@_Chipocludo
Ya llevaba tiempo pensando en escribir esto, pero es que, de plano, con el tema de la CURP biométrica, la verdad… no nos hagamos tontos. He visto a medio mundo en redes sociales y en las noticias pegando el grito en el cielo porque ahora el Gobierno Federal quiere que entreguemos las huellas dactilares y nos dejemos escanear el iris para tener nuestra identificación al día. Pero, a ver, vamos por partes y con la neta por delante.
Para los que tenemos la oportunidad de viajar, esto no es nada nuevo. Si tienes pasaporte mexicano o si alguna vez has tramitado la visa, ya pasaste por eso. Te sientan, te piden los diez dedos, te dicen que abras bien los ojos para la camarita y ¡pum!, tus datos biométricos ya están en una base de datos. ¿Ahí por qué no nos quejamos? ¿Por qué para viajar a Disney, a Europa o a Japón no nos molesta entregar hasta el ADN, pero para la CURP nos ponemos tan dignos? Parece que es más por una cuestión política o de costumbre que por una verdadera invasión a la privacidad que no hayamos aceptado ya.
Pongámonos serios un momento. El beneficio principal de este relajo es la seguridad. La biometría es, hoy por hoy, la forma más infalible de evitar que te clonen la identidad. Se acabo el que alguien saque un crédito a tu nombre o se robe tu pensión con una copia de tu INE toda borrosa. Si tu identidad está ligada a tu iris (que es más único que tu firma y no cambia con los años como las huellas), el sistema se vuelve mucho más robusto. Es eficiencia pura para trámites de salud, impuestos y servicios gubernamentales.
Sin embargo, entiendo perfectamente de dónde viene el miedo, y es aquí donde hay que poner el dedo en la llaga: el pavor al hackeo. Y tienen un punto muy válido. A diferencia de una tarjeta de crédito que cancelas con una llamada o una contraseña que reseteas en dos minutos, tus datos biométricos son permanentes. Si un grupo de hackers logra vulnerar los servidores de Gobernación (que lo han hecho) y se roban el mapa digital de tu iris o las minucias de tus huellas, no hay forma de que vayas a la configuración de tu cuerpo y le des a “cambiar identidad”.
El riesgo no es que el gobierno “nos vea”, el riesgo es que no sepa cuidar lo que ve. En un país donde hemos visto filtraciones masivas de padrones electorales que terminan a la venta en el “Marketplace” de la deep web por unos cuantos pesos, es normal que la confianza esté por los suelos. La ciberseguridad en las instituciones públicas mexicanas ha demostrado ser, en muchas ocasiones, un castillo de naipes frente a ataques de ransomware o simples descuidos internos. El miedo real no es a la tecnología del escáner, sino a la incompetencia de quien resguarda los servidores.
Lo que me vuela la cabeza es la hipocresía colectiva que mencionaba al principio. La Secretaría de Relaciones Exteriores ya tiene toda esa información desde hace años. Si ya cruzaste la frontera, el Estado mexicano (y de paso el de otros países) ya sabe perfectamente cómo son tus huellas y cómo brilla tu iris. Entonces, ¿cuál es el drama de que esa información se use para la CURP? ¿Es desconfianza genuina al sistema actual o simplemente ganas de llevar la contra por deporte?
Al final del día, la CURP es el documento que usamos para todo en México, desde inscribir a los chavos a la escuela hasta abrir una cuenta de ahorros. Hacerla biométrica es un paso lógico hacia una modernización que nos urge para dejar de cargar carpetas con copias fotostáticas.
Estamos en esa zona gris donde la comodidad de la tecnología choca de frente con el miedo legítimo a la vulnerabilidad digital. Pero seamos honestos: ya le regalamos nuestros datos de comportamiento a las aplicaciones chinas de filtros, nuestra ubicación en tiempo real a las redes sociales y nuestra biometría completa a las embajadas extranjeras. Quejarse ahora de la CURP suena más a un berrinche tardío que a una preocupación real por la privacidad.
La tecnología ya llegó y no se va a ir. El verdadero reto ciudadano no es pelearnos contra el escáner, sino exigir que quien resguarde esa información tenga un sistema de seguridad blindado y no una infraestructura de papel. Mientras tanto, yo seguiré pensando que nos estamos ahogando en un vaso de whisky por algo que, en la práctica, ya aceptamos hace mucho cuando compramos nuestro primer boleto de avión.

