A simple vista, la diferencia entre un vino tinto y uno blanco parece evidente: cambian el color, los aromas y la forma de elaborarlos. Sin embargo, esa distinción no termina cuando damos el último sorbo. Un estudio reciente demuestra que nuestro propio organismo también los reconoce y los procesa de manera diferente.
La investigación, publicada en la revista científica Food Research International, analizó qué ocurre en la sangre después de consumir, de forma controlada, vino tinto y vino blanco. Para ello, un equipo de investigadores utilizó técnicas avanzadas capaces de identificar los compuestos fenólicos que aparecen en el plasma tras la ingesta de cada tipo de vino.
Los resultados confirmaron que ambos dejan una especie de “firma metabólica” distinta. En otras palabras, las sustancias procedentes del vino que circulan por el organismo no son las mismas cuando se bebe un tinto que cuando se consume un blanco.
La explicación está en su composición. El vino tinto contiene una mayor cantidad de polifenoles, compuestos naturales presentes principalmente en los hollejos y las semillas de la uva durante la fermentación. El estudio encontró que, tras su consumo, aumentaban en la sangre metabolitos relacionados con los estilbenos y las antocianinas, mientras que el vino blanco generaba una presencia más destacada de otros compuestos fenólicos, como determinados flavanoles e hidroxicinamatos.
Los investigadores también observaron que cada vino activa rutas metabólicas diferentes. Es decir, el organismo no solo absorbe compuestos distintos, sino que también los transforma mediante procesos biológicos propios de cada bebida.
Conviene aclarar que estos resultados no significan que uno de los dos vinos sea más saludable que el otro. Los propios autores advierten que todavía es necesario investigar cómo estas diferencias metabólicas podrían traducirse, o no, en efectos fisiológicos concretos.
Más allá de ese debate, el estudio aporta una idea muy interesante: una copa de vino no termina su historia cuando llega al paladar. A partir de ese momento comienza otra, mucho más silenciosa, en la que nuestro organismo interpreta, transforma y deja su propia huella de aquello que acaba de beber.
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