y comercialización, con producción de naranja dulce —china—, limón persa, mandarina y toronja. El limón persa se ha convertido además en un cultivo estratégico de exportación, aunque su producción está expuesta a los altibajos de los mercados internacionales.
La región también destaca por la producción de mamey, aguacate, incluida la variedad local conocida como chok’ob o aguacate mantequilla, mango, papaya, elote, calabaza, chile habanero y tomate. En municipios como Akil, el mamey ha alcanzado reconocimiento por sus volúmenes y calidad.
En las zonas más apartadas de Tzucacab y Peto, la producción mantiene además una orientación hacia el autoconsumo mediante la milpa tradicional, donde conviven el maíz, el frijol x’pelón, los ibes y diversas variedades de hortalizas de traspatio.
La diversidad, sin embargo, enfrenta barreras estructurales. La falta de infraestructura de almacenamiento en frío, la escasa industrialización local y el mínimo procesamiento de jugos y mermeladas impiden aprovechar plenamente el valor de los productos. A ello se suma nuevamente el acaparamiento de los intermediarios, que captan una parte importante de las ganancias.
Detrás de esa riqueza productiva está la realidad social del campesino del sur de Yucatán. El desarrollo agrícola no se ha traducido automáticamente en bienestar para las familias mayas de la región.
La pobreza estructural se ha arraigado en municipios como Mayapán y Tahdziú, históricamente catalogados entre los más pobres de Latinoamérica, mientras Peto y Tzucacab presentan elevados índices de rezago social.
La falta de acceso a servicios de salud especializados, la precariedad de las viviendas y la escasez de agua potable en comisarías alejadas contrastan con los discursos oficiales de modernización.
A lo largo de las décadas, las políticas gubernamentales para el campo yucateco han oscilado, según el texto, entre el abandono y el paternalismo electoral. Los programas de apoyo han priorizado en ocasiones la entrega de insumos individuales, como fertilizantes, herbicidas y paquetes de herramientas, por encima de inversiones de largo plazo en sistemas de riego, electrificación de pozos y caminos para sacar las cosechas.
El uso político de los apoyos ha derivado en subsidios ineficientes y en una transferencia directa de recursos que puede amortiguar la pobreza en el corto plazo, pero no necesariamente genera las condiciones para transformar la estructura productiva de la región.
Además, gran parte de los recursos destinados al campo se ha perdido históricamente en la burocracia o en la compra de insumos a sobreprecio a proveedores vinculados con el poder político en turno.
Migración regional y empleo turístico
Las transformaciones del agro han tenido un impacto directo en la estructura social de las comunidades mayas del sur. Ante la falta de precios garantizados, las plagas recurrentes y los efectos del cambio climático, el campo ha dejado de ser una opción de vida viable para parte de las nuevas generaciones.


El sur de Yucatán se mantiene como una de las principales zonas expulsoras de migrantes del estado. Municipios como Oxkutzcab, Tekax y Cenotillo cuentan con comunidades asentadas en Estados Unidos, particularmente en California. El paisaje urbano también se ha transformado: casas de concreto de estilo “californiano” conviven con las albarradas tradicionales.
Quienes no migran hacia Estados Unidos suelen desplazarse hacia Quintana Roo y Mérida para emplearse en los servicios, la construcción y el turismo. El fenómeno ha contribuido al envejecimiento de la población agrícola: mientras los adultos mayores permanecen vinculados con el campo, muchos jóvenes abandonan sus comunidades y se alejan de la lengua maya y de los conocimientos agrícolas transmitidos durante generaciones.
El reto de recuperar el campo
Las perspectivas del sur de Yucatán pasan por un punto de inflexión. La región conserva tierra, diversidad productiva y conocimientos acumulados durante siglos, pero necesita transformar ese potencial en mejores ingresos y condiciones de vida para quienes producen.
Para revertir la espiral de marginalidad y abandono se plantea un cambio en la gestión pública y territorial. La tecnificación y el riego sustentable aparecen entre las principales necesidades, pues aunque existe agua en el subsuelo, su extracción resulta costosa por la falta de electrificación en muchas unidades de riego.

La transición hacia energías renovables y paneles solares para el bombeo representa, en este contexto, una alternativa técnica y económica.
El sur yucateco tampoco puede continuar dependiendo de la venta de materias primas a granel. La creación de agroindustrias locales permitiría procesar cítricos y frutas en la propia región, generar mayor valor agregado y abrir nuevas oportunidades para los productores.
También se plantea reducir la dependencia de los intermediarios mediante redes comunitarias de distribución y fortalecer los mercados locales y regionales.
El Cono Sur posee el potencial natural y la herencia de conocimientos necesarios para convertirse en una potencia alimentaria del sureste. Pero ese potencial seguirá siendo insuficiente mientras la actividad agrícola no consiga ofrecer a las nuevas generaciones una alternativa de vida digna.
La paradoja permanece: la riqueza de la tierra convive con la pobreza de quienes la trabajan, mientras la migración continúa ofreciendo a muchos jóvenes una salida que el propio campo ya no parece capaz de garantizar.

